El quebranto de la realidad, tras las trágicas noticias sobre la guerra y los actos violentos conmueven al mundo. El hambre y la muerte es un canal que apesta, ya que es una humanidad que no tiene claro su porvenir. Está marcada por tantas fisuras que no se pueden enhebrar para la cicatrización.
La personificación del mal es una fuerza que atraviesa los lindes de nuestra humanidad y los proyectos de paz se hacen añicos en los tugurios de los Estados que dicen dominar al mundo. Yo me pregunto dentro del ámbito de la filosofía, ¿podremos salir de este desaliento y explosiones de relatos y acciones violentas entre los seres humanos?
En el marco de diversas filosofías las respuestas se ofrecen como teatralidad impaciente, por ejemplo, Nietzsche en sus escritos de 1886 en su texto que tituló: "Más allá del bien y del mal", en el que nos habla sobre valores y no sobre cuestiones teológicas, más bien nos aterriza con aplicaciones sobre la historia y los intereses que se dan entre grupos humanos. Este filósofo le da un empujón a la teología cristiana, porque explica el problema no en el marco de la metafísica idealista del dualismo del cielo y del infierno, sino en la experiencia humana.
Este cuestionamiento es lógico, porque los humanos vivimos en un tiempo y espacio que se teatraliza en los rituales de la cultura y de lo social, porque somos seres históricos que ante la naturaleza de nuestras propias existencias, somos muy vulnerables.
Si vamos por la labor, los seres humanos somos los creadores de nuestro propio devenir de los sentidos cotidianos y de nuestros propios valores, los cuales se desarticulan por las particularidades del sujeto para adentrarnos en ese cubo de fragilidades que se ampara en leyes, formas, recreaciones, apariencias, cuerpos o apuros del mundo como parte de lazos que definen ideologías, percepciones y maneras del ser colectivo.
Esos que llamamos maldad, está atrapada en los marcos de la servidumbre del inconsciente y se articula, a través de un lenguaje que reproduce ese altar de fuego de la ignorancia y del desplome de la inocencia, porque es lo que llamamos "poder" a ese obtuso objeto del deseo que desmiembra los huesos y no sacia ningún estómago.
Los cuencos de leche están vacíos para el mundo. Se recordarán estos tiempos como senderos abruptos y carentes de explicación lógica, porque la memoria que se suscita en el espacio de Ormuz, Gaza, y las periferias de las barriadas pobres en cualquier lugar del mundo es una pura representación de las lágrimas y el dolor.
Los historiadores y filósofos llamarán a esta época como el lugar de los pervertidos contra Sócrates, los sabuesos de la bilis, los copistas sin rúbrica, porque son tan lineales, repetitivos, casquivanos, golfos, habitantes de un espacio inmutable y de arroyos contaminados con su basura radiactiva, putrefacta y de fealdad interior que, como dice Heidegger, están ubicados en un "Holzweg", lo que significaba para él un callejón sin salida.
Esos malandrines de la violencia están imposibilitados para poder entender la realidad última, esa línea con la que nos conmueve Sartre cuando nos dice que la estética creativa se configura más allá de la propiedad y de sus diletantes adoradores de dioses vacíos y corruptos.
Una estética que nos impulsa a crear y crear para reproducir senderos de bosques poéticos y sueños. Esos malandrines carecen de memorias, porque no quieren salir ni expulsar las ilusiones que todavía arrastran de los escombros de una geografía que no tiene ya respuestas para la paz, ni para la tranquilidad o el deleite de pasear por aguas tranquilas de la que muchas veces se disfruta en el otoño o en una primavera llena de flores y abejas zumbando por los caminos.
No hay posibilidad para occidente de recuperar al ser de los que permanecen en el presente, y no son capaces de percibir el futuro rompiendo con los diletantes y pedigüeños. Entre esos sujetos y yo hay algo personal, pues su mundo es tan agotador y fuera de vínculos que turban la alegría y la vida misma.
Esos sujetos de la guerra, mentirosos y tristes no son capaces de motivar las metáforas poéticas.
Hoy miro las palabras y me consuelo con la brisa suave. Sabiendo que el salmista nos dice que todo lo que existe en este hermoso planeta tiene que ser compartido bajo la santidad de Dios.
Los relatos sobre Ormuz me dicen claramente que no hay quién pueda demandar como propio el mar, el océano y la tierra como una propiedad. Ese es nuestro quebranto sobre el mundo. Es esa la llave de la desolación, sufrimiento, tragedia y dolor. Pero es perturbador la idea del modelo de Estado/nación donde se establecen fronteras, abismos, violencia y una insondable amargura que quema el cuerpo de los seres humanos.
La paz no puede existir donde se reclame lo que les pertenece a todos y todas. El mundo respira ácido por la química del petróleo y el alma respira odio por los relatos de los modelos políticos y culturales que separan a la humanidad. Que Dios guarde a esos marineros que decidieron levantar las armas para asistir a una boda de sangre. Yo con humildad sigo navegando en aguas tranquilas, donde no me repugnan ni me dan vómito los muertos de esa cosa que se llama fascismo.
La primavera es un manto de bondad y de buenos olores. Yo recorro mi camino pensando en un logos que conmueve con voces de paz y un profundo arraigo a la vida.
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