En un callejón cualquiera, donde ni la brisa avanza por el peso del atasco, convivía una extraña selva de animales apurados.

—¡Quítate, que voy en contravía! —zumbaba el mosquito, dibujando su propio camino.

—¡Súbete, que aquí siempre cabe uno más! —rebuznaba el burro, deteniéndose y arrancando a su antojo.

El búho, con un ojo en vela y otro en descanso, sentenciaba sin inmutarse:
—Las luces… son “a según”.
Y volvía a sus libros de normas de tránsito que nadie seguía.

Las hormigas, siempre diligentes, se detenían al borde del cruce:
—Si avanzamos, nos llevan; si esperamos, quedamos.
—¡Dale! Aquí el que duda pierde —insistía el mosquito.
—Resolviendo es que se vive —añadía el burro.

El tapón apretaba. Los asnos resonaban con sus bocinas, como un coro sin director, imponiendo el ritmo del ruido.

Entonces irrumpieron las tortugas, lentas en juicio, pero temerarias en paso, empujando con la autoridad de su volumen. Y ante ellas cedían incluso los más fuertes, como si el derecho perteneciera al más al más aguerrido.

No tardaron en aparecer las ranas, herederas de antiguos vaqueros sin vacas que ordeñar, que pitaban y gesticulaban:
—¡Uno por uno y fluimos!
Pero ignoraban cuanto semáforo inteligente encontraban en una esquina.

Mosquitos, burros, ranas y otros tantos se cruzaban sin orden. Los zánganos, ocultos tras sus volantes, miraban y callaban, cómplices distraídos del desorden.

De pronto, un golpe. Quizá leve, quizá grave o cruento.
Un segundo de silencio… y luego, otra vez el estruendo.

Las hormigas, atrapadas en medio del caos, alzaron la voz:
—¿Y aquí nadie dice nada?

Dos viejas reinas de colmenas lugareñas, testigas del trajín, respondieron con aire filosófico.

—Esto no es solo un tapón —dijo una—, sino el reflejo de un mal mayor: “Basta la irreflexión para que todo funcione mal”.

—Y “donde cada uno impone su voluntad sin virtud” —añadió la otra—, “la vida común pierde su rumbo”.

Nadie respondió. La premura y el sinsentido volvieron a imponerse. Día y noche, noche y día. Hasta la desesperación.

Moraleja:
En la selva, cuando cada bestia avanza sin respeto ni medida a las demás, el desorden se repite como destino y no hay otro cambio que no sea el solo paso de las hojas del calendario.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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