Un país puede seguir siendo dueño de su oro y, aun así, decidir que ya no le conviene conservarlo en el mismo lugar. Esa decisión, aparentemente limitada a bóvedas y balances, abre una pregunta mucho más amplia: ¿qué significa hoy tener el dinero seguro? La respuesta incluye cuánto vale un activo, quién lo custodia, bajo qué reglas puede movilizarse y con qué rapidez puede convertirse en recursos utilizables durante una crisis.

Francia y los Países Bajos han reorganizado recientemente parte de sus reservas de oro. Ambos redujeron sus tenencias almacenadas en Nueva York, pero lo hicieron en momentos distintos y con explicaciones diferentes. Conviene entender esas diferencias antes de convertir sus decisiones en una historia sobre el abandono del dólar. Para la República Dominicana, la lección reside en cómo prepararse para escenarios en los que la seguridad financiera depende también del acceso.

Francia se adelantó. Según la presentación de resultados de la Banque de France del 24 de marzo de 2026, entre julio de 2025 y enero de 2026 sustituyó las 129 toneladas que todavía mantenía en Nueva York, aproximadamente el 5 % de su oro. Vendió esas existencias y adquirió en Europa lingotes ajustados a estándares modernos, que quedaron almacenados en París. La operación mantuvo intacto el volumen total francés, cercano a 2,437 toneladas.

La institución presentó esta sustitución como parte de un programa de modernización iniciado en 2005. Su gobernador aclaró que la decisión no obedecía a motivos políticos. Por tanto, atribuirla directamente a una ruptura de confianza con Washington iría más allá de la explicación oficial. Lo significativo es que una decisión técnica también modificó la localización de un activo estratégico: el oro restante en Nueva York fue reemplazado por existencias en París.

La operación neerlandesa tuvo otro énfasis. El 2 de septiembre de 2026, De Nederlandsche Bank informó que, entre marzo y agosto, había trasladado hacia Londres unas 86 toneladas de las reservas mantenidas en Estados Unidos y Canadá. Citó la creciente inestabilidad geopolítica, la preparación ante crisis y la necesidad de disponer de oro más fácilmente negociable. La reserva total permaneció en 612.4 toneladas.

Después del cambio, Londres concentra el 32.1 % del oro neerlandés, Zeist el 30.8 %, y Nueva York y Ottawa el 18.5 % cada una. Países Bajos conservó, por tanto, una parte importante en Estados Unidos y Canadá. Paradójicamente, el caso neerlandés no fue una repatriación del oro hacia territorio nacional. El resultado fue precisamente el contrario: Londres pasó a convertirse en el principal centro de custodia de las reservas neerlandesas. Más que acercar físicamente el oro al país, la operación buscó situar una mayor proporción de las reservas en el mercado donde pueden negociarse con mayor rapidez y profundidad.

Londres tiene aquí una función concreta. Mantener lingotes aceptados por un mercado internacional activo facilita su venta o utilización en operaciones financieras. Llevar todo el oro a una bóveda nacional puede aumentar el control físico, pero también generar dificultades para movilizarlo. La política neerlandesa ilustra una búsqueda de equilibrio entre control, diversificación y liquidez. La distancia geográfica importa menos que la capacidad efectiva de utilizar el activo cuando haga falta.

La seguridad tiene varias dimensiones

Un bono del Tesoro estadounidense es un compromiso de pago del Gobierno de Estados Unidos. El oro físico, cuando se posee directamente y sin gravámenes, no depende de la promesa de pago de un emisor. Esa diferencia ayuda a entender su atractivo como reserva. Sin embargo, el metal necesita custodia, tiene costos de almacenamiento, puede fluctuar considerablemente de precio y requiere una operación de mercado para convertirse en una moneda con la que pagar.

Un trabajo publicado por el FMI en julio de 2026, Gold in Central Bank Reserves, advierte precisamente sobre esos límites. Reconoce que el oro puede contribuir a la resiliencia del balance, pero subraya su volatilidad y sus beneficios condicionados de diversificación. También señala que resulta poco adecuado para la parte de las reservas destinada a necesidades inmediatas de liquidez. Desde esta perspectiva, la cuestión no es únicamente cuántas reservas posee un país, sino cuántas puede movilizar de forma efectiva durante una crisis. El valor contable y la disponibilidad práctica no siempre coinciden.

Esto obliga a distinguir varios riesgos. Uno es perder valor; otro, que un deudor no pague. También existen riesgos de custodia, obstáculos jurídicos, problemas operativos y demoras para ejecutar una transacción. Un activo puede tener un valor elevado y resultar difícil de utilizar en el momento preciso. La pregunta para un administrador de reservas debe incluir qué recursos estarán disponibles, en qué moneda y bajo qué condiciones, durante situaciones adversas.

El oro y los valores son decisiones diferentes

La discusión se amplía cuando aparecen las inversiones neerlandesas en Estados Unidos. DNB publicó el 31 de marzo de 2026 que, durante 2025, los fondos de pensiones vendieron en términos netos 30,000 millones de euros en valores estadounidenses: 18,000 millones en bonos soberanos y corporativos y 12,000 millones en acciones. Al mismo tiempo, adquirieron 27,000 millones en deuda europea. Son cifras de 2025 difundidas en 2026, una precisión necesaria.

Esas decisiones corresponden a fondos de pensiones, con obligaciones y objetivos distintos de los de un banco central. DNB explicó que parte de las ventas de acciones respondía al reequilibrio de las carteras tras las subidas bursátiles. No sería riguroso presentar todas esas operaciones como una retirada coordinada de Estados Unidos. Sí permiten formular una reflexión: incluso los destinos financieros tradicionales requieren revisar concentración, exposición cambiaria y correspondencia entre inversiones y obligaciones futuras.

