Cuando a cualquier economista le preguntan por el impacto en la economía de la guerra en Irán, la respuesta más probable es DEPENDE.
Depende, en primer lugar, de cuánto dure el conflicto armado. Depende, en segundo lugar, de la intensidad que alcance, de si se llega a destruir más infraestructura crítica para la extracción, el procesamiento y el transporte de los combustibles, plásticos, fertilizantes y otros derivados. Depende, además, de cuántos países se involucren, fuera de los Estados Unidos, Israel y los que albergan sus bases. Depende, también, de cuánto rencor conserve el pueblo persa, el país de los ayatolás, por haber sido agredido, por haber sido engañado tantas veces en supuestas negociaciones embaucándoles mientras se les clavaba el puñal por detrás. Por habérseles asesinado a sus dirigentes y a sus niñas.
Depende, finalmente, del impacto para quién. Con el aumento de los combustibles, el único gran ganador es Rusia, que puede administrar los precios de modo que lleguen baratos a sus ciudadanos y caros al resto del mundo. Estados Unidos no puede hacer eso porque, a pesar de ser el mayor productor mundial, allí los únicos ganadores son una serie de grandes empresas que van a vender al consumidor estadounidense al mismo precio que venderían en el exterior, porque su único interés es la rentabilidad. En términos geopolíticos, EUA es el gran perdedor: es como si China y Rusia hubieran contratado a Trump para sus relaciones públicas.
China también podría administrar los precios internos subsidiándolos para sus consumidores, pero no le conviene porque no quiere alentar el consumo, mucho menos de un producto importado; al principio pierde, pero, siendo el mayor productor mundial de energías renovables y de vehículos eléctricos, terminará ganando a la larga porque el mundo entero querrá reorientar su consumo hacia sus tecnologías.
Y entre ganadores y perdedores, las petromonarquías del Golfo habrían sido los grandes beneficiarios de los altos precios si pudieran vender su producto; pero no pueden pasar por Ormuz y, lo que es peor, como son países desérticos, no tienen ríos ni agricultura, están expuestos a que se les dejen entrar alimentos y todo tipo de abastecimiento. Podrían pasar hambre si se alarga la guerra.
De modo que el beneficio lo recibirán los exportadores de otras regiones del mundo, incluyendo Sudamérica. En cuanto a los perdedores, Japón, Corea y la India serían los mayores, seguidos de otros asiáticos. Las pequeñas economías de Centroamérica y el Caribe estamos francamente jodidos.
Sin pretensión de crear alarmas, lo que está ocurriendo comienza a parecerse a lo que sucedió a partir de 1979, que en América Latina redundó en un decenio de 1980 conocido como Década Perdida. No es igual ni necesariamente se desencadenarían los mismos efectos. Además, cuando diversos acontecimientos tienen lugar, no siempre es fácil establecer la relación de causalidad que provoque el producto que al final se tiene.
En 1979 tuvo lugar la revolución iraní que depuso al sha Reza Pahlevi, dictador corrupto y criminal que les había sido impuesto por los EUA y Reino Unido para viabilizar apropiarse de su petróleo. Pero en vez de servir para restablecer la democracia, la jerarquía religiosa impuso una dictadura teocrática, en que los dogmas de una religión se les imponen como ley a toda la población, independientemente de que sean o no fieles de esa religión, más o menos como se quiere hacer ahora en los EUA.
Los Estados Unidos y la OTAN reaccionaron armando a Irak e incitándole a que invadiera Irán, incluso dotándolo de armas químicas. La guerra se prolongó por ocho años con alrededor de un millón de muertes. Ni siquiera se llegó a cerrar el Estrecho de Ormuz, salvo algunos sabotajes de uno y otro lado. Lo que pasó con el precio del petróleo se puede apreciar en este gráfico.
Ya de antemano los precios habían subido en 1973-1974 a raíz de la guerra de Yom Kippur y los Estados Unidos y Europa vivían una época inflacionaria. Pero entre 1979 y 1980 el petróleo se disparó de unos 15 a 39 dólares. El precio medio del West Texas en 1980 fue US$37.38 que, en dólares de valor actual, equivalen a lo que serían US$167.88, el precio más alto conocido hasta hoy.
El problema no fue tanto lo mucho que subieron, pues algo parecido sucedió momentáneamente a mediados de 2008, sino que en los 80 permanecieron altos hasta 1985 y los efectos pervivieron hasta iniciada la década de 1990. ¿Por qué? Porque en el ínterin ocurrieron otros eventos relacionados que deberían servirnos de advertencia ahora.
Ya para finales del decenio de 1970 las tasas de interés internacionales se habían elevado más que lo normal, y al iniciarse los años ochenta resultaba ya evidente que la inflación no sería controlada sin un tratamiento de choque en la política monetaria. Eso fue lo que hizo la junta de la Reserva Federal, dirigida por Volcker, cuando la tasa de los fondos federales llegó a colocarse en torno al 20 %.
Durante la época previa, América Latina y el Caribe se habían hecho adictos a la generosa oferta de créditos internacionales del sistema bancario privado, pero llegó un momento en que la carga de la deuda contraída se tornó insostenible. El primero en sucumbir fue México que, en agosto de 1982, anunció una moratoria unilateral, repercutiendo en toda América Latina, que sufrió una interrupción de la afluencia de capitales internacionales, ocasionando un deterioro simultáneo y sostenido de los principales indicadores económicos y sociales: baja de la producción o caída del ritmo de crecimiento, mayor desempleo, subempleo y disminución de las remuneraciones reales, generalizados procesos inflacionarios y, en algunos casos, crisis en el sistema financiero.
En la República Dominicana se negociaron con el FMI dolorosos programas de ajuste, con devaluaciones, inflación y una violenta poblada en 1984. Es evidente que la situación de hoy no es la misma que 45 años atrás: las fuentes de divisas están más diversificadas y hay abundantes reservas; la dependencia del petróleo es menor, pero la del gas mayor. Sin embargo, ahora somos más dependientes del mercado internacional de capitales, del cual los países del Golfo y asiáticos suelen ser los mayores abastecedores.
Sería impensable que ahora las tasas de interés subieran a los niveles de aquella vez, pues los hogares y empresas de EUA están demasiado endeudados (y el Estado mucho más) y no resistirían, pero hay que prepararse para convivir con ellas altas y al Banco Central no le quedaría más remedio que subir las tasas internas para evitar ataques especulativos a los bonos dominicanos y al peso.
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