Hace muchos años, siendo estudiante en la universidad, recuerdo haber leído un anuncio en el mural de la Escuela de Educación: «Se busca nana». El mensaje estaba dirigido a las estudiantes de la licenciatura en educación inicial. Me paré en seco y me pregunté sorprendida si yo estaba preparándome profesionalmente para ser una nana y no una maestra. En esos años, en que tuve la oportunidad de iniciarme como asistente de aula, no faltaba quien comentara: «Ustedes si están bien, se la pasan jugando y cantando». Esta frase le sonará conocida a la mayoría de mis colegas; hemos tenido que escucharla una y otra vez.
Muchas personas consideran que estudiar educación inicial es una opción fácil: «ahí lo único que se enseña son las vocales, los colores y los números». Estas expresiones provienen de una mezcla de desconocimiento y condescendencia, tanto de familiares como de la sociedad en general, e incluso de colegas de otras especialidades de la carrera de pedagogía. Bajo esta mirada simplista, subsiste la injusta suposición de que trabajar con la primera infancia demanda poca intelectualidad.
Por si fuera poco, todavía se escucha con frecuencia el uso del término «guardería» para referirse a los jardines de infancia. El acto de «guardar» remite a una función puramente asistencialista, pasiva y casi policial, donde el adulto se limita a velar por la integridad física del menor durante el transcurso de la jornada. Aquí se impone una precisión terminológica en defensa de una postura ética y realista: quienes nos dedicamos a esta tarea, mujeres y algunos hombres «valientes» (porque los hay) no «guardamos» niños, los formamos para la vida. La educación Inicial es una praxis intencional que promueve el desarrollo integral. Reducir la labor del aula infantil al cuidado o entretenimiento pasivo pasa por alto que cada interacción, cada espacio diseñado y cada dinámica, si son educativas, responden a una planificación rigurosa orientada a desencadenar procesos cognitivos y socioafectivos complejos.
Esta comprensión deformada ha perpetuado el menoscabo de lo que significa educar en un momento crítico de la vida donde se forma la personalidad del individuo. Presenta más oportunidades de aprendizaje que todas las demás etapas del desarrollo. La subvaloración resulta aún más alarmante cuando se confronta con los hallazgos neurocientíficos contemporáneos. Los estudios de neuroimagen de Lenroot y Giedd, publicados en 2006, arrojan como resultado que el 90% del volumen cerebral se estructura antes de los cinco años. En los primeros siete años de vida se trazan las autopistas neuronales sobre las cuales se asentarán, de por vida, la memoria de trabajo, la capacidad de abstracción, la flexibilidad cognitiva y la autorregulación emocional. No existe otra etapa en el ciclo vital humano donde la plasticidad cerebral alcance su punto pico: se producen más de un millón de nuevas conexiones neuronales por segundo, una densidad sináptica que jamás volverá a repetirse en la existencia humana.
Pese a la contundencia de estos hallazgos, muchos tomadores de decisiones han relegado la inversión en la educación en la primera infancia a un segundo plano presupuestario. Esta omisión responde a una lógica política o utilitaria: los retornos de esta inversión se consolidan a largo plazo. Sin embargo, desde la economía del desarrollo, el Premio Nobel James Heckman ha planteado que las intervenciones de alta calidad en la primera infancia producen la mayor tasa de retorno económico e impacto social posible, siendo la herramienta más costo-efectiva para mitigar la brecha de desigualdad. Ignorar o reducir la importancia de la educación Inicial es un desatino.
La intervención de calidad demanda un profesional que pueda guiar eficazmente el proceso educativo. El perfil es multidisciplinario. A diferencia del docente de educación secundaria o universitaria, cuya formación se especializa en un área del saber específica, el educador infantil debe integrar simultáneamente la neuropsicología, la lingüística evolutiva, el desarrollo psicomotor y la pedagogía de la praxis, sin olvidar los saberes básicos de las áreas disciplinares tradicionales que también debe dominar.
Parte de las exigencias de este nivel se evidencia con claridad en las expectativas curriculares, entre las que destacan los procesos de adquisición del lenguaje oral y escrito, el desarrollo del pensamiento lógico y la resolución de problemas. La pedagogía tradicional redujo este aprendizaje a la «plana» y la repetición mecánica de trazos, asumiendo que la escritura era un mero ejercicio memorístico y visomotor. Algo parecido sucedía con la lectura. Hoy, bajo un enfoque por competencias, la educación inicial concibe la alfabetización como un proceso emergente y de construcción de significados. El docente no impone la caligrafía perfecta mediante el adiestramiento; acompaña al niño en su tránsito desde la representación no convencional (el garabato con intencionalidad comunicativa y la lectura de imágenes) hacia la apropiación progresiva de las formas convencionales del lenguaje escrito. Transformar la enseñanza de una simple «a» en una experiencia donde el niño formule hipótesis, resuelva problemas y autorregule su aprendizaje exige un conocimiento científico riguroso que echa por tierra la idea de que en este nivel se enseña «lo fácil».
Un argumento parecido aplica al uso del repertorio oral y literario. Una educadora no canta, narra un cuento o recita una adivinanza para el simple entretenimiento o como relleno del horario. El currículo del nivel inicial articula más de una veintena de tipologías textuales, desde retahílas, trabalenguas, rimas, cartas, mensajes cortos… hasta la lectura de imágenes, etiquetas y recetarios que contribuyen al desarrollo de habilidades infantiles. Las canciones y rimas estimulan la conciencia fonológica, el procesamiento auditivo y la discriminación del ritmo, competencias neurobiológicas indispensables para la posterior decodificación lectora. A su vez, los cuentos, los poemas, las adivinanzas… potencian la memoria de trabajo, la capacidad de inferencia y la capacidad de descentramiento mental, permitiendo que el niño procese abstracciones, amplíe su repertorio semántico y organice el pensamiento narrativo. Independientemente de que se promueve el disfrute por la música y la literatura en distintas formas, reducir este andamiaje sociolingüístico a cantar por cantar evidencia una desconexión absoluta con los fundamentos de la alfabetización emergente.
Llegados a este punto, debemos resignificar la estrategia estrella de la educación inicial. ¿A quién no le gusta jugar? Los beneficios del juego per se, sin mediación del adulto, ya sea libre, espontáneo, en solitario o junto a otros, están más que demostrados. Corresponde al educador de inicial diseñar actividades lúdicas con objetivos pedagógicos para lograr las metas curriculares mediante esta estrategia. Los estudios sobre juego de la Asociación Americana de Psicología (APA) y el Centro del Desarrollo Infantil de la Universidad de Harvard han arrojado como resultado que el juego activo y estructurado reduce hasta en un 18% los niveles de cortisol (la hormona del estrés), incrementa en un 60% el autocontrol y potencia en un 25% la adquisición de vocabulario y razonamiento espacial. Como se puede ver, el juego no es un premio ni una pausa del aprendizaje: es un mecanismo biológico a través del cual el cerebro infantil comprende el mundo, procesa la frustración y aprende a convivir en sociedad.
Sostener que la educación inicial es «fácil» solo revela un profundo desconocimiento de quienes miden la pedagogía por la complejidad del texto impreso y no por la profundidad del proceso cognitivo que se desencadena. La próxima vez que alguien observe a una educadora cantando o jugando con un grupo de niños no debe ver a una animadora o cuidadora especializada. Debe ver una profesional que diseña las bases cognitivas, emocionales y éticas sobre las cuales se sostiene el futuro de la sociedad. ¿Estamos dispuestos, como nación, a asumir, tanto en la teoría como en la práctica, la revalorización de la educación inicial?
Compartir esta nota