Cada mañana dejamos un rastro de cifras

El reloj registra cuánto dormimos. El peso nos devuelve un número. El teléfono cuenta nuestros pasos. Las aplicaciones calculan las calorías que ingerimos. Las universidades convierten el aprendizaje en indicadores. Las empresas traducen el rendimiento en métricas. Las redes sociales reducen la influencia a seguidores, likes y algoritmos.

Nunca la humanidad había medido tanto.

Pero medir no es conocer. Y disponer de más datos no significa necesariamente comprender mejor la realidad.

Sin embargo, algo fundamental ha cambiado.

Durante siglos utilizamos los números para orientarnos en el mundo. Hoy empezamos a utilizarlos también para decidir qué parte del mundo merece ser reconocida como verdadera, relevante o incluso existente.

La paradoja es profunda.

Cuanto mayor es nuestra capacidad para registrar, comparar, cuantificar y predecir, mayor parece ser la tentación de confundir aquello que puede medirse con aquello que realmente importa.

El dato, que nació como una representación parcial de la realidad, comienza a ocupar el lugar de la realidad misma.

No se trata de negar el valor de los datos, ni de desconfiar de la ciencia. La medición ha ampliado de manera extraordinaria nuestras posibilidades de conocer.

El problema aparece cuando olvidamos sus límites.

Toda medición selecciona: decide qué observar, qué comparar, qué considerar relevante y, necesariamente, qué dejar fuera.

Una cifra siempre dice algo sobre la realidad.

Pero ninguna cifra dice, por sí sola, toda la realidad.

Un índice puede registrar el rendimiento de un estudiante, pero no agota su aprendizaje. Una estadística puede describir una población, pero no contiene la experiencia de cada individuo. Un algoritmo puede detectar patrones de conducta, pero esos patrones no constituyen, por sí mismos, el significado de una vida.

Quizá ahí se encuentre la verdadera ruptura epistemológica del siglo XXI.

No consiste en que la inteligencia artificial piense por nosotros. Tampoco en que la ciencia haya llegado a sus límites. Mucho menos en que debamos desconfiar del conocimiento científico.

Consiste en algo más silencioso y, precisamente por eso, más fundamental.

Hemos comenzado a identificar el conocimiento con aquello que puede convertirse en dato. Sin advertirlo, hemos dejado de utilizar la medición únicamente como instrumento para aproximarnos al conocimiento y hemos empezado a convertirla en árbitro de lo que consideramos real, relevante y verdadero.

Lo medible dejó de ser solamente un camino hacia el conocimiento para convertirse en el criterio de lo que consideramos digno de conocer. Y esa transformación resulta mucho más profunda de lo que parece.

La cuestión decisiva de nuestro tiempo quizás no sea qué pueden llegar a pensar las máquinas, sino ¿qué hemos dejado de pensar nosotros cuando empezamos a creer que todo lo importante debe poder ser contado?

¿Cómo llegamos a creer semejante cosa?

La respuesta constituye una de las historias intelectuales más exitosas de la humanidad.

Desde Galileo hasta Einstein, la ciencia avanzó aprendiendo a medir.

Cuando los fenómenos pudieron expresarse mediante magnitudes observables, comenzaron también a compararse, explicarse y predecirse. La caída de un cuerpo, el movimiento de los planetas, la temperatura, la electricidad, la velocidad de la luz o la estructura del ADN dejaron de ser simples observaciones para convertirse en conocimiento objetivo.

Pocas estrategias intelectuales han resultado tan fecundas.

El éxito fue tan extraordinario que terminó produciendo una ilusión casi inevitable: si medir explicaba tanto, quizá solo existiera plenamente aquello que pudiera medirse.

Durante siglos, esa convicción impulsó algunos de los mayores logros de nuestra civilización.

Pero el siglo XXI ha dado un paso más.

Ya no utilizamos la medición únicamente para comprender mejor el mundo. Empezamos a organizar el mundo según aquello que puede medirse.

La diferencia parece pequeña.

En realidad, cambia por completo nuestra relación con la realidad.

 

Entonces apareció la pregunta incómoda

¿Todo lo importante en la existencia humana puede convertirse en una cifra?

Sabemos medir la frecuencia cardíaca de una persona enamorada. Podemos registrar las regiones cerebrales que se activan mientras contempla una obra de arte. Incluso somos capaces de correlacionar estados emocionales con determinados procesos biológicos.

