"La elocuencia es una pintura del pensamiento". (Muestra cómo el buen orador no solo habla, sino que también dibuja y da color a las ideas en la mente del público). Blaise Pascal
Nacido en la laboriosa y culta tierra mocana el 4 de septiembre de 1925, el doctor Julio César Castaños Espaillat consagró su existencia al culto del derecho, de la virtud ciudadana y al esclarecido servicio de la colectividad dominicana
Cursó sus estudios superiores en la Universidad de Santo Domingo, de donde emergió con los laureles del título de Doctor en Derecho, investido con la máxima distinción académica de Magna Cum Laude. Su talento jurídico brilló con luz propia en la rama del Derecho Civil, erigiéndose con autoridad indiscutible en uno de los jurisconsultos más preclaros y eminentes de la nación. Unido en matrimonio con la señora Nervina E. Guzmán Pérez, edificó un hogar ejemplar bendecido con la llegada de seis hijos: Julio César, Dilia Emilia, Dilia Nervina, Julio Amado, Miguel Ángel y Servio Tulio Castaños Guzmán.
EL PRIMER RECTOR DE LA UASD, CONSAGRADO POR EL SUFRAGIO UNIVERSAL
Hombre de letras y de academia, consagró largos años de su vida a la sagrada cátedra en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Su preeminencia intelectual lo condujo a ocupar en tres ocasiones la alta dignidad de Rector de esa magna casa de estudios: primero de forma interina, del 7 de enero al 17 de febrero de 1962; posteriormente, del 17 de febrero al 18 de septiembre de ese mismo año; y de manera memorable, desde el 28 de febrero de 1966 hasta el 28 de febrero de 1968. En su juventud política, militó con fervor en las filas del Partido Revolucionario Dominicano.
EL MINISTRO QUE ELEVÓ EL PRESTIGIO DE LA INTELECTUALIDAD NACIONAL
Durante la administración gubernamental presidida por don Antonio Guzmán Fernández, desempeñó con hidalguía la titularidad de la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos hasta el año 1979, imprimiendo a la gestión cultural un sello de dignidad y altura.
En el ocaso de su fecunda trayectoria, su espíritu patriótico convergió hacia las filas del Partido Reformista, entablando estrecha comunión ideológica con su máximo líder, el doctor Joaquín Balaguer, e integrando con distinción el Directorio de dicha organización política. En septiembre de 1982, aspiró a la máxima magistratura del Estado como precandidato presidencial por el reformismo con miras a las justas electorales de 1986.
Alcanzado el triunfo del doctor Balaguer en las elecciones del 16 de mayo de 1986, fue honrado mediante decreto del Poder Ejecutivo de fecha 16 de agosto de ese año con el alto cargo de Procurador General de la República. Desde esta excelsa tribuna de la vindicta pública, le correspondió emitir dictamen rechazando la querella interpuesta por el doctor Marino Vinicio Castillo Rodríguez en contra del expresidente Salvador Jorge Blanco y sus colaboradores. Fiel a su recto criterio y a su invariable devoción por el orden jurídico, prefirió cumplir los dictados de su conciencia antes que doblegarse ante presiones de cualquier laya. A los pocos días de aquel histórico pronunciamiento, fue relevado de sus funciones el 27 de noviembre de 1986, consagrándose el resto de sus días al ejercicio de la abogacía en su bufete de Santo Domingo en compañía de su familia, dejando tras de sí una ejecutoria libre de máculas.
CASTAÑOS ESPAILLAT: EL HOMBRE CON UN ESPÍRITU QUE NO ERA NARIGONEABLE
Firme y refractario ante cualquier imposición que pretendiera vulnerar su independencia de criterio, el doctor Castaños Espaillat actuó siempre guiado por la brújula insobornable de la ley y por el bienestar supremo de la patria. De ahí brota esa hoja de servicios limpia, proba y ajena al remordimiento.
Entregó su alma al Creador el 20 de mayo de 1987 en la ciudad de Santo Domingo, dejando grabada en la memoria nacional la estampa de un dominicano insigne cuya memoria honra con dignidad los anales de nuestra historia.
LOS CASTAÑOS ESPAILLAT, LA ESTIRPE REPUBLICANA DE ESPÍRITU ESPARTANO E INTELECTUAL
El apellido Castaño Espaillat representa la confluencia de dos robustas corrientes migratorias que sembraron sus raíces en las feraces tierras del Cibao, específicamente en la hidalga villa heroica de Moca. La rama de los Castaños, de origen toponímico español, se unió de manera indisoluble al tronco de los Espaillat, linaje de estirpe gala fundado en el siglo XVIII por el inmigrante francés François Antoine Espaillat Virol. Esta alianza genealógica alcanzó su fijeza histórica en el matrimonio de León de Jesús Castaños Pérez y Dilia Mercedes Espaillat Espaillat. De este crisol mocano nació una de las estirpes intelectuales y jurídicas más preclaras de la República Dominicana.
En los archivos privados del eximio historiador, Su Excelencia Reverendísima Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, define a la Familia Castaños Espaillat de la siguiente forma, la cual transcribo textualmente:
"Asistimos, con la evocación de este linaje cibaeño, al espectáculo de una estirpe que ha sabido cohabitar con las luces del derecho y los rigores del patriotismo. Los Castaño Espaillat no son el fruto del azar sociológico, sino la decantación de un espíritu público indómito. En el altar de su memoria brilla, con el fulgor trágico del martirologio, la figura de Servio Tulio Castaños Espaillat, cuya juventud fue segada por la vesania de la tiranía trujillista, empujando a su progenitor a un estoico ayuno final.