La interpretación razonable de estos movimientos es que la seguridad exige una evaluación más completa. Las explicaciones técnicas y las consideraciones geopolíticas pueden coexistir, aunque su peso varíe entre instituciones. Francia priorizó la modernización; Países Bajos mencionó expresamente la preparación ante crisis. Para analizar ambos casos debemos respetar lo que sabemos y separar esos hechos de las conclusiones que deseamos extraer.

Qué significa para la República Dominicana

Nuestro país participa en esta discusión desde una posición diferente. Según el BCRD, las reservas internacionales brutas alcanzaron 15,239.9 millones de dólares al cierre de septiembre de 2026, equivalentes al 10.5 % del PIB y a 5.4 meses de importaciones. Constituyen un respaldo relevante frente a perturbaciones externas. Pero el monto agregado, aunque necesario, no describe por sí solo todos los aspectos de seguridad, liquidez y acceso que plantea la experiencia europea.

Además, la República Dominicana enfrenta circunstancias distintas a las de grandes economías europeas. Como economía pequeña y abierta, con una elevada dependencia del turismo, las remesas, las importaciones energéticas y el acceso a financiamiento internacional, sus necesidades de liquidez y gestión de reservas responden a prioridades diferentes.

Tampoco debemos confundir el oro extraído en territorio dominicano con el oro monetario del Banco Central. La producción minera y sus exportaciones pueden generar divisas e ingresos fiscales; no se incorporan automáticamente a las reservas como lingotes propiedad de la autoridad monetaria. Convertir producción nacional en reservas exige decisiones de adquisición, valoración, calidad y custodia. Que un país produzca oro no determina cuánto debería mantener en su balance monetario.

La composición de las reservas debe responder a las necesidades concretas de la economía. En nuestro caso, corresponde considerar las monedas en que se realizan pagos externos, se atienden obligaciones y se demandan divisas durante episodios de tensión. Diversificar puede reducir determinadas concentraciones, pero también introducir desajustes si los activos disponibles no coinciden con las necesidades. Una estrategia útil debe justificar cada exposición y cada cobertura, evitando decisiones guiadas únicamente por titulares internacionales.

La experiencia neerlandesa invita a revisar periódicamente custodios, jurisdicciones, intermediarios y procedimientos. Las pruebas de estrés deberían contemplar caídas del turismo, menores remesas y aumentos de la factura energética, junto con escenarios operativos: ¿qué ocurre si un custodio queda temporalmente inaccesible o un canal de liquidación se interrumpe? Importa comprobar los plazos reales de movilización de activos y la existencia de alternativas que puedan activarse sin improvisación.

Para las empresas y los intermediarios financieros existe una enseñanza comparable, aunque sus balances no sean reservas nacionales. Revisar la concentración en bancos corresponsales, proveedores de pagos y fuentes de financiamiento permite identificar dependencias que una cifra total puede ocultar. Un consejo de administración debería conocer qué operaciones esenciales podrían continuar si un proveedor fallara y cuánto costaría activar una alternativa. Esa discusión pertenece a la estrategia y al gobierno de riesgos.

Prepararse también tiene un costo que debe evaluarse. Mantener alternativas puede reducir rentabilidad o exigir recursos adicionales, mientras concentrar operaciones suele resultar más barato en condiciones normales. El desafío consiste en determinar qué ahorro compensa qué vulnerabilidad. La decisión requiere escenarios, límites y responsabilidades explícitas. De lo contrario, una aparente eficiencia puede terminar convirtiéndose en una dependencia difícil de corregir precisamente cuando las condiciones empeoran.

También conviene distinguir disponibilidad inmediata y protección de largo plazo. Los recursos necesarios para afrontar pagos próximos requieren alta liquidez; otros activos pueden cumplir funciones de diversificación dentro de límites de riesgo definidos. Esa arquitectura debe ser responsabilidad técnica del Banco Central, con controles independientes, auditoría y rendición de cuentas. La comunicación pública puede explicar objetivos y criterios de gestión sin revelar detalles operativos que comprometan la seguridad.

Francia y los Países Bajos muestran que administrar reservas implica tomar decisiones sobre ubicación, calidad, acceso y capacidad de reacción. Sus experiencias ofrecen preguntas útiles, aunque sus soluciones no sean trasladables automáticamente a una economía caribeña.

Para la República Dominicana, la tarea consiste en asegurar que el respaldo acumulado pueda cumplir su función incluso bajo condiciones difíciles. No se trata únicamente de acumular activos, sino de garantizar que puedan transformarse en liquidez útil cuando las circunstancias lo exijan. Porque la verdadera prueba de una reserva llega cuando necesitamos utilizarla: ¿estará disponible, en la forma adecuada y a tiempo?

Armand Toonen

Director Ejecutivo del Holland House Caribbean. Consejero Independiente

Armand Toonen, PDEng MSc CPIM MBA, es actualmente Director Ejecutivo del Holland House Caribbean, Consejero Independiente e inversionista. Armand tiene treinta años de experiencia en multinacionales de clase mundial que operan en servicios financieros, telecomunicaciones y alta tecnología en Europa, América y Asia. En la Republica Dominicana trabajo como Vicepresidente en Orange, AGL, Banco Santa Cruz y Altice. Historial comprobado como CEO, CCO, CMO, COO, CSO y consultor. Experiencia en “growth hacking” mediante redefinición de estrategias, transformación (digital), fusiones y adquisiciones y creación de equipos de alto rendimiento. Armand tiene un doctorado y varias maestrías en administración de empresas, ingeniería industrial y logística. Se preparó entre otros en Harvard Business School y Hemingway para el rol de consejero. Ex miembro del Programa de Liderazgo Global de Vodafone.

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