- Los trinitarios pierden el control de la guerra
El cuartelazo del 9 de junio de 1844 dio a los trinitarios, bajo la dirección de Juan Pablo Duarte, el control momentáneo del poder y de la guerra. Apoyados por Ramón Matías Mella y José Joaquín Puello, desalojaron de la Junta a los partidarios del protectorado extranjero, apartando a figuras como Tomás Bobadilla, Buenaventura Báez y el propio Pedro Santana. Por un breve instante, la guerra quedó subordinada a una idea: la independencia entendida como afirmación absoluta, sin concesiones ni tutela.
Pero aquel dominio carecía de arraigo. Era un poder de intención más que de estructura, sostenido en el impulso y no en la organización. El 12 de julio, Pedro Santana revirtió la situación con un contragolpe rápido y decisivo, apoyado en fuerzas que los trinitarios no podían contrarrestar. La capitulación de Puello selló la derrota. En pocos días, los hombres que habían conducido la revolución fueron expulsados del escenario: Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Mella partieron al exilio, junto a sus compañeros.
Juan Pablo Duarte logró salvar la vida de manera casi fortuita, gracias a la intervención de Abraham Cohen, que intercedió en su favor cuando el nuevo poder se inclinaba por eliminarlo. Desde entonces, la guerra cambió de manos y de sentido: dejó de ser dirigida por sus fundadores y pasó a ser conducida por Pedro Santana, quien, durante la Primera República, ejercería un mando absoluto, fundado no en la doctrina, sino en la necesidad de sostener, a cualquier costo, la existencia misma del Estado.
- La naturaleza del poder haitiano, tras el predominio en el gobierno de los mulatos
Mientras en el lado dominicano la guerra derivaba en el paso de los idealistas a un mando pragmático, en Haití respondía a una estructura más profunda. Tras la caída de Jean-Pierre Boyer y el breve gobierno de Charles Hérard, se consolidó la doublure: un sistema en que la élite mulata retenía el poder real mediante presidentes negros, ancianos y analfabetos que solo formalizaban decisiones ajenas. Bajo esa fórmula gobernaron Philippe Guerrier, Jean-Louis Pierrot y Jean-Baptiste Riché hasta marzo de 1847, cuya incapacidad para disciplinar tropas o articular una política coherente trasladó la guerra contra la República Dominicana a un plano indeciso, sin dirección efectiva. Era un gobierno de títeres manejados por la oligarquía mulata.
El sistema, sin embargo, produjo su propia negación en Faustin Soulouque. Elevado en 1847 como instrumento, pronto concentró el poder: eliminó a sus patrocinadores, instauró un régimen personal sostenido en la represión —con escuadrones de la muerte como los zinglins— y transformó la guerra en una empresa de unificación insular. Primero como presidente y luego como emperador desde 1849, sostuvo campañas reiteradas en 1849, 1852 y 1855, todas concluidas en derrotas. Cada fracaso fue seguido de ejecuciones de sus propios oficiales, como si la violencia interna pudiera compensar la impotencia militar.
Su régimen combinó ambición política y desmesura: creó una nobleza artificial, derrochó recursos en símbolos imperiales; se hizo un traje replica del que uso Napoleon en su coronación que le costo la hiperbólica suma de 10 mil francos; emitió papel moneda sin respaldo y gravó la economía campesina, mientras sostenía el orden por el terror. Frente a esa expansión desordenada, Santana encarnó la eficacia: con recursos limitados, impuso disciplina, aprovechó el terreno y convirtió la defensa en método. En Las Carreras y Sabana Larga se evidenció la diferencia esencial: no de número, sino de organización.
