Debo empezar diciendo que hablar de la calidad de la educación preuniversitaria de la República Dominicana, y esto se puede comprobar, produce una profunda pena.
Esto se debe al hecho de que nuestra educación no haya logrado el propósito anhelado por la sociedad dominicana de transformar el sistema educativo, a fin de lograr la calidad de la enseñanza existente para nuestros estudiantes.
Lo primero que debemos pensar es lo que significa el hecho de que el país le otorgue o asigne el 4% del Producto Interno Bruto (PIB) a la educación dominicana, sin que consiga el objetivo central de dicha inversión.
Lo lamentable es que hemos gastado una enorme cantidad de miles de millones de pesos, sin que ésta haya logrado alcanzar los fines o propósitos que motivaron tal asignación presupuestaria, reclamada por la nación y exigido mediante la movilización del pueblo en las calles defendiendo lo que creyó como un justo reclamo de la nación.
¿Ganancia o pérdida? Así como titulamos un artículo hace varios años publicado en este mismo medio.
¿Es posible que el pueblo y el Estado puedan recuperar ese dinero asignado fijo anualmente, distribuido y gastado inútilmente en menesteres que no funcionan ni impactan en beneficio del propósito central esperado y soñado por toda la nación?
La fiebre no está en la sábana de los despachos de los sucesivos ministros y técnicos, a veces impotentes y acosados injustamente, sino en el sistema y los males estructurales en los que navega el modelo educativo del país. Más los intereses de todo tipo que afectan cualquier decisión administrativa capaz, saludable, con visión crítica y transformadora sobre el sistema.
El Estado está en el deber patriótico de intervenir en un asunto fundamental para la nación dominicana como es la calidad de la educación y la cantidad de la inversión pública en un proyecto que ha fracasado, sin que se le explique a la nación cuáles serán las medidas para abordar la erogación del 4% del PIB sin resultado alguno. Peor aún, destinado a fines distantes del interés nacional.
Es cierto que la Prueba PISA recolecta una muestra de casi cien países, mostrándonos, con ello, la epidermis de un mapa incapaz de darnos una radiografía, desde la piel hasta la médula, de la complejidad y comportamiento del sistema educativo dominicano.
En este sentido, la Prueba PISA levanta una polvareda que llena las nubes y nos preocupa a todos, dándonos informaciones epidérmicas que no nos sirven casi para nada. No podemos con esas informaciones, no representativas, diseñar, formular, ejecutar y desarrollar un proyecto transformador para que el país pueda resolver la esperada calidad de la educación dominicana, tan anhelada por todos los dominicanos de buena voluntad.
El país cuenta con empresas dedicadas a la investigación socioeconómica, educativa y cultural, y de igual manera, tenemos los profesionales expertos en realizar investigaciones que trabajan para organismos internacionales para construir indicadores que se utilizan en proyectos de desarrollo dentro y fuera del país.
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