Hace unos días mi esposa me comentó que necesitaba realizarse unos estudios médicos que le habían indicado hacía algún tiempo.

No era falta de interés. Tampoco desconocimiento. Sabía que debía hacerlo. Tenía la orden médica y comprendía la importancia del procedimiento. Sin embargo, como ocurre con frecuencia, siempre aparecía algo que parecía más urgente: el trabajo, la familia, algún compromiso pendiente o simplemente la sensación de que podía esperar un poco más.

Mientras conversábamos, le pregunté cuándo pensaba hacerlo. Su respuesta fue sencilla: «Después». No parecía una mala respuesta. Después de todo, todos hemos dicho algo parecido alguna vez. Y fue precisamente esa palabra la que me hizo pensar. No porque mi esposa estuviera haciendo algo extraordinario, sino porque estaba reaccionando de la misma manera en que reaccionamos muchos de nosotros frente a asuntos importantes. No rechazamos aquello que sabemos que debemos hacer. Tampoco lo descartamos por completo. Simplemente lo trasladamos hacia un futuro que suponemos disponible.

Porque muchas de las cosas importantes de la vida no se abandonan de manera abierta. Pocas personas deciden conscientemente descuidar su salud, deteriorar una relación o desaprovechar una oportunidad. Lo que suele ocurrir es algo mucho más silencioso: se posponen. Y esa diferencia es más importante de lo que parece.

Existe una distancia enorme entre decir «no lo haré» y decir «lo haré más adelante». La primera expresión representa una decisión visible. La segunda suele presentarse como prudencia, organización o simple sentido común. Y, aun así, en muchas ocasiones termina produciendo exactamente el mismo resultado. La realidad es que una gran cantidad de problemas no nacen de decisiones equivocadas. Nacen de decisiones aplazadas.

Lo vemos en muchos casos, aunque no siempre lo reconocemos.

Hay personas que saben que deben cambiar ciertos hábitos, pero esperan al próximo mes. Otras entienden que necesitan aprender algo nuevo, pero consideran que todavía no es el momento adecuado. Algunas relaciones muestran señales de desgaste desde hace años; sin embargo, nadie se atreve a iniciar la conversación necesaria. Incluso en las organizaciones ocurre lo mismo. Se identifican problemas, se elaboran informes, se realizan reuniones y se reconocen las dificultades, pero la acción concreta continúa desplazándose hacia una fecha futura que nunca termina de llegar.

Lo curioso es que la mayoría de estas situaciones no comienzan con un acto de negligencia deliberada. Comienzan con algo aparentemente razonable: esperar un poco más. Esperar a tener más tiempo, esperar a disponer de más recursos, esperar a sentirse mejor preparado, esperar a que las circunstancias mejoren o esperar a que alguien más tome la iniciativa. Casi siempre encontramos una explicación lógica para aplazar aquello que sabemos que debemos hacer. El problema es que, mientras esperamos, algo sigue avanzando silenciosamente: el tiempo.

El tiempo no se detiene para acomodarse a nuestros planes. Continúa moviéndose mientras decidimos, dudamos o postergamos. Por eso, muchas veces el verdadero costo de una decisión no se encuentra en lo que hacemos, sino en lo que dejamos de hacer mientras creemos que todavía podemos esperar. La llamada que nunca se hizo, la conversación que nadie quiso iniciar, la capacitación que siempre quedó para el próximo mes, el proyecto que parecía conveniente comenzar cuando hubiera más tiempo, la visita a un familiar que se dejó para otra ocasión o el chequeo médico que podía esperar unas semanas más. Cada una de estas situaciones parece insignificante por separado. No obstante, cuando se acumulan, terminan produciendo consecuencias que nadie había previsto al principio.

Las grandes crisis pocas veces irrumpen de manera repentina. Habitualmente se gestan a partir de pequeños asuntos pendientes que se fueron dejando para después. No porque fueran irrelevantes, sino porque siempre parecía existir algo más urgente que atender.

