Alan Greenspan murió el pasado 22 de junio a los cien años, y su biografía se cierra como la del funcionario que encarnó la doctrina de la desregulación financiera. Estuvo casi 20 años al frente de la Reserva Federal y presidió la expansión más prolongada de la economía estadounidense, y a lo largo de ese mismo periodo avanzó el desmonte del andamiaje regulatorio que había gobernado las finanzas desde la posguerra. La prensa lo llamó “el Maestro”, y la historia registra además su papel como uno de los principales defensores de la autorregulación.
En el centro de ese repliegue había una idea precisa, la de que el sistema financiero puede vigilarse a sí mismo, autorregularse. Greenspan asimiló la seductora idea de la filosofía libertaria de que el mercado libre es intrínsecamente moral y la intervención estatal, por naturaleza, coercitiva. Ya al frente de la Reserva Federal, llamó esta concepción vigilancia entre contrapartes y sostuvo durante años que constituía el pilar central del equilibrio de los mercados.
El razonamiento de Greenspan era elegante, tentador y de apariencia sólida. Las partes de una operación financiera y los actores de los mercados, movidos por el interés propio y por el deseo de proteger su capital y su reputación, vigilan los riesgos de sus contrapartes y clientes con más información y mejores incentivos que cualquier supervisor externo.
Greenspan añadió una afirmación más fuerte, según la cual la regulación pública puede ser dañina, porque el sello oficial de aprobación adormece la diligencia privada de la que depende el sistema, una variante del riesgo moral. En un discurso de 2003 sostuvo que la regulación privada contiene los excesos de riesgo mejor que la gubernamental.
Esa convicción tuvo como consecuencias concretas retirar al Estado regulador de terrenos que el mercado, según su doctrina, ya vigilaba por su cuenta. Un caso que ilustra su posición es que, en 1998, Brooksley Born, presidenta de la Comisión de negocios de futuros (Commodity Futures Trading Commission) que regula los mercados de derivados, propuso someter a supervisión el mercado de derivados financieros, que crecía sin registro. Ante esta alerta, Greenspan se opuso a la iniciativa. Born renunció en junio de 1999 y en el año 2000 se le retiró a ese regulador todo poder sobre esos derivados y dejó a los “credit default swaps” fuera de cualquier régimen regulatorio.
Todas esas decisiones partían de la misma idea arriesgada e ingenua para muchos: que las propias contrapartes y actores del mercado vigilarían los riesgos que el Estado dejaba sin supervisar.
Durante casi dos décadas, los resultados parecieron darle la razón a Greenspan y desmeritar las alertas que había dado la prudente Born. Greenspan entendía que los bancos y las entidades financieras saben lo que hacen y cultivó una opacidad irónica, y bromeaba con que, si a la gente le resultaba demasiado claro lo que decía, era que habían entendido mal.
La autoridad del “Maestro” descansaba en la idea de que las instituciones, al obrar en su propio interés, cuidarían su capital y a sus accionistas mejor de lo que podría hacerlo un supervisor. Born por su parte, rechazaba la idea de que el mercado pudiera prescindir de supervisión, subrayando la necesidad de controlar el riesgo sistémico y proteger a los inversores.
La crisis financiera y los límites de la autorregulación
Cuando Greenspan dejó la Reserva en 2006, muchos lo habían proclamado el mejor banquero central de la historia. La crisis puso en entredicho ese prestigio y puso la reputación de “el Maestro” en juego.
En octubre de 2008, ante el comité del congreso que investigaba las causas de la crisis financiera, Greenspan reconoció que en parte se había equivocado en haber confiado demasiado en el interés propio de las instituciones financieras para proteger al sistema financiero. La vigilancia entre contrapartes, el pilar central que él había proclamado, había fallado, y con ese fallo se debilitó la estabilidad de los mercados.
Describió la situación como una falla en el modelo que percibía como la estructura crítica que define cómo funciona el mundo, y habló de un tsunami de impagos crediticios único en un siglo. Ante la Comisión de Investigación de la crisis financiera, dos años más tarde, admitió el colapso de la vigilancia privada entre contrapartes y agregó que el sistema regulatorio, el segundo baluarte que debió contener la caída, también había cedido bajo presión, admitiendo así que no fue lo suficientemente prudente.
El colapso de la concepción totalitaria de la autorregulación tuvo como consecuencia el nacimiento de regulaciones como la Dodd-Frank Act que restituyó la compensación centralizada, la divulgación y la transparencia obligatoria de los derivados. La reforma reconocía así que la autovigilancia o autorregulación entre contrapartes no operaba sin un marco externo que la sostuviera.
Pero la doctrina de la autorregulación no murió con su defensor más célebre. Sobrevive en segmentos más nuevos y menos visibles que la banca regulada, en las fintech y en el crédito privado, donde el marco de supervisión aún se está definiendo. Para sus partidarios, mantener esos terrenos al margen de la regulación es la condición de la innovación, el mismo argumento que en su día se invocó a favor de los instrumentos que en gran parte detonaron la crisis de 2008.
La tentación de la autorregulación total sigue vigente y tiende a fortalecerse con el tiempo a medida que se aleja la memoria del colapso causado en gran parte por las ideas de Greenspan de desregular radicalmente y “liberar” a los actores financieros.
Conviene recordar también quién fue escuchado y quién no. Brooksley Born, una mujer valiente y casi desconocida, advirtió años antes que algo no andaba bien y llamaba a la prudencia, pero quedó aislada en cuestión de meses. Greenspan, con su exuberancia y confianza, fue celebrado durante más de una década, hasta que los hechos de 2008 obligaron a revisar su obra. La advertencia que pedía prudencia tuvo menos audiencia y aplausos que la promesa que ofrecía desregulación, crecimiento inmediato y abundancia.
Referencias:
– Jonhson, Whitney, “Brooksley Born and the Power of an Opposing Idea”
Harvard Busines Review https://hbr.org/2010/01/brooksley-born-and-the-power-o
– Mallaby, Sebastian, The Man Who Knew: The Life and Times of Alan Greenspan, Penguin Books, New York, 2017.
– Transcripción de testimonio de A. Greenspan en el congreso americano, 23 Octubre 2008: https://oversightdemocrats.house.gov/imo/media/doc/migrated/20081023100438.pdf
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