Era la madrugada del 17 de enero de 1991. El mundo estaba expectante ante las pantallas de los televisores, enajenado, celebrando los cañonazos de los tanques y las piruetas de los misiles en el cielo de Bagdad como si fueran estrellas fugaces. Celebraba la destrucción y la masacre como si se tratara de un film de ficción.
Aún estaba yo en el periódico matutino estándar El Siglo (3-4-1989), la moda del momento por la novedad informática, los impresionantes colores, la calidad de su papel y sus contenidos. La sección de internacionales, atenta para la cobertura; la dirección, siguiendo por minuto para la primera página.
Estados Unidos presidida por George Bush y una coalición de países aliados autorizados por la ONU habían puesto en marcha en suelo iraquí su mortal “Operación tormenta del desierto” con la falacia de armas de destrucción masiva y la excusa de recuperar a Kwait invadida el 2 de agosto de 1990 por la Irak de Sadam Hussein para cobrar deudas viejas.
La guerra del Golfo o segunda guerra del golfo Pérsico sembró a Kwait e Irak de muertes civiles y militares, dejó la destrucción de patrimonios arquitectónicos milenarios, logró la eliminación de Hussein y ahondó la desestabilización en la zona.
El mundo “disfrutó” minuto a minuto, durante 43 días de horrores, la primera guerra televisada. “Fue todo un alarde de periodismo y servicio público con información ágil y puntual y la traducción simultánea del canal estadounidense CNN, que se convirtió en la televisión ‘oficial’ de la guerra. Era la primera guerra televisada de la historia y Telemadrid recibió innumerables re conocimientos por su labor”.
Desde entonces, es rutina la televisación o hipermediatización de la destrucción de países y las muertes de adultos, jóvenes y niños, a menudo acríticamente, a ritmo del sórdido coro de lucha por la democracia como manto de ocultamiento del objetivo mayor: expansión de territorios y dominio de los recursos naturales, sobre todo petróleo y tierras raras.
“Misiles nucleares aparte” -ha escrito Tim Marshall en Prisioneros de la Geografía, pag. 34- “las armas más poderosas de Rusia en estos momentos, no son su ejército ni su fuerza aérea, sino el gas y el petróleo”.
Con el rediseño o readecuación de su vieja doctrina Monroe, proclamada en 1823 por el presidente James Monroe bajo el lema “América para los americanos”, Estados Unidos, en su pugna con China y Rusia, a cualquiera que sea el costo, interviene países en el espectro de sus intereses.
Ejemplos: el secuestro del presidente de Venezuela Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, la madrugada del 3 enero de 2026, mientras dormían, y el asesinato de 32 cubanos militares y de inteligencia que integraban la seguridad; el adelanto amenazante del presidente Donald Trump de que harían lo mismo con Cuba y, en operación conjunta con Isarael, el bombardeo contra Irán y el asesinato, el 28 de febrero, del líder supremo de Irán, el Ayatola Ali Jameini, de 86 años, y su cúpula militar.
Resultado: zozobra internacional, bloqueo del estrecho de Ormuz por donde pasan 28 millones de barriles de petróleo cada día (quinta parte del consumo mundial), e inflación generalizada en el mundo. Un costo que, al decir del presidente Trump, es insignificante y hay que asumirlo en aras de la “seguridad y la democracia”.
La causa de gran parte del dolor: el estrecho de Ormuz —por el que pasa una quinta parte del petróleo mundial— quedó prácticamente cerrado después de que Estados Unidos e Israel lanzaran ataques con misiles el 28 de febrero que mataron al líder iraní, el ayatolá Alí Jamenei.
“Durante mucho tiempo, el escenario de pesadilla que disuadía a Estados Unidos, incluso de pensar en un ataque contra Irán, y que los llevaba a pedir moderación a Israel era que los iraníes cerrarían el estrecho de Ormuz. Ahora estamos en el escenario de pesadilla”, explicó Maurice Obstfeld, investigador principal del Peterson Institute for International Economics y ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional.
Desde los ataques a Kwait e Irak, para los fines del poder, los medios de comunicación son más determinantes. Vitales en su matriz de justificación para persuadir y disuadir al tinglado de actores directos e indirectos en las guerras.
Y República Dominicana no es excepción. Basta un escaneo relámpago por el ecosistema mediático.
En general, por estas tierras postulan de manera sostenida, día tras día, por la pertinencia de las acciones del imperio estadounidense y celebran la posición del gobierno nuestro, que ha apoyado sin condiciones, sin reparar siquiera en que el país violentado sea latinoamericano (Venezuela) o el par caribeño Cuba, por cinco décadas bloqueado económicamente. Sin advertir el derecho que tiene la sociedad a ser informada a tiempo con veracidad, porque la mentira la enajena.
Discursean sin volver la vista atrás, al pasado nuestro con dos intervenciones estadounidenses (1916-1924 y en 1965), la última para derrocar al presidente constitucional profesor Juan Bosch con el pretexto de que era comunista y en el Caribe no podían permitir otra Cuba.
Sin reparar siquiera en los muertos y heridos nuestros; mucho menos en secuelas como retrasos en el desarrollo, inseguridad y la desgracia de las drogas que, hasta ese momento, desconocíamos y hoy nos carcomen.
Sin reflexionar en el aleccionador “Y vinieron por mí…”, del pastor luterano alemán Martin Niemoler (1892-1984), cuando de manera recurrente se quejaba de la indiferencia colectiva frente a las matanzas de Hitler. Sin pensar siquiera en el adagio muy socorrido en los campos dominicanos: “Cuando veas la barba de tu vecino arde, pon la tuya en remojo”.
Irán dista 11,784 kilómetros (7, 324 millas) de Santo Domingo; sin embargo, sin la sociedad dominicana ser culpable, ya comienza a sufrir los rafagazos económicas de misiles y drones de última generación presentados como espectáculo televisual y celebrados por muchos opinantes mediáticos, pese a que esas sofisticadas armas de la muerte no han distinguido entre escuelas con cientos de niños y niñas en clases y objetivos militares.
Se ha querido olvidar que el mundo es uno. Un sistema. Y ahora, ante la incertidumbre que atrapa, se pide comprensión. (El autor es amante de la paz y la autodeterminación de los pueblos, como muchos estadounidenses, chinos, rusos, franceses, ingleses, alemanes, canadienses, japoneses).
Compartir esta nota