El año 2025 fue un gran encuentro con mis fibras afectivas desde la pérdida, el duelo y los aprendizajes de la vida.

En ese lapso de tiempo de 365 días fallecieron dos grandes amigas, Lucila Ramón (que murió el 7 de abril en la tragedia de Jet Set junto a su hija Isaura) y el domingo 28 de diciembre Josefina Barceló quien padecía del síndrome de Parkinson que afectó su movilidad durante varios meses y terminó con su fallecimiento.

Junto a la muerte de Lucila y Josefina estuvieron también las partidas de dos fieles amigos, mis gatos, Coco y Camren, quienes con su silenciosa presencia abrigaban de ternura mi cotidianidad

Tanto Lucila como Josefina fueron almas maestras; su sabiduría ancestral y espiritual se convirtieron en herramientas de introspección y de relación con la naturaleza y la alegría.

Josefina Barceló era una gran artista plástica. Sus cuadros reflejan su gran sensibilidad en la mirada a la dura vida de las mujeres campesinas y de la niñez empobrecida con rostros en los que se refleja la carencia, el abandono y la falta de oportunidades de nuestra gente en la zona rural. Ella vivió junto a su esposo Ramón Arbona gran parte de su vida en distintas comunidades rurales contribuyendo a procesos organizativos, cooperativos y de empoderamiento de mujeres y hombres del campo.

Josefina como maestra de artes plásticas en escuelas y comunidades favoreció desde distintos centros educativos a que la población infantil y adolescente integrara expresiones creativas y artísticas desde su contexto social. En la articulación de arte, educación y realidad social se le sumó la terapia y el reiki desde la autosanación y la sanación interactiva.

Ambas amigas, Lucila y Josefina, representan para mí la conjugación de la sabiduría y la humildad desde el compromiso con la vida y el bienestar integral de las personas, favoreciendo su empoderamiento.

La experiencia vivida con ambas amigas me hace reflexionar sobre el peso que tiene la amistad como relación revestida de amor incondicional que fluye sin apegos ni compromisos. La conexión que fluye desde lo vivido y compartido favorece la construcción de un gran sostén afectivo en el que la sinceridad, la transparencia y la espontaneidad son sus pilares. Lo que coincide plenamente con lo que plantea Cuco Giner (1995) sobre la amistad:

“La amistad se presenta como una constante universal que, como el amor, no tiene más razón ni más historia que el individuo. Esta relación singular se despliega en el terreno de la afectividad y pertenece al ámbito de la intimidad, del desarrollo personal y de la libertad voluntaria individual, compromete a dos personas que se han elegido libremente sin más objetos que ellas mismas”. (Cuco Giner 1995:19).

Este artículo fue publicado originalmente en el periódico HOY

Tahira Vargas García

Antropóloga social

Doctorado en Antropología Social y Profesora Especializada en Educación Musical. Investigadora en estudios etnográficos y cualitativos en temas como: pobreza- marginación social, movimientos sociales, género, violencia, migración, juventud y parentesco. Ha realizado un total de 66 estudios y evaluaciones en diversos temas en República Dominicana, Africa, México y Cuba.

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