Antonio Sánchez Valverde publica en Madrid, en 1785, su Idea del valor de la Isla Española en un momento de extrema fragilidad personal y de profunda crisis colonial. No es un libro concebido para la posteridad ni para el deleite de los eruditos: es un texto de combate, un memorial razonado dirigido a los gobernantes de la Monarquía y, más específicamente, a los funcionarios encargados de Santo Domingo. Su forma es la del tratado ilustrado; su fondo, el de una defensa apasionada de una tierra y, no menos, de un hombre.
Sacerdote secular, formado en el rigor intelectual de la tradición jesuítica y permeado por la Ilustración española —pragmática, utilitaria, profundamente estatal—, Sánchez Valverde pertenece a esa generación criolla que piensa el imperio no como abstracción teológica, sino como maquinaria administrativa susceptible de reforma. Ha leído a Raynal, conoce a Montesquieu, dialoga implícitamente con la economía política de su tiempo, pero no escribe desde París ni desde Ginebra: escribe desde la periferia empobrecida de un imperio exhausto, con los pies en la tierra dominicana y los ojos puestos en la Corte.
El motivo inmediato de la obra es conocido y no debe ocultarse: Sánchez Valverde escribe bajo proceso judicial, desplazado, cuestionado, necesitado de restituir su honra y su crédito ante las autoridades metropolitanas. La Idea del valor es, en ese sentido, una reivindicación personal y profesional. Quiere mostrarse como súbdito útil, como vasallo ilustrado capaz de diagnosticar males y proponer remedios. No implora clemencia: ofrece conocimiento. No se presenta como víctima: se exhibe como experto. La fidelidad a la Corona, reiterada con cuidado, no es servilismo, sino estrategia de supervivencia y de ascenso.
Pero reducir la obra a ese móvil sería empobrecerla. En la defensa de sí mismo, Sánchez Valverde defiende a Santo Domingo. Hay en el texto una clara consideración patriótica, aun cuando el término no tenga todavía el contenido político que adquirirá en el siglo XIX. La patria, para él, es la isla española abandonada, despreciada por la administración imperial, condenada por los filósofos europeos a una inferioridad casi natural. Reivindicar su valor económico, estratégico y humano es también reivindicar su dignidad histórica.
La obra se ofrece, así, como un verdadero manual para gobernantes y funcionarios de la Corona destinados a Santo Domingo: un compendio de datos, comparaciones, propuestas y advertencias que aspira a corregir la ceguera metropolitana. Sánchez Valverde no escribe contra España, sino contra su ignorancia; no cuestiona el dominio imperial, sino su mala gestión. En esa lealtad crítica reside la originalidad y el límite de su pensamiento.
Los propósitos de la Idea del valor de la Isla Española pueden enumerarse con claridad:
- Reivindicar el valor económico real de Santo Domingo, demostrando que su pobreza no es natural ni inevitable, sino consecuencia de la despoblación, del abandono administrativo y de políticas imperiales erradas.
- Refutar las interpretaciones europeas degradantes, especialmente las de Raynal y De Pauw, que atribuían el atraso de la colonia española a la indolencia del criollo o a supuestas incapacidades raciales y morales.
- Establecer, mediante la comparación con Saint-Domingue y Cuba, que, en condiciones semejantes de clima y suelo, la diferencia de resultados proviene exclusivamente de la organización del trabajo y de la política colonial. Puede decirse que el comparatismo es una de las técnicas de su pensamiento.
- Defender la capacidad del criollo dominicano, presentándolo como sobrio, resistente y apto para el trabajo y la producción, pero privado de medios e incentivos. Se subleva fieramente contra los estereotipos sembrados por los europeos.
- Convencer a la Corona de la necesidad de una reforma económica profunda, basada en el aumento de la población, la introducción masiva de esclavos y la transición hacia una economía de plantación orientada al comercio exterior. La comparación con Saint Domingue y Cuba obra como demostración empírica de lo que dice.
- Reafirmar la importancia geoestratégica de la Isla Española, especialmente por su posición en el Caribe y por puertos como Samaná, presentándola como pieza clave de la defensa imperial.
- Restituir la honra y el crédito personal del autor, mostrando su competencia técnica, su lealtad política y su utilidad como servidor ilustrado de la Monarquía.
