A falta de dos años para la cita con las urnas en mayo de 2028, la República Dominicana ha entrado en una fase de introspección política sin precedentes. La imposibilidad constitucional de una nueva postulación del presidente Luis Abinader no solo marca el fin de un ciclo personalista, sino que inaugura una "época de delfines" y reconfiguraciones que pondrán a prueba la madurez de nuestras instituciones partidarias. El poder, ese fluido que aborrece el vacío, ya ha comenzado a filtrarse por las grietas de las estructuras tradicionales, dibujando un escenario donde la estética del marketing y la cruda realidad social se preparan para una colisión inevitable.
La paradoja del PRM: ¿gestión o identidad?
El Partido Revolucionario Moderno (PRM) llega a este ecuador con la ventaja —y el fardo— que otorga el control del aparato estatal. Con una intención de voto como organización que ronda el 35 % (según las encuestas proyectadas en febrero), el oficialismo goza de una salud macroeconómica envidiable y cifras récord en el sector turismo. Sin embargo, la política no es solo estadística; es, ante todo, percepción y pertenencia.
La actual "batalla de los delfines" dentro del PRM revela una dicotomía fascinante. Por un lado, figuras como David Collado (quien encabeza las preferencias tempranas con un 26 %) y Carolina Mejía representan una propuesta de continuidad tecnócrata y urbana. Es el poder con guante de seda y visión corporativa. No obstante, este perfil "popi" —como ha bautizado el argot popular a la élite gubernamental— corre el riesgo de desconectarse del cordón umbilical que históricamente ha alimentado a la socialdemocracia dominicana.
Es aquí donde emerge la figura de Guido Gómez Mazara como el "gran elector" o el elemento de equilibrio. Gómez Mazara no es solo un aspirante; es el custodio de la mística y la tradición peñagomista y el puente con el votante de a pie que no se siente representado por el frío lenguaje de las gráficas de crecimiento.
Sin embargo, esa misma condición de puente es su mayor apuesta, pero también su flanco más expuesto: en un sistema político que premia la alineación más que la disidencia, su perfil crítico corre el riesgo de ser percibido como ambigüedad estratégica antes que como el verdadero liderazgo firme.
Su reciente decisión de no buscar cargos internos para concentrarse en la candidatura presidencial es un mensaje de "todo o nada". Para el PRM, el desafío no es solo ganar las primarias, sino evitar que el proceso se perciba como una imposición de las élites económicas, lo que dejaría a Gómez Mazara en una posición de ruptura o de "freno y contrapeso" indispensable.
La Fuerza del Pueblo: el relevo como estrategia
En la acera de enfrente, la Fuerza del Pueblo (FP) ha logrado lo que parecía imposible tras la división de 2019: desplazar al PLD al tercer lugar del tablero. Con un sólido 17-18 % de intención de voto, el partido de Leonel Fernández ha dejado de ser una "fuerza emergente" para convertirse en el puerto de llegada de la disidencia peledeísta.
Sin embargo, el verdadero fenómeno aquí no es el retorno del pasado, sino la irrupción del futuro: Omar Fernández. Con un 18 % de popularidad propia, Omar ha logrado lo que su padre encuentra difícil: bajar la tasa de rechazo y conectar con una generación que no vota por ideologías, sino por pares. La FP enfrenta el dilema de ser percibida como una estructura "unipersonal" o transformarse en una plataforma que permita ese relevo generacional de forma orgánica. El riesgo para ellos es el techo electoral; sin una alianza sólida con lo que queda del PLD, la victoria en una segunda vuelta sigue siendo una ecuación matemática compleja.
El PLD en el laberinto
El Partido de la Liberación Dominicana (PLD) se encuentra en su hora más oscura, luchando por retener a una militancia que se desangra hacia la Fuerza del Pueblo. Con un 8-11 % en los sondeos, el partido de la estrella amarilla necesita más que una reestructuración técnica; necesita un nuevo relato. La figura de Abel Martínez y los liderazgos que emerjan de su reciente congreso tendrán la titánica tarea de convencer al electorado de que los errores del pasado han sido purgados. Hoy, el PLD no juega a ganar la presidencia, sino a ser el "fichaje de oro" en una eventual alianza opositora.
La psicología del "binomio perfecto" y el factor humano
En los pasillos del Palacio se rumorea una fórmula de unidad: Collado-Mejía. Una boleta que blindaría el apoyo empresarial y la estructura partidaria. Pero en política, 1+1 no siempre es 2. Una boleta que carezca del "rugido popular" podría ser vulnerable ante un discurso de cambio social profundo.
Aquí es donde la madurez de actores como Guido Gómez Mazara jugará un rol definitivo. La paciencia estratégica que ha mostrado en este ciclo —defendiendo al gobierno desde Indotel, pero manteniendo su postura crítica frente a la centralización del poder— sugiere que estamos ante un político que entiende que el tren del 2028 no espera a los que se quedan en la queja, sino a los que se hacen necesarios. Si el PRM intenta usarlo como un simple "arrastre de masas" para un binomio de élite sin darle poder real de ejecución, el riesgo de fractura en la base del partido es latente.
El nuevo elector: el gran desconocido
Finalmente, debemos observar a los nuevos votantes. Generaciones que prefieren el lenguaje digital, que no tienen nostalgia por las luchas del siglo XX y que valoran la autenticidad por encima del marketing. Estos jóvenes buscan líderes que se parezcan a ellos, pero que también demuestren la capacidad de resolver temas crudos: el costo de la canasta básica y la inseguridad en las calles.
¿Segunda vuelta en el horizonte?
Si las elecciones fueran hoy y aplicamos la teoría de juego, el PRM conservaría el poder, pero con la advertencia de que la ventaja se estrecha. El crecimiento de la oposición sugiere que el fantasma de la "segunda vuelta" es más real que nunca. En ese escenario, el ganador no será el partido que tenga mejores vallas publicitarias, sino aquel que logre amalgamar tres fuerzas: el capital económico, la estructura territorial y, sobre todo, la mística popular.
El 2028 no se decidirá en los despachos de la capital, sino en la capacidad de los líderes actuales de entender que el poder, para ser sostenible, debe compartirse con aquellos que le dan su base de sustento. La moneda está en el aire, y los jugadores apenas han comenzado a mostrar sus cartas.
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