Desde que el ser humano es consciente de su existencia, la tecnología ha caminado a su lado. Sin embargo, antes de que supiéramos que la Tierra era redonda, una sola y finita, la urgencia de la supervivencia —el hambre, el miedo, la necesidad de defensa y de caza— empujó al hombre a diseñar sus primeras herramientas de poder. Tal como describió la antropóloga Marija Gimbutas en su teoría kurgana, aquellos pueblos originarios del Ponto Estepario que lograron domar al caballo, malearon los metales e inventaron la espada, iniciaron una violenta expansión sobre las comunidades que no poseían esa tecnología. Quienes no tenían las armas se convirtieron en víctimas de la asimetría técnica de quienes las manejaban. Cada salto técnico dejó atrás a un grupo de personas que no entendían el nuevo código de fuerza.

Esa misma asimetría alcanzó su paroxismo en el siglo XX con el Proyecto Manhattan. La creación de la bomba atómica selló la hegemonía global de un nuevo imperio que, al poseer en exclusiva un arma de destrucción masiva y no mediar reparo alguno para utilizarla, dictó las reglas del mundo entero. Solo cuando el secreto de esa física dejó de ser un monopolio y otros Estados alcanzaron el mismo poder de fuego, el tablero mundial encontró un tenso respeto mutuo bajo la doctrina de la disuasión. La tecnología de la destrucción demostró así su doble filo: esclaviza al indefenso, pero obliga al respeto entre iguales.

Pero el ser humano fue también el primer animal capaz de dar un salto evolutivo inédito: registrar el conocimiento fuera de su propio cuerpo. En aquella antigüedad de la tierra llana, la gran memoria de la humanidad residía en la carne y la voz: eran los abuelos y bisabuelos de las comunidades quienes custodiaban, de generación en generación, todo lo que había acontecido bajo el sol. Recordar, entonces, era un acto de consulta sagrada a la vejez. Sin embargo, fue en el mar —lejos de todas las orillas y huérfano de la voz de los ancianos— donde nació verdaderamente la necesidad del lenguaje escrito. En la inmensidad del agua, donde no había abuelo a quien preguntar, el navegante tuvo que inventar el signo para poder recordar, resguardando contra el olvido las concepciones, rutas y pactos que los pueblos fenicios iban tejiendo en su viaje. El signo apareció como un faro de tinta; un milagro de permanencia, pero también una nueva frontera de exclusión. El ágrafo quedó atrapado en su presente inmediato, ciego ante el pasado, incapaz de saber qué se había dicho en otro tiempo y lugar, una capacidad que hoy nos resulta vital para saber quiénes somos.

A la escritura le siguieron las fronteras de los idiomas, murallas que definían la jurisdicción y la territorialidad del poder. Durante siglos, traducir fue conquistar o comerciar. Hoy, la tecnología parece haber disuelto esa Babel: aplicaciones y algoritmos nos permiten hablar en español y ser comprendidos al instante por un interlocutor que habla chino, turco o malayo. Aparentemente, la comunicación es total. Sin embargo, quienes no manejan estos datos ni estas aplicaciones quedan atrapados en el espacio geográfico que habitan. Andando el tiempo, aunque la naturaleza les provea lo vital —agua, aire y comida— para sobrevivir biológicamente, su analfabetismo frente a este nuevo lenguaje los convierte en los nuevos esclavos de los adelantados.

El Pensamiento Expropiado y el Fantasma de lo Inservible

Hoy, asistimos al salto más perturbador de esta historia. Ya no se trata solo de que la memoria esté fuera del cuerpo; ahora es la mecánica del pensamiento lógico la que se ha externalizado. A través de bancos infinitos de datos, las máquinas procesan, deducen y generan soluciones que a menudo superan con creces las capacidades del cerebro humano.

Este nuevo umbral sitúa al desposeído en una categoría mucho más trágica que la del analfabeto: lo convierte en inservible. La sustitución de la labor humana por el robot o el algoritmo aumenta los índices de producción, pero inyecta en la sociedad un sentimiento devastador: la sospecha de que el ser humano ya no es necesario para el engranaje del mundo.

Es aquí donde reside el mayor peligro que enfrenta nuestra especie. ¿Cómo sobrevive el hombre cuando la guerra se automatiza, cuando un algoritmo programado en un servidor lejano decide una ejecución y un dron liquida a un sujeto en su propia casa, sin que medie un solo rastro de consideración humana? Cuando el prójimo desaparece del cálculo y solo queda la fría eficiencia del cómputo, la supervivencia biológica pende de un hilo sumamente delgado.

La Guerra de Mercados: El Cliente como Territorio Conquistado

Es en este escenario de vulnerabilidad extrema donde se revela la verdadera frontera del presente: la frontera comercial. Hoy, la conquista definitiva no busca colonizar tierras baldías, sino colonizar nuestras decisiones de consumo. La meta del adelantado contemporáneo es simple y voraz: convertirnos en clientes cautivos de su ecosistema tecnológico.

La gran tensión geopolítica que sacude al planeta no es más que una feroz guerra de mercados entre Occidente y Oriente, con Estados Unidos y China disputándose el timón del mundo mientras una Europa debilitada queda atrapada en el centro, asumiendo todos los costos colaterales de la pugna. Es una guerra donde el avance técnico del rival desata el pánico del antiguo monarca. Cuando China diseña un dispositivo cuya batería desafía los estándares de obsolescencia occidentales, la respuesta no es la emulación virtuosa, sino la agresión geopolítica: el intento de asfixiar rutas comerciales y cerrar canales estratégicos de intercambio.

