«La vida es el conjunto de aciertos que, dentro de todos los intentos, dignifican quienes somos. Nuestras obras están inscritas en el corazón de aquellos que recuerdan con gratitud y en la precisión de las tareas pendientes que pasan de nuestras manos a las futuras generaciones; así como padres, somos la calidad con que actúan nuestros hijos».
Don Ramón Edilio Rodríguez Luna, a quien todos conocimos entrañablemente como el Dr. Fausto, nació el 20 de septiembre de 1936 en el municipio de Jánico. Su segundo nombre se debió a que, según el Almanaque Bristol, ese día se celebraba a San Fausto y San Eustaquio; apelativo que lo acompañaría toda la vida. Fue el hijo primogénito de don Ramón Edilio Rodríguez —quien fuera síndico de Jánico y de San José de las Matas durante la era de Trujillo— y de doña Caridad Luna, a quien cariñosamente llamaban Cachán. Siendo apenas un niño, sus padres se trasladaron a San José de las Matas, donde creció junto a sus cuatro hermanos: Lidia, Rafael, Martha y Pedrito.
Cuando se supo la noticia de que el Dr. Fausto había muerto, el rumor de la tristeza se fue regando en el viento de casa en casa: en los colmados, en los cruces de caminos, en los arroyos, en los puentes, en el monte y en los ríos. El sentimiento revivió en el recuerdo de los mayores y pronto se supo en toda la cordillera que, en la noche, se había ido quien mejor supo defenderla. Como gratitud por la suerte que tuve de conocerlo, guardo fuera de mi memoria los tesoros del recuerdo.
Un amigo mayor, amante de la ciencia, la naturaleza y sus reinos, es una fuente de luz y una ventaja para todo joven que, como yo, sea curioso y tenga deseos de aprender. Agradeceré siempre poder escuchar sobre la vida y obra de un hombre que, por sus dones y dedicación, tenía bien claro el cómo, el cuándo y el dónde; una persona con la cual se aprendía dialogando y observando su quehacer.
Cuenta don Salvador Franco que, cuando eran niños, fueron compañeros de escuela e iban juntos al saltadero de Arroyo Hondo y luego a marotear mangos.
En 1975, preocupado por la deforestación y el bajo caudal de los ríos, publicó un pequeño libro titulado Se mueren nuestros ríos.
He tenido la suerte de conocer personas notables y quiero dejar constancia, en los días que Dios me permita, de quienes me inspiraron y motivaron a poner todo el empeño en lo que me toca hacer.
Los médicos son seres queridos en sus pueblos porque asisten en las enfermedades y alivian los dolores de tantos.
Conocí al Dr. Fausto en una consulta a la que llevé a mi hijo Ricardo Ariel. De inmediato me llamó la atención la claridad de su exploración por las preguntas que me hacía.
Siempre que nos encontrábamos en la calle me presentaba ante sus conocidos y decía: «Este es el maestro Toribio, es un hombre talentoso y dedicado a hacer bien su trabajo».
Su casa y su patio eran para él un ecosistema que crecía bajo la observación cuidadosa; llevaba un registro de todos los cambios en cada árbol, arbusto, grama y hojas.
Fue también un amante y conocedor de la ganadería, donde hizo aportes significativos en la selección y apareamientos para mejorar las razas.
La vida le dio familia y la bendición de buenos hijos.
Asimismo, una vez en Santiago, me encontré con el fotógrafo don Natalio Pura, artísticamente conocido como Apeco.
Un día le pregunté por qué los cítricos estaban siendo atacados por una plaga que destruía su producción.
Me explicó que la solución ideal consistía en tomar aves endémicas del lugar y criar sus pichones en cautiverio.
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