Hay preguntas que parecen simples, pero cargan siglos sobre los hombros.

Una de ellas regresa siempre, como eco inevitable: ¿quién fue el primer Garrido que echó raíces permanentes en suelo dominicano?

Pronunciar un apellido es convocar un pasado. Pero el pasado no siempre responde. A veces guarda silencio, se repliega, se protege detrás de páginas rotas, incendios, migraciones, olvidos.

La genealogía —cuando se practica con honestidad intelectual— no es solo la ciencia de lo que encontramos. Es, sobre todo, la conciencia de lo que falta.

El fundador que pudo perderse

Imaginemos el linaje como un río.

Lo vemos ancho frente a nosotros; sabemos que proviene de algún punto remoto. Sin embargo, al intentar remontarlo aparecen bifurcaciones, tramos subterráneos, evaporaciones de memoria.

Los archivos del Caribe colonial no fueron creados para satisfacer nuestras inquietudes del siglo XXI. Eran instrumentos fiscales, jurídicos, administrativos. Registraban tributos, pleitos, propiedades. La vida íntima —los matrimonios humildes, los hijos nacidos lejos de las ciudades, los afectos cotidianos— muchas veces quedó fuera de la tinta.

Por eso un apellido puede repetirse durante generaciones sin que sepamos con precisión quién lo sembró primero.

Cuando la historia estaba en movimiento

El Caribe temprano no conocía quietud.

Era un territorio de idas y vueltas. De Santo Domingo a Puerto Rico. De allí a Cuba. Luego a Tierra Firme o a México. Algunos regresaban; otros desaparecían del radar documental.

Juan Garrido encarna esa movilidad extraordinaria. Estuvo en La Española, pasó por otras islas y terminó en México, donde la tradición le atribuye la primera siembra de trigo del continente.

¿Pudo dejar descendencia aquí? Es posible.

¿Podemos afirmarlo con prueba definitiva? Aún no.

Y reconocer ese límite no es derrota. Es respeto por el método.

Los enemigos del papel

Luego están las pérdidas materiales: huracanes, incendios, guerras, humedad, abandono.

Cada folio que hoy consultamos es un sobreviviente. Un náufrago rescatado del océano del tiempo.

Por cada partida preservada, decenas desaparecieron.

La genealogía caribeña se parece, a menudo, a reconstruir una catedral con piedras dispersas.

Las trampas del nombre

A ello se suma la variabilidad gráfica. Un escribano anotaba: Garrido. Otro escribía Garido. Un tercero añadía una “s”.

La ortografía era más sonido que norma.

Así, ramas que hoy creemos distintas pudieron ser una sola, y familias que imaginamos unidas quizá tuvieron orígenes múltiples.

El giro de nuestra época

Pero vivimos una hora extraordinaria.

Por primera vez, millones de documentos se digitalizan. Lo que antes exigía cruzar el Atlántico ahora cabe en una pantalla. Los catálogos crecen, los índices se refinan, la cooperación internacional conecta hallazgos dispersos.

La genética también entra en escena. El ADN abre diálogos donde el papel calla. Tiende puentes entre continentes, confirma parentescos improbables, desmonta mitos cómodos.

No garantiza certezas absolutas.

Pero amplía el horizonte de lo posible.

Estamos en la frontera entre la memoria heredada y la reconstrucción científica.

Lo que realmente buscamos

Tal vez nunca encontremos un acta definitiva que diga: aquí comenzó la línea continua.

Quizá el manantial fue tragado por la tierra.

Pero jamás habíamos estado tan cerca de aproximarnos a él.

Porque hoy entendemos algo esencial: investigar un apellido es investigar también la nación. Los vacíos de nuestra familia reflejan los vacíos de la historia dominicana. La fragmentación del archivo es espejo de la complejidad de nuestro origen mestizo, migrante, plural.

Ningún linaje antiguo de la isla escapa a este destino.

La ética del investigador

Por eso el camino exige una promesa.

No inventar donde el documento calla.

No convertir el deseo en evidencia.

No fabricar nobleza donde hubo humanidad común.

La verdad histórica no necesita adornos. Necesita paciencia.

El conquistador que se quedó

Existe una figura que rara vez protagoniza los grandes relatos, pero que tal vez explique más que cualquier héroe: el hombre que decidió no volver.

Los registros tempranos están llenos de nombres que pasan. El movimiento era la norma; la permanencia, la excepción.

Pero alguien tuvo que quedarse.

Alguien aceptó la tierra como destino y no como escala. Sembró, contrajo deudas, levantó casa, mezcló su sangre, aprendió los ritmos del clima, enterró a sus muertos aquí. En ese acto silencioso comienza verdaderamente una familia.

Ese hombre pudo no haber dejado más monumento que su continuidad biológica.

Tal vez el primer Garrido dominicano no fue célebre.

Tal vez fue necesario.

Pero aquí el historiador detiene la imaginación. Sin documentos, la escena es posibilidad, nunca afirmación.

Y aun así, la hipótesis nos transforma: el inicio pudo haberse producido lejos de los focos del archivo, en la vida ordinaria.

Si fue así, no lo perdimos por descuido.

Lo perdimos porque su tiempo; no sabía que algún día intentaríamos hallarlo.

El Garrido invisible

Hay vidas que sostienen el edificio del tiempo sin aparecer en la fachada.

La mayoría transitó por márgenes donde el escribano rara vez miraba. Y si nuestro linaje tomó forma allí, su rastro no se extravió: simplemente nunca fue prioridad para la memoria oficial.

Desde hoy, ese silencio parece injusto.

Para su época, era normal.

El investigador moderno aprende entonces a leer ausencias. Padrinazgos aislados. Testigos ocasionales. Nombres incompletos.

Fragmentos.

Sombras que afirman presencia sin revelar todavía el rostro.

Si nuestro ancestro pertenece a esa multitud sin monumentos, la búsqueda adquiere otra dignidad: perseguimos la verdad de la gente común que levantó el país con trabajo anónimo.

La ausencia deja de ser fracaso.

Se vuelve testimonio social.

El puente entre archivo y genética

Durante siglos trabajamos con papel. Cuando callaba, creíamos haber llegado al límite.

Hoy otra memoria responde.

El ADN funciona como una segunda biblioteca. No reemplaza al archivo, pero lo desafía. Donde la escritura discriminaba, la biología registra.

Surgen proximidades improbables. Ramas separadas por océanos descubren afinidades. Apellidos autónomos revelan entrelazamientos.

Pero la genética no ofrece nombres ni fechas. Entrega compatibilidades que el historiador debe traducir.

Abre puertas; no escribe biografías.

La ciencia, así, no humilla la tradición familiar.

La purifica.

El río ya no se explora solo hacia atrás.

También fluye dentro de nosotros.

El manantial como proceso

Después de tanto buscar, una sospecha madura.

¿Y si el fundador no fue una persona, sino una continuidad de permanencias?

Quedarse. Trabajar. Unirse. Tener hijos. Resistir.

Una y otra vez.

Cada mestizaje fue un nuevo comienzo.

Cada alianza, una refundación.

Nuestra fuerza no proviene de la homogeneidad.

Proviene de la convergencia.

Si somos fruto de múltiples aportes —algunos visibles, otros borrados—, la tarea no es erigir pedestales, sino custodiar la memoria con honestidad.

El verdadero fundador quizá no tenga rostro.

Pero tiene herederos.

Somos nosotros.

El manantial no solo está detrás.

También está al frente.

Buscar, con rigor y humildad, es ya una forma de pertenecer.

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