Leyendo un viejo libro de Carl Rogers el “Camino del ser“ encontré una propuesta que presentó en el siglo pasado acerca del proyecto humano. El psicólogo elaboró una teoría sobre el camino que deberíamos seguir para construir un futuro, el cual llevaría a los humanos a profundizar y realizar cambios profundos.
Relató que esos cambios eran necesarios para crear los espacios de la trascendencia, a través de la armonía y la unidad de la sociedad.
Esa bella metáfora humanista, que visibilizó Rogers promueve que era necesario conocer la compresión de la expresión de los sentimientos positivos como negativo de los hombres y mujeres, pues son las claves para conocer la perturbación del sistema social y de cómo éste afecta al individuo y a la sociedad en su conjunto.
La clave era la transformación cultural para la comprensión de la vida social, a través de la autocomprensión, la confianza y la habilidad para reconocer la falta.
La reflexión positiva del psicólogo nos muestra que los deseos de su época estaban dirigidos a la búsqueda de la libertad y a disminuir la esclavización de las patologías sociales. En su tiempo se aspiraba voluntariamente a romper el maléfico laberinto de la fragilidad humana. Su propuesta se orientaba a desear la transformación de la sociedad, por medio de la consciencia.
Este mundo psicopático está atravesado por el odio, el acoso moral, la venganza, la guerra y las aberraciones caóticas del racismo, sexismo, clasismo y otras tantas que conforman eso que la sociología y antropología hablan sobre las construcciones de las hegemonías de los regímenes autoritarios y de las aberraciones que se sostienen en las locuciones que desarrollan restricciones, y acusaciones que limitan la vida corpórea de la cultura y de la sociedad.
Estas conformaciones catedralicias se mantienen como expresión coordinadas con drones y misiles. Esto se produce gracias a la coordinación de los medios masivos de comunicación y de la tecnología de la que se sirven para amparar su programa bélico.
Eso lo observamos a diario como luces de bengalas que caen sobre las ciudades y bosques. Esto me produce horror, pues son las respuestas del fracaso de la conciencia y de la solidaridad. El proyecto pacifista de lo humano fracasó. Hoy Rogers se estremecería con el decorado del presente sobre la corrupción y la guerra.
Los límites éticos y morales se transgrede, sin importar los desastres que ese terror provoca en la humanidad. El psicólogo confió demasiado en la consciencia como todos los modernos.
El mundo tiene pocas restricciones en los círculos de poder que respiran odios y que se expresan en los abusos, genocidios, intimidación, a través del acoso moral y las viejas argumentaciones inquisitoriales sobre los consejeros huesudos que proponen el odio como principio del drama.
Las denuncias no sirven para nada, porque el dinero corre entre los vulnerables que necesitan comer y mantenerse sin importarles el otro.
Esos amiguitos poderosos siempre han estado vinculados a un mal teatro. El caso Epstein es uno de ellos, porque existen otros amañados por la historia occidental, por ejemplos aquellos que legitiman el teatro religioso de la cómica hilarista que combinaba lo sacro y profano, con la finalidad de mostrar una trama que intentaba ocultar a los oprimidos o a la gente común esos aspectos odiosos de la sociedad, tales como la violencia del clero, la de los emperadores y la de una nobleza que asqueaba.
Sin embargo, el teatro de los espectáculos dramáticos de las supuestas “vírgenes necias” fue una jocosa obra que combinó lo profano con lo sacro. De la misma calaña que la mencionada.
Esto sirvió para aliviar a muchos sus márgenes limitadas sobre el cuerpo y las pantomimas obscenas de la sospecha paranoica de disfrazar la patología medieval, la cual se sostenía en la ocultación del otro, de la libertad y de los vacíos de la trampa de algún tipo de cambio que ofreciera la vida cristiana.
En ese momento, la cristiandad manejada por los eclesiásticos, no tenía para nada, algún tipo de renovación social o espiritual, por el poder ostentoso de la clase noble y del clero.
Yo pensé en él “heme aquí” de Lévinas por su construcción sobre el elogio a la libertad y a las razonables medidas para detener la guerra o encontrar un camino para crear programas democráticos o algún tipo de metafísica que pudiera impulsar una ética radical investida de responsabilidad y de una intimidad sín prejuicios. Estoy pesimista, en verdad, el psiquismo traiciona la justicia social y la libertad.
Siempre he reconocido el fracaso de los modernos, de la cordialidad de la civita y del modelo de estado/nación. La guerra es intolerable para las almas que pretenden un mundo de solidaridad y de querer amar como proyecto que contrarreste la intención del odio.
El orgullo del ego es una comicidad que siempre tiene apellido: la misoginia, el chantaje y la propaganda de una representación escénica, en el cual no aparecen los otros actores para el diálogo. De verdad que me apenas que tanto Lévinas como Rogers se hayan quedado en los viejos inmobiliarios de la historia de la filosofía o de la psicología.
Los cínicos potenciaron el acto con indiferencia y la risa. No hay de otra diría un viejo campesino de Ocoa. En la geografía de la vida soy irreverente y no me da la gana de seguir el proyecto de las planicies desérticas o de los páramos hundidos por el excesivo abuso de los suelos para extraer las famosas, tierras raras.
La guerra y con ellos todos los actos de un mal teatro en la precariedad de la condición humana me impulsan a reflexionar que no es por medio de la conciencia o de las píldoras de los psiquiatras que vamos a transformar el mundo.
Es procurando crear un océanos de lenguajes que rompan ese malestar de la cultura como decía Freud y procurar que lo diverso y la inmersión en los cuidados del otro, procuren poco a poco un aumento de los mares de sentimientos que den pertenencia y valor a lo colectivo.
La guerra es un fallido modelo de humanidad. Lo colectivo es un murmullo que ha de dar seguridad para que el océano se vuelva a crear la vida.
El odio es un síntoma de un cuerpo que está gritando por plegaria, por esa razón no me defiendo, ni yo acepto, la mala escena de los teatreros inquisitoriales. ¡Dios te guarde!.
Compartir esta nota