A partir de la década del noventa, en el escenario de la globalización de los mercados, los tratados de libre comercio de Estados Unidos con otros países, la competitividad y, el auge de la revolución tecnológica, se configuró un nuevo orden económico mundial que permitía a las empresas y capitales trasladarse a otras naciones con condiciones salariales y derechos laborales más favorables para las grandes empresas y los capitales multinacionales.
En este contexto, las grandes empresas manufactureras, textiles y, automotrices de los Estados Unidos iniciaron la transición hacia la deslocalización, desindustrialización de grandes ciudades y la perdida de los empleos en las comunidades. En particular, ciudades como Detroit, Cleveland, Baltimore, inclusive New York, fueron ejemplos del traslado de las industrias hacia México, China y el abandono de las zonas industriales en las ciudades estadounidenses. Como bien ha señalado el sociólogo Manuel Castells, la globalización económica y la revolución tecnológica, aceleró la transición de un capitalismo industrial nacional, basado en el uso intensivo de manos de obras y trabajos manufactureros no cualificados, a un capitalismo informacional fundado en la innovación tecnológica y trabajos basado en el conocimiento más especializados.
Está transición de un capitalismo industrial-nacional a otro posindustrial o, informacional global, produjo un impacto en todas las esferas sociales. Los trabajadores estadounidenses no cualificados, debieron ver como desaparecían sus trabajos de toda la vida. Los que el sociólogo Richard Sennet, llamó la corrosión del carácter o, las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo.
Las ciudades afectadas como New York, debieron hacer frente a esta nueva forma del capitalismo y, pasar de la industrialización a convertirse en ciudades informacionales con una economía de servicios: turísticos, financieros, tecnológicos, salud, transportes y educación, con predominio de una élite empresarial, clase media profesional y, empobrecimiento de los trabajadores no cualificados.
Pero la globalización económica, no sólo impacto a los trabajadores y las ciudades, sino que colonizó la política, forzando al Estado y los partidos a desarrollar una política económica que: a) busca privilegiar al sector privado en detrimento de la propiedad pública, b) reducir la participación del Estado en la regulación económica, c) garantizar la inversión y la competitividad empresarial, d) reducir los déficits fiscales y los gastos de los programas sociales.
En esta coyuntura, los partidos, (demócratas o republicanos), pasaron a convertirse en medios y recursos políticos institucionales, para responder a los imperativos de crecimiento del mercado y las empresas globales, de lo contrario se arriesgan a perder recursos financieros y, los fondos para sus campañas electorales.
En este contexto la presidencia de Clinton (1993-2001), es un buen ejemplo. En la campaña electoral del partido demócrata en 1992, el candidato había prometido estimular la economía de Estado Unidos mediante un plan de inversiones públicas en educación, salud, e infraestructura urbana. Sin embargo, una vez en el gobierno, como ha dicho Michael Sandel, Clinton tuvo que “echar para atrás” y someterse a los “imperativos del mercado y las élites empresariales” -seguir la receta neoliberal- de reducir el gasto público, garantizar la “competitividad” de la inversión y equilibrar los déficits fiscales del Estado mediante la reducción de la inversión pública.
Luego, los dos períodos del liderazgo político republicano de George W. Bush hijo (2001-2009), fueron de los más controvertidos y polarizados en la historia reciente de Estados Unidos. Esta coyuntura estuvo marcada por: 1) por la crisis producida por el atentado a las torres gemelas, el 11 de septiembre del 2001. 2) la prolongada guerra antiterrorista contra Afganistán e IraK. 3) el creciente sentimiento nacionalista, la lucha contra el terrorismo, la migración y, 4) la crisis financiera de 2008.
El 11 de Septiembre de 2001, durante el primer período de gobierno de George W. Bush (hijo), los Estados Unidos fueron sacudidos con el atentado y derrumbe de las Torres Gemelas del World Trade Center de New York, un hecho que concitó el rechazo a nivel internacional y sirvió como recurso para el crecimiento del fervor nacionalista y la guerra contra Afganistán e Irak.
Cuando Bush dejó el cargo, se registraron indicadores económicos en niveles críticos: un aumento del déficit fiscal y del desempleo al 7.2% a nivel nacional. Mientras China, en el 2000, habría entrado al mercado global y se desarrollaba económica y tecnológicamente, Estados Unidos estaba involucrado en una guerra prolongada que desangraba las finanzas públicas, deslegitimaba los partidos, los líderes políticos tradicionales y, polarizaba la sociedad estadounidense.
