El Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe fueron conceptos que moldearon la expansión y la política exterior estadounidense del siglo XIX. En la actualidad, bajo Trump, estas ideas han sido resucitadas y adaptadas a un escenario global más complejo, con un enfoque renovado en el dominio hemisférico, la contención de potencias emergentes y un activismo militar y diplomático más agresivo.

Aunque criticado por muchos como una forma de neocolonialismo, el renacimiento de estas doctrinas subraya que, para algunos líderes, la historia sigue siendo una herramienta poderosa para justificar la política exterior contemporánea.

La construcción de la política exterior estadounidense del siglo XIX descansó sobre dos ideas poderosas: el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe. Aunque distintas en su formulación inicial, ambas compartían una visión expansiva del papel de Estados Unidos en el continente americano y, con el tiempo, en el mundo. En 2025–2026, el presidente Donald Trump las ha revivido y adaptado en una reinterpretación que busca justificar una política exterior más agresiva en el hemisferio occidental y más allá.

El Destino Manifiesto no fue una doctrina oficial del Estado, sino una creencia ideológica surgida en la década de 1840 que defendía que Estados Unidos estaba destinado —incluso por mandato divino— a expandirse por el continente norteamericano. El término fue acuñado en 1845 por el columnista John L. O’Sullivan para justificar la anexión de Texas y la expansión hacia el oeste, defendiendo que dicha expansión era un derecho moral y una misión providencial.

Esta visión combinaba varios elementos: la creencia en la superioridad de las instituciones y la cultura estadounidenses, la idea de una misión histórica para “civilizar” territorios considerados salvajes o atrasados y la convicción de que esta expansión traería progreso político y económico.

El Destino Manifiesto sirvió de justificación para eventos históricos clave, como la guerra entre Estados Unidos y México (1846–1848), que culminó con la cesión de vastos territorios mexicanos al control estadounidense.

Ocho años antes del auge del Destino Manifiesto, en 1823 el presidente James Monroe proclamó lo que se conocería como la Doctrina Monroe. Redactada en parte con la asesoría del secretario de Estado John Quincy Adams, su propósito fue definir una política continental frente a las potencias europeas.

En el contexto posterior a las guerras de independencia de América Latina, Monroe declaró que cualquier intervención europea en el hemisferio occidental sería vista como una amenaza a la seguridad y los intereses de Estados Unidos. A cambio, Estados Unidos se comprometía a no inmiscuirse en los asuntos internos europeos.

Aunque inicialmente era una postura defensiva, la doctrina fue reinterpretada más tarde. A principios del siglo XX, con el ascenso del poder militar y económico estadounidense, el presidente Theodore Roosevelt añadió su famoso “Corolario Roosevelt”, que legitimaba la intervención estadounidense en América Latina para “ordenar” países considerados incapaces de mantener estabilidad.

Esta reinterpretación transformó a la Doctrina Monroe de una simple advertencia contra fuerzas europeas a una justificación para intervenciones directas, ocupaciones y políticas de “policía hemisférica” en países como Nicaragua, Haití y Cuba durante las primeras décadas del siglo XX.

Ambas doctrinas, con el tiempo, se convirtieron en pilares ideológicos que justificaron la expansión territorial, el intervencionismo y la hegemonía estadounidense en el continente.

En 2025–2026, el presidente Donald Trump ha vuelto a invocar tanto el Destino Manifiesto como la Doctrina Monroe, aunque con matices propios. En su discurso de investidura y posteriores declaraciones, Trump ha hablado de continuar el “destino manifiesto” estadounidense no solo en el continente sino “hasta las estrellas”, incluso mencionando la exploración humana de Marte como símbolo de expansión.

Pero el cambio más significativo es su reinterpretación de la Doctrina Monroe, a la que incluso ha rebautizado como “Doctrina Donroe”, combinando el nombre Monroe con su propio liderazgo.

En esta versión, la doctrina no solo busca impedir la interferencia europea, sino reclamar un liderazgo hegemónico de Estados Unidos sobre todo el hemisferio occidental, enfrentando lo que percibe como amenazas externas, como la influencia económica y estratégica de China y Rusia.

Trump ha aplicado esta reinterpretación de forma explícita en acciones como la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, que fue justificada como parte de una actualización de la Doctrina Monroe para proteger los intereses de seguridad estadounidense en la región.

Además, ha vinculado esta doctrina con políticas de seguridad fronteriza, combate al narcotráfico y control migratorio, extendiendo su alcance mucho más allá de la mera contención de potencias europeas.

Rafael Alvarez de los Santos

Escritor y educador

Escritor y educador. Autor de las obras, Vivencias en broma y en serio y La Sociedad de la Nada. Twitter: @locutor34 Facebook: vivencias en broma y en serio

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