“El pensamiento precede a la acción como el relámpago precede al trueno.”
—Heinrich Heine
Una cultura se vuelve universal no cuando abandona su lugar de origen, sino cuando consigue convertir ese lugar y a sus habitantes en una metáfora del hombre.
Esa frase no es una consigna patriótica. Es un método heurístico que, con el tiempo, he elevado a la concepción estética. Poner una obra dominicana a dialogar, de igual a igual, con otra reconocida como universal en el gran teatro del mundo no pretende demostrar que nos parecemos por aquello de que todos somos humanos. Nada de eso. Pretende más bien comprobar si una experiencia singular característica de nuestro lar, escudriñada a fondo, puede convertirse en una pregunta para todos en todas las épocas y lugares.
Cada uno de los once ensayos breves que siguen a este antojadizo prólogo en entregas sucesivas por este mismo medio de comunicación –Acento.com— abre una puerta distinta a esa comunión de lo particular y lo universal.
Esos escritos están subdivididos en cuatro secciones conceptuales.
La primera sección consta de tres autores dominicanos y sus contrapartes internacionales, y presenta el principio y fundamento de la vida cotidiana y la subsecuente toma de decisiones que implica afrontar con responsabilidad la existencia humana. Los autores y temas son estos:
– Del balcón a la puerta pone frente a frente dos maneras de vivir el amor. En la Verona de William Shakespeare, el amor se asume como transgresión frente a una herencia que lo prohíbe; en el Caribe de Juan Luis Guerra, el amor se celebra mientras quienes lo viven esperan que ese deseo sea acogido como sentimiento. Dos mundos distintos, en efecto, ante una misma necesidad: encontrar un lugar para el amor.
– De Fausto a Los ángeles de hueso piensa el sujeto. El Fausto de J. W. von Goethe quiere salir de sí para conquistar el mundo; Marcio Veloz Maggiolo descubre que el mundo ya vive dentro de él, poblado de muertos y de memoria. Es, en cierto modo, un Fausto al revés o un Veloz Maggiolo absorto por tantos huesos y ángeles.
– El mal, la libertad y la culpa se adentran en esta cuestión: ¿de dónde proviene el mal y hasta dónde alcanza nuestra libertad y conciencia? A ese propósito se reúnen complementariamente Fiódor Dostoievski, en función del prisma de Los hermanos Karamázov, y Ramón Marrero Aristy, sumergido en el mundo de Over. Ambos perciben la maldad, respectivamente, como fenómeno íntimo y como estructura social. Lo que en uno pesa sobre la conciencia, en el otro recae sobre toda una sociedad.
La segunda sección se centra en la palabra y en la ejemplaridad, tanto del comportamiento humano, como de los valores axiológicos que nos enaltecen al andar.
– Las economías opuestas del sentido se fijan en la palabra. ¿Qué relación existe entre la palabra y aquello que la palabra nombra? Guillermo de Ockham se hizo esa pregunta en el siglo XIV, pues desconfiaba del lenguaje como velo. José Mármol desconfía del silencio como amputación y, por tanto, la convierte, desde la poesía y el pensamiento contemporáneo, en una experiencia del lenguaje. Aquel pregunta qué existe realmente; este, qué ocurre con nosotros cuando las palabras intentan expresar lo real.
– Del castillo a la mancha indeleble, piensa el poder. Franz Kafka lo coloca lejos, en un castillo al que nunca se consigue llegar; Juan Bosch lo acerca hasta convertirlo en una marca que amenaza con quedarse en la frente. Dos formas distintas de una misma pérdida: la de la identidad frente a un poder que termina definiendo al individuo.
La tercera sección nos lleva de la mano por el sacrificio, la agonía y la muerte, al mismo tiempo que nos desnuda el acento de la luz. A ese propósito cabe resaltar:
– Entre Auschwitz y el Masacre, nos regresan a la valía del testimonio y de lo que ocurre cuando la violencia deja de ver personas y comienza a advertir categorías. Frente a esa deshumanización, la literatura cumple una tarea elemental y decisiva: devolverles un rostro, tanto en el recuento de Freddy Prestol Castillo, como en el balance del sobreviviente Primo Levi. La belleza de la literatura pasa así, como todos nosotros, por circunstancias particularmente trágicas, pero sin por ello dejar de expresar la envergadura universal de la herida mortal que las origina.
