La cultura tiene tareas pendientes que son urgentes para la humanidad, pero en la República Dominicana, esa tarea tiene un nombre que despierta antiguos temores y prejuicios: el Gagá. La reciente prohibición de esta festividad en los bateyes y zonas de ascendencia africana durante la Semana Santa no es un asunto de orden público; es el síntoma de una patología social profunda que nos urge diagnosticar.
La herencia del látigo y el control de la voluntad
La visión esclavista no murió con la abolición; se transmutó en una estructura mental que busca, por encima de todo, el control sobre el movimiento, la voluntad y la agenda del otro. Aunque nuestras leyes presuman de conquistas democráticas, en la práctica sobrevive un trauma que afecta al conjunto de la sociedad.
Muchos sectores, convencidos de poseer la única "razón" válida, se sienten con el derecho de censurar y coaccionar lo que no comprenden. Al prohibir el Gagá, el Estado no está organizando el tránsito; está ejerciendo una tutela colonial sobre cuerpos y almas que tienen el derecho constitucional (Art. 64) de expresar su identidad.
Una sociedad en conflicto con sus padres
Estamos ante una categoría patológica: una nación que se niega a sí misma por un conflicto no resuelto con sus orígenes. Existe un grupo que siente vergüenza de su raíz y, ante la falta de herramientas para asumir ese valor, opta por un voto de indiferencia frente al atropello.
El drama alcanza su punto más crítico en la figura del policía —muchas veces de piel oscura y origen humilde— que levanta la macana contra el tambor. Ese agente obedece una orden que no ha tenido tiempo de pensar, un "antiguo error" que lo obliga a ir en contra de su propia sangre. Es el hijo golpeando la memoria de la madre por orden de un sistema que aún no ha sanado.
La reconciliación en la sangre: un testimonio personal
Este análisis no nace de la fría teoría, sino de la biología que me habita. Por mi madre, soy de origen africano; por mi padre, de origen español. Un análisis de mi ADN mitocondrial confirma, además, un 19 % de sangre indígena. En mi propio cuerpo, esos grupos que hoy parecen en pugna ya se han reconciliado.
Si mis ancestros han aprendido a convivir en mis células, ¿por qué no podemos nosotros hacerlo en nuestras calles? El Gagá, al igual que las procesiones que conmemoran el sacrificio de Jesús, son formas de celebración legítimas, herencias que nos pertenecen a todos. Ambas deben ser permitidas y, más aún, patrocinadas por el Estado, pues son las venas por donde corre nuestra forma de ser dominicanos.
Hacia una luz creciente
Solo en el sabio reconocimiento del lugar de donde venimos está la celebración de una vida llamada a dar el mejor ejemplo. Este artículo es la mirada de un mulato de la isla que busca ser una luz creciente en la solución de este conflicto.
No buscamos tener la razón para imponerla, sino para compartirla y, finalmente, poder celebrar nuestra identidad por todo lo alto, sin miedos, sin prohibiciones y con el orgullo pleno de saber quiénes somos.
Nota de autor: La libertad no es un permiso que el Estado otorga, es una condición que el ciudadano ejerce al reconocer su propia historia.
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