Sin dudas, las mujeres hemos vivido siempre bajo el ojo del huracán. Un sábado, hace ya unos años, salí de la “Perla del Sur” en un autobús de Caribe Tours. Cuando hicimos entrada a la capital, escuché a una señora vociferar: “Me deja en la Plaza de la Bandera”. Me preparé para bajar; la plaza estaba a solo dos cuadras de mi casa. El autobús se detuvo; tomé mi carpeta de oficina, mi mochila y salí a la calle. Era febrero y el clima invitaba a caminar. Pero la prisa me hizo tomar un taxi de los que esperaban en la vía. Cuando el taxista tomó mi mochila para abrirme la puerta, dos hombres sesentones, de corbata y surgidos de la nada, bloquearon mi entrada al vehículo. Arrebatándole el equipaje al chofer, ordenaron con frialdad:

–Esa señora no puede subir. Debe venir con nosotros. Somos oficiales del J2 y está bajo investigación. El taxista, por instinto, soltó la mochila, pero yo reaccioné con una fuerza que no sabía que poseía. Forcejeé, me aferré a mis pertenencias y me resistí a ser introducida en el Toyota Camry.

–¡Esto es un secuestro! –¡Es un secuestro! –grité con todas mis fuerzas.

El clamor atrajo a los curiosos. Aproveché la audiencia para interpelarlos: “Señores, estos hombres intentan secuestrarme. No permitan que me lleven”. La gente miraba con esa mezcla de morbo e indecisión tan propia de las multitudes. “Si no es un secuestro, que muestren la orden judicial”, exigí. Los tipos insistían en que obedecían “órdenes superiores”. Mi destino dependía de la empatía de esos extraños. Entonces el taxista, con la perspicacia de quien conoce bien la calle, desafió:

–Vamos a ver, señores… si son militares, pruébenlo.

Con soberbia, sacaron de sus planchados pantalones unas billeteras desgastadas. Mostraron carnets que los identificaban como mayor y coronel del Ejército Nacional. De inmediato, un espectador con aire de empleado público sentenció:

–Bueno, son militares. Están haciendo su trabajo.

No me rendí. Con el miedo contenido alcé mi voz: “Portar un carnet militar no les autoriza a andar por las calles llevándose a los ciudadanos así por así, sin orden judicial”.

El taxista, jugando su última carta, propuso: “Si no hay nada que ocultar, vamos al destacamento militar más cercano y aclaremos este embrollo”. Otro taxista se sumó a la propuesta.

No tenía opción: debía confiar en esos desconocidos. Abordé el taxi, escoltada por los otros vehículos. Al llegar al destacamento, custodiado por guardias con rostros de insomnio, entramos al recinto. En cuanto los hombres de corbata vieron al subcomandante, su soberbia se transformó en una reverencia casi servil.

–Hemos confundido a esta señora con otra persona –dijeron con una desvergonzada naturalidad–. Pedimos disculpas. No tenemos nada más que hacer aquí.

–No, no ha habido confusión; estos señores intentaron secuestrarme.

–Debemos esperar que llegue el comandante; ¡lo llamaremos! –ordenó el subcomandante.

Los hombres de corbata insistían:

–No tiene que molestar al comandante, le aseguramos que no es necesario, solo ha sido una confusión. –Daban pasos nerviosos y me miraban con el rabillo del ojo.

A pesar de llevar más de seis horas en la calle, esperé. Tras casi una hora, un hombre circunspecto, de mediana edad, entró, saludó entre dientes y se dirigió a su despacho. De inmediato nos mandó pasar. Antes de ofrecernos asiento, lanzó la pregunta:

–¿Cuál es el caso que la trae aquí, señora?

–Estos hombres, que dicen ser militares, intentaron secuestrarme, señor.

–Comandante, a esta señora ya le hemos pedido disculpas porque la hemos confundido con otra persona –intervinieron ellos.

Entonces el comandante, con rostro de poco amigo, les exigió:

–¡Facilítenme sus carnets! –Los examinó. Su expresión se endureció– Ustedes son militares retirados, por lo tanto, no están habilitados para andar cubriendo ningún tipo de servicio oficial.

–Comandante, ya le pedimos disculpas a la señora por la confusión. Ahora solo queremos retirarnos y que ella pueda llegar tranquila a su casa.

–¡No pueden retirarse! Tengo la obligación de tramitar su caso a la fiscalía.

En ese momento pensé en la maldición histórica del borrón y cuenta nueva que nos ha mantenido siempre jodidos. El comandante me sacó de mis pensamientos, preguntándome:

–Señora, ¿cuál es su dirección?

–Por ahora no tengo ninguna, señor.

–¿Cómo que no tiene usted dirección, residencia…?

–Lo siento, señor, –respondí tajante–, no le daré mi dirección delante de estos…

Le extendí mi identificación y le expliqué que venía del sur, de coordinar un proyecto del PNUD; que mi única urgencia era llegar a casa. Los taxistas, que habían observado inmóviles, me trasladaron a mi residencia. No me atrevo a imaginar qué habría sucedido si hubieran logrado subirme a aquel Toyota Camry.

Moraima Veras

Moraima Veras, nativa de Altamira, Puerto Plata, República Dominicana. Doctora en Derecho por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Con especialidades en Derecho Público y en Gestión para el Desarrollo, a través de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Larga experiencia en el ejercicio del derecho. Con experiencia en reforma del Estado y en trabajos comunitarios con financiamiento internacional. Práctica de investigación comparando realidades político-locales nacionales e internacionales. Amante de la literatura con varios escritos inéditos. En el año 2022 publica Lía en Granada (novela corta). Instagram: @moraimaveras / @liaengranada Facebook: Isabel Veras

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