– Náufragos esperando a Godot piensa la espera. Samuel Beckett coloca a dos hombres en un camino aguardando a quien no llega; José Enrique García pone a sus náufragos en una taberna de Santo Domingo, descubriendo que el barco ya se ha hundido. En ambos casos, esperar, además de desafiar un absurdo, también es enfrentarse a una ausencia.
– Del Canal de la Mancha al Caribe, ida y vuelta, nos lleva de las coincidencias y divergencias entre el hombre de biblioteca y el estadista, entre la figura literaria y la figura histórica. Winston Churchill y Joaquín Balaguer conducen finalmente a ese mismo punto: la vida humana no se agota en la conciencia individual ni en la conquista del poder. Termina siempre encontrándose con los otros, para ser condenados o redimidos por la coincidencia de sus palabras y sus acciones.
La cuarta y última sección se centra en la transfiguración de toda la vida y el disfrute de tantos logros y batallas finales. Los temas del último momento de este contrapunteo son:
– El lar de nuestras refriegas y el terruño de nuestras andanzas en los que se idea la vida y se piensa la tierra. La Mancha reveló a Miguel de Cervantes; el Cibao devela a Manuel Del Cabral. El paisaje no es aquí un simple escenario, pues contiene una manera de habitar el mundo. El conuco cibaeño, al igual que el espacio de La Mancha, terminan conteniendo al hombre que muere cuerdo, aunque vive enloquecido por su tierra, sus ideales y sus pasiones.
– De la tradición a la libertad, piensa con la memoria. T.S. Eliot descubre que nadie escribe completamente solo; Pedro Henríquez Ureña convierte esa herencia en tarea americana; y Jorge Luis Borges la transforma en libertad. Ninguno pide permiso para apropiarse de lo heredado. Cada uno hace del mundo una posibilidad desde su propia casa.
Son diez experiencias del legado dominicano que no necesitan pasaporte europeo ni visa estadounidense. 10 maneras diversas de mostrar que la isla, cuando se la mira hondo, adquiere una dimensión universal.
Pero el recorrido no termina ahí.
Después de las decisiones, el amor, la culpa, la violencia, la tierra, el sujeto, el poder, la espera y la tradición, aparece una pregunta aún más antigua y elemental: ¿qué hacemos juntos con lo que somos y con lo que tenemos?
Ahí comienza, a modo de epílogo, La comunión.
Porque no solo la paz puede convertirse en silencio. Tampoco el pan, por sí solo, garantiza la justicia. Puede haber paz sin fraternidad y pan sin compartir. Lo que hace posible la vida en común es algo más profundo: que la existencia del otro encuentre un lugar junto a la mía.
La adaptación de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven, sobre la Oda a la alegría de Friedrich Schiller, dio origen al Himno a la Alegría. Juan Luis Guerra, por su parte, sembró esa exultación en el conuco familiar, acompañada por un coro infantil, en Ojalá que llueva café en el campo. Uno elevó los ojos hacia la fraternidad; el otro los alzó hacia la hospitalidad de una tierra fecunda, donde el café y la lluvia hacen posible el arraigo y la vida cotidiana.
Uno dice: somos hermanos. El otro responde: entonces hagámoslo realidad. Porque la fraternidad sin pan corre el riesgo de convertirse en retórica, del mismo modo que el pan sin fraternidad puede terminar convertido en acumulación.
La comunión es la mesa donde ambas cosas se encuentran. Y esa mesa es, acaso, el verdadero final de Del conuco al mundo.
No la culpa ni el castillo. No la desesperación ni la muerte. No la perversidad, ni siquiera las aguas turbias de un río fronterizo manchado de sangre. Sino la mesa donde se sientan los cuerpos; donde comparecen el hambre y la esperanza de toda la condición humana; donde se reparte el pan y se bebe café con quietud y alegría. Allí donde cada uno comienza a formar parte de nosotros y el extranjero deja de serlo cuando la vida del otro encuentra un lugar junto a la nuestra.
Justo ahí, la comunión deja de ser una palabra abstracta y se convierte en una forma de esperanza compartida. Mientras tanto, el deseo se vuelve proyecto común, la paz se siembra, el pan repartido alcanza a todos y la comunión —esa vieja manera dominicana de compartir lo poco para que alcance a muchos— se transfigura en una forma singular y decorosa de estar presentes en la historia universal de este mundo.
Pensándolo bien, quizá de eso se trata a fin de cuentas: de hacer del lugar que habitamos una mesa, y de la vida ahí compartida la razón para esperar siempre lo mejor.
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