El final de Faustin Soulouque tuvo la misma prisa y desorden con que había gobernado. El 20 de enero de 1859 abandonó Haití rumbo a Jamaica, embarcado en el buque británico Melbourne, no como soberano que se retira, sino como hombre que huye. En su fuga intentó salvar lo que había acumulado: logró llevar consigo veintisiete cajas de oro y plata, pero la urgencia de la partida lo obligó a dejar otras veintiocho en el puerto. En ellas quedaron sus coronas de oro y valores estimados en 290,000 dólares, que el nuevo gobierno recogió para destinarlos al Tesoro y aliviar deudas con Francia. Aquella escena —el emperador escapando con parte de su riqueza mientras abandona el resto— resume con exactitud la naturaleza de su poder: acumulación sin orden, grandeza sin sostén.
Vivió nueve años en el exilio, apartado ya de la ficción imperial que había levantado. El 27 de julio de 1867 regresó a Haití, no para recuperar el mando, sino para cerrar su ciclo. Doce días después, el 8 de agosto, murió en Petit-Goâve, a los ochenta y cinco años. No hubo restauración ni epílogo solemne: apenas el retorno de un hombre envejecido al mismo suelo que había pretendido dominar.
Tras su caída, el gobierno de Fabre Geffrard confiscó sus bienes —veintidós casas y cinco ingenios azucareros— para reparar unas finanzas exhaustas. Así terminó un imperio de casi diez años, recordado no por su estabilidad, sino por la violencia y el terror que lo sostuvieron. Su muerte no corrigió su obra; la dejó simplemente concluida.
- Los dos jefes de la guerra dominico haitiana: Pedro Santana y Faustin Soulouque
La guerra dominico-haitiana, librada entre 1844 y 1856, doce años cabales, fue una contienda sostenida en cuatro campañas que pusieron a prueba la existencia misma de la República Dominicana y enfrentaron, en su núcleo, dos voluntades de mando: la de Faustin Soulouque y la de Pedro Santana. Tras el golpe del 12 de julio de 1844, Santana asumió la dirección de la guerra, y bajo su jefatura se organizaría la defensa del territorio durante toda la Primera República.
La primera campaña se desarrolló entre marzo y mayo de 1844. El 19 de marzo, el presidente haitiano Charles Hérard penetró con unos 20,000 hombres divididos en tres columnas; ese mismo día, en Azua, Santana le infligió su primera derrota. El 30 de marzo, en Santiago, José María Imbert contuvo otra columna, y el 13 de abril, Antonio Duvergé venció en El Memiso. La campaña se interrumpió en mayo con la caída de Hérard, dejando a los dominicanos un respiro precario.
La segunda campaña, en 1845, bajo el mando de Jean-Louis Pierrot, reanudó la guerra en la frontera sur. El 17 de septiembre, José Joaquín Puello detuvo a los invasores en La Estrelleta, y el 27 de octubre, Francisco Antonio Salcedo triunfó en Beller, cerca de Dajabón. En diciembre, un intento naval contra Puerto Plata fracasó, y en marzo de 1846 la caída de Pierrot cerró la campaña, con un saldo desproporcionado de pérdidas haitianas.
La tercera campaña, en 1849, marcó la irrupción decisiva de Soulouque. El 6 de marzo cruzó la frontera con 18,000 hombres, ocupó Las Matas de Farfán, San Juan y Azua, pero el 17 de abril fue contenido en El Número por Duvergé. El 21 de abril, en Las Carreras, Santana dirigió la acción decisiva en un combate de dos días que obligó a la retirada haitiana; Soulouque regresó a Puerto Príncipe en mayo, tras incendiar las poblaciones evacuadas. La guerra revelaba ya su fisonomía: avance impetuoso, derrota táctica, retirada violenta.
La última campaña, entre diciembre de 1855 y enero de 1856, fue el mayor esfuerzo de Soulouque, ya emperador. Movilizó cerca de 30,000 hombres; el 22 de diciembre de 1855 fue derrotado en Santomé por José María Cabral y en Cambronal por Francisco Sosa. El 24 de enero de 1856, en Sabana Larga, se libró la batalla más sangrienta, que selló definitivamente la derrota haitiana. En febrero, Soulouque volvió a Puerto Príncipe, y con él se extinguió el intento de reconquista.