En conjunto, la obra de Sánchez Valverde no es un alegato revolucionario, pero tampoco un texto inocente. Es el primer gran esfuerzo sistemático por pensar Santo Domingo desde categorías modernas de utilidad, población y riqueza. En su intento por salvar su carrera y su nombre, el sacerdote ilustrado terminó dejando el primer diagnóstico estructural de la sociedad dominicana, y con ello inauguró una tradición de pensamiento que, con el tiempo, acabaría desbordando el marco imperial que él aún consideraba irrenunciable.
Sánchez Valverde escribe situado en una encrucijada intelectual que raras veces se examina con la atención debida. No es un ilustrado abstracto ni un moralista de gabinete: es un hombre colonial que piensa con los instrumentos de la Ilustración, pero desde una realidad que la Ilustración europea apenas comprende. Por eso su obra tercia, sin declararlo, entre dos figuras mayores: Montesquieu y Moreau de Saint-Méry. Entre uno que representa la vertiente minoritaria, ética y crítica de la Ilustración, y otro que, aun sin proponérselo, deja testimonio del final violento de un mundo.
Montesquieu había formulado, en El espíritu de las leyes, una condena racional de la esclavitud. No solo la juzgaba injusta, sino ineficiente, contraria a la moderación política y al equilibrio económico que debía caracterizar a los Estados bien ordenados. Era una crítica que, aunque minoritaria, comenzaba a abrir grietas en el consenso europeo. Sánchez Valverde conoce ese debate, lo ha leído, lo ha digerido. Y, sin embargo, lo descarta. No por ignorancia, sino por convicción empírica.
La esclavitud, el gran debate de su época
Aquí emerge una de las paradojas más profundas del autor: el ilustrado que contradice a Montesquieu. Para Sánchez Valverde, la experiencia pesa más que la teoría; el hecho colonial, más que la especulación moral. Saint-Domingue está ahí, visible, medible, produciendo una riqueza que sostiene a Francia y asombra a Europa. Frente a esa evidencia, la crítica montesquiana le parece un lujo de sociedades templadas, no una herramienta para la zona tórrida. La riqueza tropical —afirma— exige “brazos endurecidos”; sin esclavos africanos no hay agricultura intensiva; sin agricultura, no hay comercio; sin comercio, no hay Estado fuerte. La cadena es estrictamente funcional. Sus creencias religiosas no se hallaban en contradicción con ese ideario: en la epístola a los romanos, san Pablo coloca a la esclavitud como circunstancia transitoria y poco importante frente a la promesa de la vida eterna. además, la Iglesia de su tiempo pregonaba una sumisión a la autoridad, el sufrimiento, el dolor, los votos de pobreza, eran mecanismos de redención cristiana.
La esclavitud aparece así despojada de toda dimensión ética, que se proclama en nuestro presente. No es un mal que se tolere, sino un instrumento técnico del progreso colonial. Sánchez Valverde no la defiende con pasión ideológica, pero la normaliza con frialdad racional. Ese es el límite histórico de su Ilustración: razona con datos, pero naturaliza un sistema que otros ilustrados europeos ya comenzaban a impugnar. Su pensamiento no es reaccionario; es instrumental. Y precisamente por eso resulta tan revelador.
El contraste con Moreau de Saint-Méry, leído a la luz de la historia posterior, ilumina esa ceguera estructural. Ambos observan la misma colonia francesa, pero desde ángulos distintos y con horizontes temporales opuestos. Sánchez Valverde ve cifras, exportaciones, el esplendor de la colonia más rica del mundo, puertos colmados, ingenios en actividad; ve el presente exitoso de un modelo que quisiera trasplantar a Santo Domingo. Moreau, en cambio, describe la anatomía interna de ese éxito: una sociedad fracturada, sostenida por el terror cotidiano, por la vigilancia permanente, por una violencia que ya no es excepcional, sino constitutiva.
Saint-Méry no es un abolicionista; tampoco es un revolucionario. Pero su mirada, más sociológica que contable, capta lo que el dominicano no puede o no quiere ver: que aquella prosperidad no descansa sobre bases estables, sino sobre una tensión creciente e insostenible. Donde Sánchez Valverde ve orden productivo, Saint-Méry percibe miedo; donde uno ve eficiencia, el otro intuye descomposición. No es casual que Saint-Méry, testigo directo del derrumbe, termine en el exilio de Filadelfia, expulsado por la Revolución que había sido anunciada, sin saberlo, en sus propias descripciones.
