Hay un párrafo en la carta que Rafael Tomás Fernández Domínguez le escribió a su esposa Arlette Fernández, pocos días antes de caer en combate el 19 de mayo de 1965, que posee una profundidad política y humana extraordinaria. En medio de la guerra, del dolor y de la intervención militar norteamericana, Fernández Domínguez escribe estas palabras sobre Juan Bosch:

"He comprobado que el Señor Presidente es un gran hombre y de mucho valor, ya que esto no se demuestra peleando; además, lo que más admiro en él es su nobleza e inteligencia porque ha sabido salvar vidas y no solo de revolucionarios".

Esa reflexión revela la enorme estatura moral y política tanto del coronel Fernández Domínguez como de Juan Bosch. Primero, porque quien habla es un hombre de armas, un combatiente que estaba dispuesto a morir por la constitucionalidad y la soberanía nacional. Y, sin embargo, entiende que el valor no consiste únicamente en empuñar un fusil o lanzarse al combate.

Fernández Domínguez está diciendo algo mucho más profundo: que existe una forma superior de valentía, la del hombre que sabe contener la violencia cuando el sacrificio sería inútil. Y ahí aparece la figura de Bosch. Aquellas palabras parecen un eco de la noche trágica del golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963, cuando Bosch permanecía prisionero en el Palacio Nacional mientras un reducido grupo de oficiales constitucionalistas, encabezados por Fernández Domínguez, quería resistir militarmente el golpe.

La correlación de fuerzas era desfavorable. El aparato militar golpista era inmensamente superior y cualquier enfrentamiento en ese momento habría significado una masacre segura. Bosch lo comprendió con claridad histórica.

Juan Bosch es a quien el comandante Fidel Castro señaló como el hombre de más alto calibre en Cayo Confites, y aprendió de esa epopeya fracasada, lo mismo que Fidel: no hacer nunca lo que allí se hizo. Aplicar una correcta táctica en la lucha revolucionaria. Preservar fuerzas para jornadas mayores y más seguras.

Y entonces ocurrió algo que revela la naturaleza humana y política de aquel hombre: lejos de aferrarse desesperadamente al poder o empujar a sus oficiales a un sacrificio inútil, les pidió que no actuaran. Prefirió estar preso sin saber qué podía pasarle antes que llenar de sangre el Palacio Nacional y perder su digna y valiente vanguardia, única garantía de una lucha futura.

Eso fue lo que Fernández Domínguez nunca olvidó. Por eso escribe que Bosch "ha sabido salvar vidas". Y añade algo todavía más importante: "y no solo de revolucionarios". Esa precisión es enorme. Rafael reconoce en Bosch una virtud rara en la política: la capacidad de pensar incluso en la vida de sus adversarios. No habla de un dirigente dominado por el odio ni por la sed de venganza. Habla de un estadista consciente de la responsabilidad moral que implica el poder.

Y por eso añade:

"Veo que los dominicanos no se equivocaron cuando lo eligieron".

Es una frase sencilla, pero cargada de significado histórico. Porque quien la escribe no es un fanático ciego ni un adulador político. Es un hombre íntegro, un militar de honor, un revolucionario que estaba viendo la muerte de cerca. Y precisamente por eso sus palabras tienen tanto peso moral.

El coronel Fernández reconoce en Bosch no solo al líder derrocado, sino al hombre capaz de colocar la dignidad humana por encima de la ambición política inmediata.

Ese reconocimiento adquiere todavía más fuerza cuando se recuerda que el propio Fernández Domínguez sí terminaría entregando su vida en combate por la causa constitucionalista.

Ahí radica la grandeza de ambos. Bosch, entendiendo cuándo evitar una tragedia inútil. Fernández Domínguez, entendiendo cuándo el deber histórico exigía el sacrificio. Uno salvando vidas cuando no había posibilidad real de victoria. El otro entregando la suya cuando creyó que la dignidad nacional lo reclamaba.

Por eso la relación entre Bosch y Fernández Domínguez sigue teniendo una dimensión casi ética dentro de la historia dominicana. Porque no estuvo basada únicamente en coincidencias políticas, sino en valores profundamente compartidos: el honor, la dignidad, la inteligencia moral y el amor sincero por el pueblo dominicano.

El coronel Fernández no se equivocó. Ni sobre Bosch. Ni sobre la historia.