En esta coyuntura, de profunda crisis económica, política, social y cultural, se produjeron las elecciones de 2009 y, tras una emotiva campana de “Yes, We Can”, (Si Nosotros Podemos: de apelación a la voluntad y al sentido comunitario de los ciudadanos en un país fuertemente polarizado), surge elegido como presidente de los Estados Unidos Barack Obama, el primer presidente de origen afroamericano.
La presidencia del partido demócrata por dos periodos (2009-2017), tendría consecuencias muy profundas y significativas. Frente a la crisis financiera de 2008, desatada por los fraudes inmobiliarios, Obama olvidó sus promesas de campaña y decidió apoyar y rescatar a los bancos y, al centro financiero del World Trade Center que produjeron la crisis, en perjuicios de los propietarios que perdieron sus viviendas.
En el marco de la crisis financiera, el Estado vino al rescate y premió a los estafadores. Como ha señalado Michael Sandel en su texto el descontento democrático, “la administración de Obama decidió rescatar directamente a los grandes bancos y dejar que los propietarios de viviendas hipotecadas soportaran la totalidad de la pérdidas por sí solos”.
La política de rescate al sistema financiero, supuso un enorme agujero fiscal, que desaceleró la economía, produjo la perdida de viviendas, de empleos y profundizó la desconfianza de los trabajadores en el partido demócrata. Obama optó por apoyar la rentabilidad del sistema financiero a nivel mundial, en vez de proteger a los millones de ciudadanos y trabajadores estadounidenses que perdieron sus casas.
Durante los dos periodos de mandato de Obama, se incrementó la polarización cultural e ideológica ente los superricos y los más pobres, demócratas y republicanos, progresistas y conservadores, blancos anglosajones y las minorías afroamericanas y, se crearon las condiciones sociopolíticas que daría origen al primer período de gobierno neopopulista de Donald Trump (2017-2021). ,
Después del trauma social experimentado en el primer período de gobierno de Trump, en el 2025, la mayoría de los ciudadanos estadounidenses volvió a votar por Trump. En ese sentido, habría algunas lecciones que aprender también de los fracasos del gobierno demócrata de Joe Biden (2021-2025). Aunque durante el gobierno de Biden se aprobó un paquete de ayuda económica por la Pandemia del COVID-19, muchos votantes sintieron que su poder adquisitivo disminuyó y castigaron al partido gobernante por la profundización de la crisis económica.
Durante los gobiernos demócratas, el partido se había alejado de su base social tradicional de trabajadores y las minorías étnicas, para acercarse a las élites económicas transnacionales y una clase media profesional emergente (la nueva meritocracia). Por tanto, los demócratas perdieron el apoyo de los votantes pobres de las zonas rurales, de las ciudades desindustrializadas y, de los diversos grupos étnicos, en particular los latinos y afroamericanos, de los barrios y suburbios de las grandes ciudades estadounidenses.
La agudización de crisis migratoria en la región, los problemas de seguridad ciudadana y las transferencias de recursos económicos a los inmigrantes, generó toda una oleada de crítica y descontento en la población que fue capitalizada y amplificada por los medios de comunicación y las redes sociales identificadas con el partido republicano y la agenda Make American Great Again, (MAGA) de Donald Trump.
Los medios de comunicación y las plataformas digitales difundieron la agenda MAGA del movimiento conservador, infundieron el miedo a las consecuencias de la migración y amplificaron las críticas al partido demócrata por alinearse con los temas de identidad de género, derechos humanos de los inmigrantes y el reconocimiento cultural de los homosexuales, haciendo posible que ciudadanos “neutrales” y sin información, votaran en favor de Donald Trump.
En las últimas cuatro décadas, Estados Unidos ha pasado a ser una sociedad estructuralmente muy desigual económicamente y segregada socialmente: con zonas urbanas de clase media, que disfrutan de buena educación, vivienda y seguridad ciudadana y, barrios o suburbios urbanos de inmigrantes, trabajadores y minorías étnicas con bajo niveles educativos, desempleos y alto niveles de criminalidad. Una nación, con instituciones políticas partidarias, deslegitimadas que no han representados el bienestar de los trabajadores ni de los ciudadanos y culturalmente polarizada entre el multiculturalismo y el esencialismo cultural.
Sin embargo, aun así, (3), entendemos que la revitalización del movimiento democrático de ese país, no vendrá del exterior, de China o Rusia, sino de la agencia de los actores sociales e individuales, de la capacidad de organización, movilización y transformación de la sociedad civil: la opinión pública global, los ciudadanos, los movimientos sociales afroamericanos, religiosos, feministas y, de la capacidad del partido demócrata y los líderes políticos de conectarse con los trabajadores y, los ciudadanos progresistas.
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