Lo preocupante es que la postergación suele crear una ilusión muy convincente. Nos hace creer que todavía tenemos margen, que las condiciones seguirán siendo las mismas, que las personas continuarán allí y que las oportunidades permanecerán esperándonos. Sin embargo, la vida no suele funcionar de esa manera. Las personas cambian, las circunstancias cambian, la salud cambia, los mercados cambian y las instituciones también cambian. Lo que hoy parece estable puede transformarse mucho antes de lo que imaginamos.

Basta mirar alrededor para comprobarlo. Muchos proyectos que parecían prometedores desaparecieron no porque fueran inviables, sino porque los ajustes necesarios llegaron demasiado tarde. Muchas oportunidades laborales se perdieron porque la preparación se dejó para después. Muchas amistades terminaron enfriándose porque nadie hizo la llamada que debía hacer. Incluso algunos de los arrepentimientos más profundos de la vida no provienen de los errores cometidos, sino de las acciones que nunca llegaron a realizarse.

Tal vez por eso la postergación resulta tan difícil de identificar. No produce ruido inmediato, no genera una alarma visible ni provoca consecuencias instantáneas. Se parece más a una pequeña grieta que avanza lentamente hasta que un día descubrimos que aquello que parecía sólido ya no lo es. Y aquello que ayer podía resolverse con relativa facilidad, mañana puede requerir mucho más esfuerzo, más recursos y, en ocasiones, puede resultar imposible de recuperar.

Ya que una de las frases más repetidas en cualquier ámbito es: «Todavía hay tiempo». La escuchamos en la familia, en el trabajo, en los negocios y en la educación. La repetimos incluso cuando las señales indican que el margen disponible comienza a reducirse y que aquello que hemos dejado para después exige ser atendido ahora.

Creemos que siempre habrá otra oportunidad para hablar, corregir, aprender, reconciliarnos o actuar. Y ciertamente, algunas veces la hay. Pero otras veces descubrimos que la oportunidad no desapareció porque alguien la rechazó. Desapareció porque fue pospuesta hasta perder su viabilidad.

La historia humana está llena de ejemplos de este tipo. Personas que reconocieron un problema, entendieron la necesidad de actuar y aun así decidieron esperar un poco más. No porque fueran irresponsables. No porque ignoraran la situación. Simplemente pensaron que todavía disponían de suficiente tiempo.

Con el paso de los años he descubierto que algunos de los arrepentimientos más profundos no están relacionados con los errores que cometimos, sino con aquello que dejamos pendiente. La visita que nunca hicimos. La llamada que seguimos posponiendo. La conversación que parecía incómoda. El proyecto que siempre iniciaría «cuando hubiera tiempo». Tal vez por eso la postergación resulta tan peligrosa: rara vez se presenta como una amenaza. Suele aparecer disfrazada de paciencia, prudencia o conveniencia.

Y quizás esa sea una de las lecciones más difíciles de aceptar. El tiempo no siempre avisa cuándo está por agotarse. No anuncia que una conversación será la última, no informa que una oportunidad no volverá a presentarse ni advierte que una condición que hoy parece manejable mañana podría ser irreversible. Simplemente continúa avanzando, indiferente a nuestros planes, nuestras dudas y nuestras postergaciones.

Por eso, la pregunta más importante no es qué haríamos si apareciera una oportunidad extraordinaria en nuestra vida. La verdadera pregunta es qué estamos haciendo con las oportunidades que ya tenemos frente a nosotros: las llamadas pendientes, las conversaciones necesarias, las decisiones que sabemos que debemos tomar, las personas que aún podemos abrazar y los cambios que todavía estamos a tiempo de realizar.

Porque la vida rara vez cambia por un solo acontecimiento extraordinario. A menudo cambia por aquello que decidimos hacer hoy o por aquello que seguimos dejando para después. Y, al final, no siempre nos arrepentimos de lo que intentamos y no funcionó.

El primer paso no es resolverlo todo de inmediato, sino identificar aquello que llevamos demasiado tiempo posponiendo y comenzar por ahí.

Muchas veces nos arrepentimos de aquello que sabíamos que debíamos hacer y nunca llegamos a comenzar.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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