Hay un dios que recorre el mundo sin templos ni fronteras. No tiene rostro, pero parece conocer nuestros gustos, anticipar nuestras necesidades y orientar nuestras decisiones. Nos acompaña en el bolsillo, aparece en las pantallas y participa, silenciosamente, en la manera en que interpretamos la realidad. Es el Dios algoritmo.

En el capítulo «Del templo al algoritmo: espiritualidad en territorios nómadas», de mi libro Construcción Social del Territorio, utilizo esta metáfora para examinar cómo los sistemas digitales adquieren una autoridad invisible sobre la vida cotidiana. No se trata de afirmar que la tecnología sustituye literalmente a Dios, sino de comprender cómo ciertas funciones de orientación, consulta y autoridad se desplazan hacia las plataformas digitales.

Del templo al algoritmo

La pantalla se convierte en un espacio de búsqueda de respuestas; las notificaciones, en una especie de liturgia cotidiana, y las recomendaciones, en orientaciones que organizan nuestros hábitos. Consultamos el teléfono para informarnos, relacionarnos, comprar y decidir. Poco a poco, el algoritmo participa en la selección de aquello que vemos, escuchamos y consideramos importante.

Su poder no reside en imponer órdenes, sino en organizar la información: destaca ciertas opciones y oculta otras. De este modo, una herramienta tecnológica puede transformarse en una autoridad que influye en nuestras decisiones sin que siempre lo advirtamos.

Las confesiones ante la inteligencia artificial

El fenómeno adquiere una dimensión más profunda cuando trasladamos nuestros tormentos al espacio digital. Cada vez más personas recurren a la inteligencia artificial para compartir inquietudes personales, consultar problemas laborales, expresar frustraciones o buscar orientación emocional.

El confesionario adquiere entonces una nueva expresión. El usuario expone sus dudas y espera una respuesta que le ayude a comprender su situación. Sin embargo, la inteligencia artificial responde a partir de patrones, datos e instrucciones; no posee una conciencia moral ni una sabiduría infalible. Sus respuestas también pueden contener errores y sesgos.

Hay aquí una paradoja: el individuo confiesa sus inquietudes a un sistema que responde según patrones construidos, en parte, a partir de la información que él mismo proporciona. El riesgo aparece cuando esa respuesta se acepta como verdad incuestionable y se delega en la máquina la capacidad de juzgar, decidir y asumir responsabilidades.

Una autoridad territorialmente invisible

El Dios algoritmo es territorialmente invisible, pero sus efectos se manifiestan en todas partes. Recorre ciudades y comunidades rurales, atraviesa fronteras y modifica las relaciones entre las personas. La tecnología transforma las formas de comunicación, crea nuevas centralidades digitales y reorganiza actividades económicas y sociales.

Desde la perspectiva de la construcción social del territorio, este proceso resulta fundamental. El territorio no es solamente un espacio físico; también es el resultado de relaciones sociales, identidades, intereses y estructuras de poder. Cuando los algoritmos condicionan la circulación de información, la visibilidad de determinados actores y las decisiones de las personas, también intervienen en la producción social del territorio.

Pero esa transformación no beneficia a todos por igual. Las brechas de conectividad, las diferencias en las competencias digitales y la concentración del control tecnológico pueden reproducir desigualdades y generar nuevas formas de exclusión. La conectividad global no garantiza, por sí sola, una ciudadanía más autónoma ni territorios más justos.

La fe en el dato y la pérdida del juicio propio

La metáfora del Dios algoritmo también cuestiona el creciente poder atribuido a los datos y a los cálculos. La capacidad de predecir comportamientos puede producir la ilusión de omnisciencia: creemos que el sistema nos conoce porque anticipa nuestros gustos o recomienda aquello que despierta nuestro interés. Sin embargo, predecir una conducta no equivale a comprender plenamente a una persona.

Los algoritmos tampoco son neutrales por definición. Responden a decisiones de diseño, objetivos e intereses que deben someterse al escrutinio social. Por eso, el desafío no consiste en rechazar la tecnología, sino en evitar que su autoridad desplace el pensamiento crítico, la autonomía individual y la responsabilidad colectiva.

El Dios algoritmo es una metáfora para comprender una nueva forma de poder: aquella que no siempre gobierna mediante órdenes explícitas, sino organizando nuestra atención, condicionando nuestras opciones y anticipando nuestras decisiones.

La pregunta que plantea Construcción Social del Territorio sigue siendo esencial: ¿utilizamos los algoritmos como herramientas o permitimos que organicen nuestra vida y condicionen nuestro pensamiento?

El verdadero peligro no es que las máquinas se conviertan en dioses, sino que los seres humanos renunciemos a cuestionar el poder que hemos creado.

Domingo Matías

Municipalista

Sociólogo con más de 25 años al análisis de la institucionalidad municipal y a la investigación socio-política. Experto en temas de desarrollo local y reforma de la Administración Pública. Se desempeña como consultor para organismos nacionales e internacionales. Ha escrito varios libros enfocados en la descentralización del Estado y la participación democrática. Es uno de los sociólogos dominicanos más dedicado a la cuestión municipal.

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