Regresamos. Del mar, de la montaña, de los patios de los abuelos, del silencio que a veces solo la Semana Santa sabe dar. Con el cansancio bueno de los niños dormidos en el asiento trasero, con esa rara sensación de que el tiempo fue, por unos días, nuestro. Y entonces el lunes llega, como siempre llega, con sus cuentas pendientes.
Y aprovecho ese momento —ese instante breve entre el descanso y la rutina— para hacerme la pregunta: ¿qué país estamos construyendo realmente?
No el que describimos en los discursos. El que existe.
El que existe es un país que tuvo una de las economías de más rápido crecimiento de la región durante las dos últimas décadas. Con una posición geográfica envidiable en el centro del Caribe. Con una diáspora de más de dos millones de personas altamente conectadas al mundo, y sin una política de Estado que las convierta en palanca de desarrollo, más allá del envío de remesas.
Llevamos años confundiendo sobrevivir con competir, y no es lo mismo.
La competitividad no es un concepto de economistas. Es la capacidad de un país de ofrecerle a su gente razones concretas para quedarse, para invertir, para apostar por el futuro aquí y no en otro lado. Cuando esa capacidad falla, no hay discurso que la sustituya. La gente vota con los pies, con el capital, con los hijos que manda a estudiar afuera y que no regresan.
Aristóteles entendía que el ser humano se realiza en comunidad. Que ningún proyecto personal alcanza plenitud en el aislamiento. Pero también advertía que la comunidad tiene obligaciones hacia el individuo, tanto como el individuo hacia la comunidad. La pertenencia no se impone; se construye.
Y eso obliga a una reflexión: un Estado que no crea las condiciones para que su gente prospere, ¿qué puede esperar?.
Los hechos hoy nos muestran que una empresa que quiere crecer se enfrenta con una burocracia que no fue diseñada para que las cosas sucedan rápido. Un joven con talento en tecnología, en ciencias, en manufactura avanzada, descubre que el mercado que lo puede absorber está en otro país. Son problemas de política pública. Y lo más preocupante no es que existan. Es que cinco años es tiempo más que suficiente para haber avanzado en soluciones reales.
El país no está limitado por falta de capacidad. Está limitado por falta de decisiones sostenidas.
El aguante no es una política pública. Y la resiliencia de un pueblo no puede ser la excusa permanente de sus gobernantes.
Lo que preocupa no es el corto plazo. Es el hábito. Cuando una sociedad se acostumbra a funcionar a pesar del Estado en vez de con el Estado, desarrolla una forma de resolver que es heroica en lo individual y devastadora en lo colectivo. Cada quien compra su inversor o planta eléctrica, su propia cisterna de agua, su propia red de contactos para navegar la burocracia.
El resultado es un país lleno de personas extraordinariamente creativas para sobrevivir, que dedican una enorme parte de su energía a compensar lo que debería estar resuelto.
Esa energía podría estar en otra parte. En innovar. En producir. En competir con el mundo.
Un país seguro en sus calles, en sus contratos, en sus instituciones no es un lujo. Es la condición base para que todo lo demás funcione. Sin seguridad no hay inversión sostenida. Sin inversión no hay empleo de calidad. Sin empleo de calidad no hay clase media que crezca. Sin clase media que crezca, no hay democracia que se profundice. Todo está conectado, y quien gobierne este país en 2028 va a tener que entender esa cadena completa, no solo administrar cada eslabón por separado.
Ray Dalio ha planteado que los sistemas se deterioran cuando pierden la capacidad de enfrentar la realidad con honestidad y de corregir su rumbo a partir de esa lectura. No colapsan de golpe. Se desgastan gradualmente, normalizando lo que no debería serlo.
Ese es el verdadero riesgo: no que no sepamos qué hacer, sino que nos acostumbremos a no hacerlo.
La virtud, decía Aristóteles, no es un discurso. Es un hábito. Un país íntegro no se construye en momentos excepcionales. Se construye los lunes. En los miles de lunes en que las instituciones funcionan, en que las reglas se cumplen, en que el esfuerzo se premia y en que el talento encuentra razones para quedarse.
Ese es el país que me imagino cuando regreso de Semana Santa y me permito, por un momento, dejar de ver lo que es y pensar en lo que puede ser.
La semana empieza. Lo que hagamos con ella importa más de lo que creemos.
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