La historia dará la razón a Moreau de Saint-Méry. La lógica de largo plazo, no la inmediata, confirma su diagnóstico. Saint-Domingue no era el modelo del porvenir, sino el laboratorio de una catástrofe histórica sin precedentes. Pero sería anacrónico juzgar a Sánchez Valverde desde ese desenlace. En el corto plazo —el único que la administración imperial parecía capaz de pensar— la razón económica parecía asistirle. La esclavitud funcionaba, producía, enriquecía. Y en ese horizonte limitado, su razonamiento era coherente.
Este debate implícito entre Montesquieu, Sánchez Valverde y Moreau de Saint-Méry no es un episodio marginal: toca el núcleo de la identidad dominicana en gestación. Al defender la capacidad del criollo y atribuir el atraso no al hombre, sino al sistema, Sánchez Valverde introduce una apología que tendrá larga vida. El dominicano no es inferior; está mal gobernado. Esa afirmación, aun pronunciada desde la lealtad imperial, socava las jerarquías intelectuales que justificaban el abandono.
Paradójicamente, al proponer la intensificación esclavista como vía de redención económica, Sánchez Valverde delimita también una diferencia histórica. Santo Domingo no seguirá el camino de Saint-Domingue. Su pobreza, su despoblación y su economía hatera la librarán —a un costo inmenso— de la implosión revolucionaria. La colonia “fracasada” sobrevivirá; la colonia “exitosa” estallará. En esa ironía trágica se cifra una parte esencial de nuestra historia.
Así, Sánchez Valverde queda suspendido entre dos mundos: demasiado ilustrado para aceptar el fatalismo colonial, demasiado colonial para romper con la esclavitud. Su pensamiento revela tanto las posibilidades como los límites de la Ilustración en América. Y en ese claroscuro, donde la razón ilumina, pero no emancipa, se empieza a dibujar la singular trayectoria histórica de la sociedad dominicana.
El siglo XVIII no solo fue para los dominicanos un siglo de decadencia y abandono. Fue la centuria en la que se desarrolló plenamente, efecto de una doble insularidad ya constituido la colonia francesa de Saint Domingue (1697-1804), fue la época en que se concreta oficialmente la primera frontera intra insular nacida del Tratado de Aranjuez (1777), fue, por lo demás, la etapa más sombría de nuestra historia, cuando en Basilea, con las negociaciones llevadas a termino entre el regente de Carlos IV, Manuel Godoy y Farias y el imperio napoleónico , la colonia de Santo Domingo fue cedida a Francia a trueque de la desocupación de las provincias vascongadas. Esa catástrofe política produjo la primera gran emigración hacia Cuba. Venezuela, Mexico y otros destinos. Murió en el exilio, la crema y nata de nuestros intelectuales de entonces: Antonio Sánchez Valverde (1720-1799), en Guadalajara (Mexico), Pedro Morell de Santa Cruz (1694-1768) vivió en Nicaragua y murió en Cuba, Antonio de Villaurrutia (1754-18…) y su hermano Jacobo de Villaurrutia (1757-1833), fundadores del periódico Diario de Mexico, murieron ambos en Mexico. Nacido en ese lapso en 1780, Andrés López de Medrano, autor del primer Tratado de lógica (1813), estudió en la Universidad Santo Tomas de Aquino, escribió un Manifestó dirigido al pueblo dominicano con motivo de las elecciones para diputado a las Cortes, y tras la ocupación de Boyer termino sus días en Puerto Rico, donde finalmente murió en 1856. Ese periodo fue vivido por los criollos, y por los que amaban profundamente esta tierra como Antonio Sánchez Valverde, como el siglo de nuestra desintegración.
Referencias bibliográficas
Sánchez Valverde, A. (1971). Idea del valor de la Isla Española (E. Rodríguez Demorizi y F. C. de Utrera, Eds.). Santo Domingo, República Dominicana: Editora Nacional. (Obra original publicada en 1785), • Tejera, E. J. (2024, 24 de febrero). De Basilea a la Independencia Dominicana: Grandes cambios de soberanía 1795-1844. Academia Dominicana de la historia Henríquez Ureña, M. (2022). Panorama histórico de la literatura dominicana: Tomos I y II. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc. (Obra producto de conferencias dictadas en 1944 y publicada originalmente en 1945
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