I El ensayo publicado por Michèle Mendelssohn y Charlie Tyson enThe Guardian, el pasado 26 de julio —"Why Does Everything Feel So Joyless? Welcome to the Age of Decadence Without Pleasure"("¿Por qué todo se siente tan carente de alegría? Bienvenidos a la era de la decadencia sin placer")— parte de un diagnóstico tan sencillo como inquietante: las sociedades occidentales parecen estar perdiendo no solo el deseo sexual, sino la capacidad misma de experimentar el deseo como fuerza orientadora de la existencia.
Los autores relacionan ese fenómeno con el aumento de la soledad, la hiperconectividad digital, el consumo compulsivo de pantallas, el debilitamiento de las relaciones afectivas estables y el creciente desinterés de las nuevas generaciones por proyectos de vida duraderos, como la pareja, la familia o la maternidad y la paternidad.
La paradoja de nuestro tiempo resulta entonces, a su juicio, en que nunca habíamos dispuesto de tantos estímulos y posibilidades de satisfacción inmediata y, sin embargo, pocas épocas habían conocido una sensación tan extendida de apatía, vacío y pérdida de entusiasmo vital.
El diagnóstico merece ser tomado en serio. No solo por la agudeza con que describe algunos de los síntomas más visibles de la cultura contemporánea, sino porque conduce al lector hacia una transformación antropológica de mayor alcance. También porque el deseo deja de aparecer como un simple impulso psicológico para revelarse como una condición constitutiva de la existencia humana.
Sin embargo, reconocido lo anterior, la mayor virtud del artículo quizá no resida en lo que afirma expresamente, sino en lo que solo deja entrever.
II Mendelssohn y Tyson no hablan únicamente del deseo.
También sugieren, aunque sin desarrollarlo, que nuestra civilización podría estar perdiendo la disposición interior que hace posible proyectarse hacia el futuro.
Allí donde otras épocas organizaron su existencia en torno a grandes ideales —la salvación, el progreso, la revolución, la nación o el desarrollo—, la nuestra parece instalarse en un presente anodino y continuo, administrado por tecnologías y algoritmos que anticipan nuestras preferencias antes incluso de que lleguemos a formularlas.
El problema ya no consistiría únicamente en que deseemos menos, sino en que hemos comenzado a prescindir del propio acto de desear.
Es precisamente ahí donde el ensayo adquiere una dimensión filosófica que trasciende su planteamiento inicial.
Durante siglos, la filosofía entendió el deseo como una fuerza constitutiva del ser humano. Platón lo vinculó con la búsqueda del bien; Aristóteles, con la realización de la vida buena; san Agustín, con la inquietud permanente del corazón; Spinoza hizo del conatus el principio mismo de la existencia; Schopenhauer identificó la voluntad como el fondo último de la realidad; Nietzsche vio en la voluntad de poder el impulso creador; Freud interpretó el deseo como la energía fundamental del psiquismo; y René Girard mostró que incluso nuestros deseos se configuran en relación con los otros.
Desde perspectivas muy distintas, todos compartían una misma intuición: el ser humano es un ser que desea porque vive orientado hacia aquello que todavía no posee y porque, precisamente por ello, permanece abierto al futuro.
El ensayo de The Guardian no lo afirma explícitamente, pero deja entrever que esa condición antropológica podría estar modificándose. Precisamente ahí aparece también el principal límite de su planteamiento.
El texto describe con notable perspicacia el debilitamiento contemporáneo del deseo, pero apenas se interroga por su causa última. Tal vez esta no sea únicamente psicológica ni sociológica, sino histórica.
La crisis del deseo podría ser, en realidad, la manifestación visible de una crisis más profunda: una crisis de historicidad.
Una comunidad vive históricamente cuando es capaz de proyectarse más allá de sí misma, transformar la experiencia heredada en expectativas de futuro y convertir el porvenir en un horizonte de acción colectiva. Cuando esa capacidad se debilita, la historia no desaparece; desaparece la conciencia de estar haciéndola. Las sociedades continúan produciendo, consumiendo e innovando, pero dejan de concebir el futuro como una obra abierta de la libertad y comienzan a experimentarlo como la simple prolongación administrada del presente. Esa observación admite, sin embargo, un importante matiz.
La tradición occidental ha tendido a concebir el deseo como motor de la acción y del progreso histórico. Buena parte de las tradiciones orientales, por el contrario, han visto en el dominio del deseo —cuando no en su renuncia— un camino hacia la libertad interior. No se trata de una oposición absoluta, sino de dos maneras distintas de comprender la relación entre la plenitud humana y el tiempo. Precisamente por ello, la crisis descrita por The Guardian parece referirse, sobre todo, a una crisis de la sensibilidad histórica propia de Occidente.
Desde esa perspectiva, el problema ya no consiste simplemente en que los individuos deseen menos. Consiste en que las sociedades parecen haber perdido la facultad de imaginar un futuro cualitativamente distinto del presente.
La aceleración tecnológica, la lógica algorítmica y la gratificación inmediata no solo reducen la espera; también erosionan la imaginación histórica. Cuando todo se organiza para satisfacer el instante, el porvenir deja de ser un proyecto y se convierte en una sucesión de presentes. El deseo se atrofia porque pierde el horizonte temporal que le daba sentido.
Quizá ahí resida el verdadero desafío de nuestra época.
No asistimos únicamente a una decadencia del deseo, sino al debilitamiento de la tensión histórica que durante siglos impulsó a las civilizaciones a fundar ciudades, crear instituciones, descubrir nuevos mundos, construir catedrales, redactar constituciones o imaginar formas inéditas de convivencia. Una humanidad que deja de desear comienza también a renunciar a la posibilidad de hacer historia.
III. Así, pues, el ensayo de Mendelssohn y Tyson en The Guardian posee el mérito de haber identificado un malestar profundo de nuestro tiempo. Pero el fenómeno que describe acaso sea todavía más radical de lo que sus propios autores alcanzan a formular.
No estamos únicamente ante una crisis del deseo; estamos, sobre todo, ante una crisis de historicidad.
Allí donde el ser humano deja de proyectarse hacia el futuro, la historia deja de ser creación para convertirse en mera administración del presente. El deseo constituye, en primera y última instancia, una forma de conciencia histórica: la capacidad de imaginar un mundo distinto del heredado y orientar la acción hacia su realización.
Cuando esa capacidad se extingue, no solo se empobrece la vida individual; se empobrece también la libertad creadora de las sociedades.
Porque la historia no es únicamente aquello que acontece a los pueblos, sino aquello que los pueblos son capaces de hacer con lo que les acontece. Solo cuando una comunidad imagina un futuro distinto del presente y actúa para realizarlo, el tiempo se convierte verdaderamente en historia. Allí donde desaparece esa capacidad de desear el porvenir, comienza el eclipse de la historicidad.
La libertad histórica consiste, en definitiva, en transformar la herencia recibida en una posibilidad creadora de futuro. Mientras el ser humano conserve esa capacidad de desear un porvenir distinto del presente, la historia permanecerá abierta. Cuando la pierda, comenzará el verdadero crepúsculo de la condición histórica de nuestra civilización.
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