Pero permanece intacta la pregunta de fondo: ¿hemos explicado el amor o únicamente algunos de sus efectos?

La filosofía lleva siglos distinguiendo entre describir un fenómeno y comprenderlo.

Un poema puede analizarse químicamente como tinta sobre papel. El análisis será impecable. Y, sin embargo, seguirá sin explicar por qué esos mismos signos conmueven hasta las lágrimas.

Thomas Nagel formuló una intuición semejante mediante una pregunta ya clásica: aunque conociéramos toda la biología de un murciélago, ¿sabríamos qué se siente ser un murciélago?

Michael Polanyi llegó a una conclusión parecida cuando escribió: “Sabemos más de lo que podemos decir”.

La conciencia, la libertad, la belleza, el sufrimiento, la esperanza o el sentido de una existencia no se dejan reducir fácilmente a una descripción cuantitativa.

No porque sean necesariamente inexplicables, sino porque pertenecen también al territorio del significado.

Y el significado introduce una dimensión que nuestro tiempo tiende a olvidar: la realidad es más rica que la suma de todas sus medidas y predicciones.

Ahí comienza la verdadera ruptura de nuestro tiempo

El problema nunca ha sido medir. Medir constituye una de las mayores conquistas intelectuales de la humanidad.

El problema aparece cuando confundimos la herramienta con la totalidad de la realidad.

Un mapa nunca sustituye al territorio. Una ecuación no agota el universo que describe. Un algoritmo jamás equivale a la persona cuyos comportamientos modela.

No obstante, comenzamos a vivir como si así fuera.

Las universidades se organizan alrededor de indicadores bibliométricos. Las escuelas adaptan parte de su enseñanza a las pruebas estandarizadas. Las empresas convierten el rendimiento humano en métricas. Las redes sociales reducen la influencia a cifras. Y hasta el valor termina traducido, demasiadas veces, en precio.

La inteligencia artificial lleva esta tendencia a una escala inédita.

Los algoritmos clasifican, recomiendan, seleccionan y jerarquizan millones de decisiones cada día. La medición ya no solo describe el mundo.

Empieza a gobernarlo

Cuando una métrica determina qué recibe atención, quién obtiene recursos, qué contenido vemos o qué comportamiento se premia, deja de ser una simple descripción.

Se convierte en una fuerza que modifica aquello que pretende medir.

Y entonces dejamos de preguntar únicamente qué es verdadero para preguntar qué puede ser medido, clasificado, predicho y optimizado.

Quizá ese sea el auténtico cambio de nuestra época.

La carta de ciudadanía científica —“si no lo mido, no existe”— parece haber sido expedida a la sombra del emblemático dicho de Tomás el apóstol: Si no lo veo y lo toco, no lo creo.

No hemos sustituido la realidad por la ciencia.

La hemos sustituido, poco a poco, por sus métricas.

 

El desafío consiste en recordar algo que nunca debimos olvidar

Las matemáticas constituyen probablemente el lenguaje más poderoso que ha desarrollado la inteligencia humana.

Pero ningún lenguaje agota aquello que describe.

Podemos cartografiar el cerebro.

Todavía no podemos cartografiar el significado de una vida.

Podemos medir el pulso de quien ama.

Todavía no sabemos medir la envergadura de ese amor.

El desafío, por tanto, no consiste en elegir entre ciencia y misterio, entre razón y experiencia, entre números y significado.

Consiste en evitar dos reduccionismos igualmente empobrecedores: considerar que todo puede convertirse en número o admitir que nada puede conocerse científicamente.

Entre ambos extremos permanece abierta una tarea mucho más exigente: aprender a utilizar todas las herramientas de la razón sin olvidar que la realidad siempre termina siendo mayor que cualquiera de las descripciones con las que intentamos comprenderla.

Durante cuatro siglos aprendimos a medir el mundo.

El gran desafío del siglo XXI consiste en no confundir jamás el mundo con sus mediciones.

Porque podemos medir el pulso de quien ama.

Todavía no sabemos medir el significado de ese amor.

Así como Euclides necesitó nuevas geometrías, Newton necesitó el cálculo y Einstein necesitó la geometría riemanniana, nuestro siglo quizá necesite también un nuevo lenguaje: uno capaz de integrar la extraordinaria precisión de la medición sin reducir la realidad a aquello que puede ser medido.

Un lenguaje fundamentado en la plena realidad en la que convivimos y en la que —como diría Miguel de Unamuno— agonizamos.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

Ver más