Desolación es la palabra que preside el sombrío universo de Juan Rulfo, un escritor que es, como pocos, indisociable de su obra. Juan Rulfo nació en 1917, en Apulco, uno de los lugares en el que tienen origen sus historias, en el sur de Jalisco y el norte de Colima, dos estados fronterizos castigados por la revolución y las guerras cristeras que azotaron la región entre 1910 y1929. El escenario de «El llano en llamas» es el mismo en que ocurre el traumático asesinato de su padre en el en 1923, cuando Rulfo apenas contaba con seis años de edad. Las llamas que esa noche iluminaron el llano eran de las teas o antorchas de los cientos de personas que vinieron de noche por el llano del pueblo de Apulco, en Jalisco, a congregarse en el sepelio. Pero no solamente el llano, sino toda la región estaba en llamas.

Aparte del padre de Rulfo (y aparte de la guerra, el despojo, la devastación de su lugar de origen, de haciendas y campos arruinados), también el abuelo había sido asesinado por la espalda. Su familia, una familia de terratenientes, cayó en desgracia, en la ruina, por causa de los largos años de conflicto. A la ruina siguió, o contribuyó, el asesinato de otros miembros y la desintegración familiar. Una vez muerto su padre, Rulfo se mudó con su madre y hermanos al pueblo de San Gabriel (que también será escenario de sus historias), pero cuatro años después, en 1927, le tocó morir a la madre y Rulfo fue a parar al orfanato de Guadalajara:

«Allí en ese orfelinato y luego de la muerte de mi mamá conocí la verdadera soledad y aprendí a deprimirme. Desde entonces una cierta tristeza me habita».

Durante toda la infancia y mocedad de Juan Rulfo, la violencia ejercía su dominio, se convirtió en la fuente nutricia de su obra. Por eso el tema es siempre la violencia, la violencia evidente o solapada. La aridez del paisaje y de las ánimas, la ruina del entorno. Siempre desolación, ruina, pobreza, tierras áridas, tristes, barridas muchas veces por borrascas, las tierras de los pobres, las pobres tierras donde apenas crece el maíz y los frijoles, un viento frío o caliente, aguas severas… A veces o casi siempre el mal tiempo y las calamidades interminables.

Juan Rulfo vivió, pues, y padeció lo mismo que cuenta en sus narraciones con esa voz cansada o apagada, desencantada, melancólica, introspectiva, pesimista, poética, la voz del narrador en primera persona que predomina en la obra de Rulfo, la voz con la que explora y escarba en los sentimientos de culpa, en los infinitos remordimientos que parecen traerse siempre sus personajes e incluso el mismo Rulfo.

Normalmente es un narrador en primera persona el que cuenta, un narrador cansado, con una voz que muchas voces parece susurrar y decir cosas muy parcas, con extraordinaria economía de palabras. Rulfo es eso, un narrador minimalista que emplea palabras precisas, contundentes y precisas, con una acentuada vena poética y un tono apenas audible en ocasiones, como si los personajes murmullaran o susurraran. Toda la obra está hecha de murmullos y de voces, una obra polifónica (nada más extraordinario que la polifonía y el ruido de fondo en Pedro Páramo). Agréguese a eso un estilo y vocabulario rico de regionalismos y mexicanismos, y una imaginación, un ritmo, una cadencia inconfundibles. «Una proeza lingüística», como ha dicho Octavio Paz.

La economía de palabras no le resta eficacia a la representación de los conflictos. Con pocos trazos capta la esencia del paisaje, describe o pinta de cuerpo entero una situación y un personaje:

«—¿De modo que fui yo? le pregunté. ¿Y quién más? Odilón y yo éramos sinvergüenzas y lo que tú quieras, y no digo que no llegamos a matar a nadie; pero nunca lo hicimos por tan poco. Eso sí te lo digo a ti.

»La luna grande de octubre pegaba de lleno sobre el corral y mandaba hasta la pared de mi casa la sombra larga de Remigio. Lo vi que se movía en dirección de un tejocote y que agarraba el guango que yo siempre tenía recargado allí. Luego vi que regresaba con el guango en la mano.
»Pero al quitarse él de enfrente, la luz de la luna hizo brillar la aguja de arria, que yo había clavado en el costal. Y no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé».

Igual que las voces son los personajes, seres que a veces parecen sombras, personajes fantasmales, etéreos. Puras sombras, unas sombras rebosantes de muerte que se obstinan en no morirse, personajes brumosos de mal genio, sin sentido del humor. Casi nadie ríe o parece reír en esas historias, y cuando ríe lo hace con una risa malsana. Rulfo no ríe. Rulfo es un personaje de su obra.

Rulfo es casi lo mismo que su obra, alguien que comparte con sus personajes una identidad visceral, una inmensa raigambre telúrica, una misma culpa, una misma memoria.

«Luego luego se engarruñó como cuando da el cólico y comenzó a acalambrarse hasta doblarse poco a poco sobre las corvas y quedar sentado en el suelo, todo entelerido y con el susto asomándosele por el ojo.

»Por un momento pareció como que se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo.

»Entonces vi que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.

»Ya debía haber estado muerto cuando le dije:

»—Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces. Yo andaba por allí cuando él se murió, pero me acuerdo bien de que yo no lo maté. Fueron ellos, toda la familia entera de los Alcaraces. Se le dejaron ir encima, y cuando yo me di cuenta, Odilón estaba agonizando. ¿Y sabes por qué? Comenzando porque Odilón no debía haber ido a Zapotlán. Eso tú lo sabes. Tarde o temprano tenía que pasarle algo en ese pueblo, donde había tantos que se acordaban mucho de él. Y tampoco los Alcaraces lo querían. Ni tú ni yo podemos saber qué fue a hacer él a meterse con ellos.
»«Fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprar mi sarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. Él lo hizo por jugar. Se veía que lo había hecho por divertirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban borrachos. Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. De eso murió.

»»Como ves, no fui yo el que lo mató. Quisiera que te dieras cabal cuenta de que yo no me entrometí para nada.»

»Eso le dije al difunto Remigio.

»Ya la luna se había metido del otro lado de los encinos cuando yo regresé a la Cuesta de las Comadres con la canasta pizcadora vacía. Antes de volverla a guardar, le di unas cuantas zambullidas en el arroyo para que se le enjuagara la sangre. Yo la iba a necesitar muy seguido y no me hubiera gustado ver la sangre de Remigio a cada rato.

»Me acuerdo que eso pasó allá por octubre, a la altura de las fiestas de Zapotlán. Y digo que me acuerdo que fue por esos días, porque en Zapotlán estaban quemando cohetes, mientras que por el rumbo donde tiré a Remigio se levantaba una gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cohetes.

»De eso me acuerdo»..

(La cuesta de las comadres – Juan Rulfo – Ciudad Seva – Luis López Nieves, https://share.google/90b4uamPT9fVrF3An)

Pedro Conde Sturla

Escritor y maestro

Profesor meritísimo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), publicista a regañadientes, crítico literario y escritor satírico, autor, entre cosas, de ‘Los Cocodrilos’ y ‘Los cuentos negros’, y de la novela histórica ‘Uno de esos días de abril.

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