Pero es en el fuste civilista del doctor Julio César Castaños Espaillat donde la estirpe alcanza su cenit republicano. Magistrado de verbo encendido, tres veces rector de la centenaria Universidad Autónoma de Santo Domingo y guardián de la ley como Procurador General de la República, su impronta no fue un accidente de la fortuna, sino el magisterio vivo de una aristocracia del talento. Esa antorcha, lejos de extinguirse en las penumbras del olvido, se prolonga hoy con igual prestancia jurídica y académica en sus descendientes, confirmando que Moca sigue siendo el vientre fecundo de ciudadanos que le dan lustre e hidalguía a la posteridad de la Patria."
MOCA, LA TIERRA NATAL QUE VIO NACER A LOS CASTAÑOS ESPAILLAT
Moca es, ante todo, una matrona de bronce y de labranza; es la Villa heroica del Cibao, un crisol donde la voluntad humana desafió los rigores del destino y talló, en el corazón de la provincia Espaillat, una estirpe de hombres singulares. Hablar de la mocanidad es convocar, desde los pliegues de nuestra historia, una simbiosis perfecta entre la luz del intelecto y la fiereza del acero; una rara y admirable conjunción donde el libro y la espada no se excluyen, sino que se complementan con un ritmo casi providencial.
En el paisaje moral de esta heredad, el hombre mocano se perfila con los perfiles nítidos de un carácter indómito. Hay en él un valor espartano, una sobriedad en el sacrificio que evoca las Termópilas antiguas. Moca no ha sido nunca tierra de rodillas ni de silencios cómplices. Cuando la tiranía pretendió ensombrecer el firmamento de la patria, fue la juventud de esta llanura feraz la que opuso su pecho desnudo a la metralla, rubricando con su sangre como en la gesta heroica del 2 de mayo de 1861 o en el tiranicidio de 1899 el acta de nuestra dignidad irrevocable. El mocano no teme a la muerte porque ama la libertad con una pasión mística, casi ascética, que subordina el bienestar material al imperio de los altos principios.
Pero este valor civil, de rancia estirpe guerrera, no es fruto de la barbarie ciega, sino el heraldo de una profunda vocación humanística. Moca es, por antonomasia, cuna de letrados, Atenas del Cibao, donde el surco de la tierra se confunde con el surco del pensamiento. Sus hijos de la estirpe de Julio César Castaños Espaillat, Julio Jaime Julia, Artagnan Pérez Méndez, Adriano Miguel Tejada, entre otros, han cultivado las letras, las leyes y las ciencias con el mismo fervor con que sus agricultores fecundan el oro negro de sus campos. De sus entrañas han brotado juristas de fuste, tribunos de elocuencia encendida y estadistas que supieron trazar el rumbo de la República con mano firme y pluma pulcra. El hombre mocano lee para ser libre y combate para defender lo aprendido; sus bibliotecas son arsenales del espíritu, y sus campos de labranza, monumentos a la laboriosidad.
En el paisaje moral de esta heredad, el hombre mocano se perfila con los perfiles nítidos de un carácter indómito. Hay en él un valor espartano, una sobriedad en el sacrificio que evoca las Termópilas antiguas. Moca no ha sido nunca tierra de rodillas ni de silencios cómplices. Cuando la tiranía pretendió ensombrecer el firmamento de la patria, fue la juventud de esta llanura feraz la que opuso su pecho desnudo a la metralla, rubricando con su sangre como en la gesta heroica del 2 de mayo de 1861 o en el tiranicidio de 1899 el acta de nuestra dignidad irrevocable. El mocano no teme a la muerte porque ama la libertad con una pasión mística, casi ascética, que subordina el bienestar material al imperio de los altos principios.
Pero este valor civil, de rancia estirpe guerrera, no es fruto de la barbarie ciega, sino el heraldo de una profunda vocación humanística. Moca es, por antonomasia, cuna de letrados, Atenas del Cibao, donde el surco de la tierra se confunde con el surco del pensamiento. Sus hijos han cultivado las letras, las leyes y las ciencias con el mismo fervor con que sus agricultores fecundan el oro negro de sus campos. De sus entrañas han brotado juristas de fuste, tribunos de elocuencia encendida y estadistas que supieron trazar el rumbo de la República con mano firme y pluma pulcra. El hombre mocano lee para ser libre y combate para defender lo aprendido; sus bibliotecas son arsenales del espíritu, y sus campos de labranza, monumentos a la laboriosidad.
Esa es la idiosincrasia mocana: una amalgama de austera disciplina, orgullo legítimo y devoción por la cultura. Hombres de palabra empeñada y de mirada vertical, que llevan en el alma la gravedad del patriciado y en las manos la fuerza del trabajador incansable. Moca no es solo un punto geográfico en la geografía dominicana; es un estado del espíritu, una reserva perenne de valor espartano de Ramón Cáceres, Horacio Vásquez y Antonio de la Maza, y con sus luces intelectuales vigila, desde el corazón del Cibao, el destino sagrado de la nación.
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