Esta pugna por el control del mercado global, espoleada por las nuevas alianzas entre Oriente y el Medio Oriente, ha fracturado el viejo orden del petrodólar. Ante la amenaza al monopolio de su divisa y el control del crudo, la potencia del norte ha vuelto la mirada sobre su antiguo "patio trasero". Desempolvando la Doctrina Monroe bajo el lema implícito de la reconquista de América Latina, el adelantado busca asegurar a la fuerza el suministro de recursos y mercados leales. En este tablero de ajedrez implacable, las personas comunes —que ignoran las corrientes profundas de la macroeconomía y las finanzas del papel moneda fiat impreso sin fondo— son desplazadas legal y financieramente. No comprenden que su derecho a elegir qué comprar o en qué moneda ahorrar es, en realidad, la trinchera donde se decide su soberanía o su vasallaje.

La Gula del Poder Frente a la Posibilidad Infinita

Frente a esta anatomía del mal, nos topamos también con una paradoja monumental. Esta misma capacidad técnica que amenaza con borrarnos abre, al mismo tiempo, portales hacia un horizonte luminoso. La tecnología es, simultáneamente, la soga y la promesa. Es la llave que hoy nos permite explorar la inmensidad del espacio exterior y, a la vez, descender a las profundidades de nuestro propio cuerpo para descifrar el genoma, diseñar terapias personalizadas, sintetizar medicamentos revolucionarios y erradicar dolencias que antes eran sentencias de muerte. La experiencia humana se encuentra ante la oportunidad histórica de alcanzar un nuevo y más elevado paradigma en favor de todos.

Por eso insistimos: no estamos en contra de las virtudes del adelanto, sino de los vicios que acompañan al adelantado a la hora de compartir su saber. Nos rebelamos contra esa gula que utiliza la maravilla del ingenio humano para someter, apartar y esclavizar, en lugar de curar, liberar y expandir la conciencia.

¿Por qué queremos saber? ¿Para qué queremos saber? ¿De qué manera salvamos al sujeto como un elemento vital de la naturaleza, sin el cual el universo mismo perdería su sentido y su testigo? Solo la ética puede interponerse entre la máquina devoradora y el ser humano. Una ética que no actúe como un adorno moral, sino como una ley de hierro que recuerde al adelantado que el valor de la vida no se mide por su eficiencia matemática ni por su productividad económica.

Frente a la velocidad desbocada de la máquina y la voracidad del mercado, tal vez la resistencia de las comunidades deba ser unirse entre iguales y defender el estado en el que pueden sobrevivir dignamente, protegiendo su escala humana hasta tanto conquisten su propio presente. Pero para resistir, primero hay que descifrar.

Así lo demostró Alan Turing durante la Segunda Guerra Mundial al descifrar Enigma, la máquina criptográfica del enemigo. Al desarmar la trampa matemática del adversario, Turing no utilizó la fuerza de los metales ni la pólvora, sino la pura soberanía del pensamiento abstracto. Aquel acto de desciframiento no solo cambió el rumbo de la guerra, sino que salvó millones de vidas. Demostró, para siempre, que la mayor herramienta de defensa frente al adelantado es la capacidad de interpretar su código.

Queremos saber para ser libres. Y la libertad no es otra cosa que la capacidad de tomar nuestras propias decisiones bajo nuestros propios análisis.

Para que esa libertad sea real, cada individuo requiere de una formación humanística y de un conocimiento profundo que le otorguen las herramientas necesarias para detectar y desarmar la trampa en cualquier tecnología o mercado en el que esta se presente. Escribimos y pensamos para desnudar la anatomía secreta de este mal. Queremos saber para que el adelantado recuerde que su saber no le da derecho a la conquista, y para que el vulnerable no sea la presa de su propia ignorancia. El conocimiento debe dejar de ser el arma del cazador para convertirse, finalmente, en el código de nuestra liberación.

Desde Adán y Eva para acá, quien tiene el garrote más grande es quien ha manejado el agua y el fuego y las decisiones del grupo que obedece. Pero también hay que decir que, desde que la tierra es redonda, cada uno de nosotros está medio a medio: como un punto dinámico que se mueve entre dos arcos.

Ricardo Toribio

Artista visual y poeta

Ricardo Arsenio Toribio, Santiago de los Caballeros (1965). Creador dominicano. Pintor, músico, artesano y aprendiz de poeta. Tiene 42 años de experiencia creativa. En el (1991) tuvo su primera individual “Carnaval”en el Dominico Americano". En (1996) obtuvo el primer premio de pintura en la bienal Eduardo León Jimenez. En (1998) exhibe la individual “Paisaje de los dioses secretos” en el Museo de Arte Moderno, Santo Domingo. Ese mismo año se muda a San José de las Matas para trabajar en un proyecto artesanal de sillas y mecedoras. En el 1999 crea el grupo cultural “La Parcelita” junto con sus hijos y los hijos de los artesanos. Desde entonces vive en La Sierra trabajando con la comunidad, escribiendo textos que se cantan en la escuela y pintando la realidad que lo rodea. Sus pinturas son un auténtico referente del realismo mágico latinoamericano

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