Durante mucho tiempo hemos creído que el lujo se resumía a solo tener más. Más dinero, más viajes, más ropa, más metros cuadrados, más seguidores, más cosas que mostrar y, preferiblemente, alguien que pudiera verlas.

Pero después de los 40 uno empieza a sospechar que el verdadero lujo es otra cosa. Que más que cosas, el verdadero lujo se trata de tener paz.

Poder despertarte sin angustia, tomarse un café sin prisa, sin mirar el teléfono cada treinta segundos, llegar a tu casa y sentir que ahí puedes bajar la guardia. Tener una agenda que no te persiga, dormir tranquilo y no siempre tener que explicar cada decisión que tomas.

Leyéndolo podría parecer poco, hasta que descubres lo caro que resulta vivir sin eso.

A cierta edad también cambia nuestra relación con el tiempo. Ya no queremos regalarlo tan fácilmente y mucho menos perderlo en una conversación que no lleva a ninguna parte, una relación que desgasta, una amistad sostenida por compromiso, una reunión a la que no queremos ir, una discusión que sabemos que no va a resolver nada. Esas situaciones que empiezan a parecernos demasiado caras.

Y no precisamente porque nos hayamos vuelto egoístas, sino porque finalmente entendimos que el tiempo es la única cosa que no podemos comprar de vuelta.

Y es aquí donde entonces aparece otro lujo, poder elegir. Elegir dónde estar, con quién estar, a quién o a qué decirle que sí, a qué decirle que no. Y, sobre todo, dejar de sentir la obligación de justificarlo todo.

Después de los 40 una empieza a entender que no todas las invitaciones merecen aceptación, que no todas las personas merecen acceso y que no todas las batallas merecen ser peleadas.

También aprendemos a valorar los vínculos sanos. A reconocer la paz en esas personas con las que no hay que caminar cuidadosamente sobre cáscaras de huevos. Las que celebran tus éxitos sin competir contigo. Las que pueden decirte una verdad incómoda sin intentar destruirte. Las que no desaparecen cuando dejas de serles útil. Uno termina entendiendo que estos vínculos sanos son un lujo. Y un lujo uno bastante escaso.

También lo es tener una vida que no necesite ser explicada en Instagram para sentirse valiosa. Porque quizá una de las trampas de nuestra época es haber convertido la vida en una vitrina, sabiendo uno que la paz no siempre se ve reflejada en una fotografía.

A veces parece exactamente lo contrario. Puede ser una tarde sin planes, una conversación larga, una casa en silencio, un teléfono que no suena o una persona que llega a tu vida y no te complica la existencia. O por el contrario, también lo es la capacidad de irte cuando sí la complica.

Porque esa es otra cosa que aprendemos con los años, que la paz no siempre se encuentra, sino que muchas veces se construye.

A los 20 queremos que nos elijan, a los 30 queremos demostrar que podemos, después de los 40, quizás queremos algo mucho más sencillo, simplemente estar bien. Bien de verdad.

Seguimos teniendo sueños, proyectos, ganas de viajar, de aprender, de enamorarnos, de trabajar, de reírnos y de hacer cosas nuevas. La diferencia es que ya no queremos pagar cualquier precio por conseguirlas.

Porque al final, después de los 40, el lujo no es que todos quieran estar contigo, es poder elegir con quién quieres estar y tener la paz de irte de donde ya no quieres estar.

Paola Chaljub Then

Periodista

Periodista, locutora y presentadora de noticias. Madre de dos. La más chiquita de Dulce y Rafael.

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