A lo largo de estas campañas se define el contrapunto entre ambos jefes. Soulouque, en el poder desde 1847 y proclamado emperador en 1849, concibió la guerra como empresa de unificación y sostuvo invasiones sucesivas —1849, 1852, 1855— sin alterar su método, aun tras repetidas derrotas. Santana, en cambio, no buscó expandirse, sino resistir: venció en Azua el 19 de marzo de 1844, decidió en Las Carreras el 21 de abril de 1849 y sostuvo la línea que culminó en Sabana Larga el 24 de enero de 1856. De un lado, la insistencia; del otro, la eficacia. Entre esas dos conductas, la guerra se resolvió a favor de quien supo convertir la defensa en sistema y el mando en disciplina.
Supervivencia del ideario anexionista
Cabe despejar, con precisión, la incógnita: ¿ por qué, tras las derrotas de Faustin Soulouque en Sabana Larga y Jacuba (1856) y su caída en 1859 a manos de Fabre Geffrard, el ideario anexionista no se extinguió? La respuesta es sencilla en su forma y compleja en su fondo: aquellas victorias cerraban campañas, pero no resolvían la condición que las hacía inevitables.
Entre 1844 y 1861, la independencia dominicana se vivió como una realidad incompleta. El Estado carecía de consistencia financiera, de crédito exterior y de una administración capaz de asegurar continuidad. Para figuras como Pedro Santana, la República era más afirmación que estructura: un derecho proclamado sin los instrumentos que lo sostienen. En tal contexto, la apelación a una potencia extranjera no se entendía como renuncia, sino como recurso de conservación.
A esta fragilidad interna se sumaba una presión externa constante. Haití no aparecía como adversario circunstancial, sino como un Estado cuya legalidad proclamaba la indivisibilidad de la isla. La amenaza, por tanto, no dependía de un gobernante particular, sino de un principio permanente. Las derrotas de 1856 lo suspendían en los hechos, pero no lo anulaban en su raíz.
Más hondo aún operaba el factor demográfico. La diferencia de población y las condiciones del territorio alimentaban la idea de una presión continua, lenta o violenta, que ninguna victoria podía cancelar de modo definitivo. La geografía y la densidad humana se percibían como fuerzas persistentes, ajenas a los desenlaces militares.
De este modo, el anexionismo se configuró como una política de resguardo social antes que como una claudicación política. La élite dirigente, formada en moldes hispánicos y católicos, entendía que la estabilidad de su orden requería una tutela capaz de garantizar disciplina, fronteras y continuidad institucional. La independencia absoluta, en cambio, aparecía como una aspiración legítima, pero desprovista de medios.
El desgaste de la guerra y la expansión del caudillismo reforzaron esta percepción. En un país sometido a campañas sucesivas y a jefaturas rivales, la anexión ofrecía, a sus ojos, una promesa de orden frente al riesgo de dispersión.
Así, el principio anexionista sobrevivió no por temor a una expedición concreta, sino por la convicción de una debilidad estructural. Las victorias de 1856 aseguraron la existencia inmediata del Estado; no disiparon la duda sobre su duración
Los dos hombres que, en los hechos, concentraron la dirección política de la primera República —Pedro Santana y Buenaventura Báez— coincidieron en un punto esencial: la convicción de que la independencia, por sí sola, no bastaba. Desde posiciones distintas, pero con igual cálculo, ambos gravitaron hacia la solución anexionista.
Santana, dueño del poder desde julio de 1844 y presidente en tres etapas decisivas (1844–1848, 1853–1856 y 1858–1861), hizo de la guerra un instrumento de autoridad y de la autoridad un argumento para desconfiar de la viabilidad del Estado. Vencedor en el campo de batalla, no trasladó esa seguridad al orden civil: su gobierno, de tono militar y centralizador, lo condujo finalmente a la anexión de 1861 como salida a una debilidad que juzgaba estructural.
En su enjundiosa tesis doctoral , La rivalidad internacional por la República Dominicana desde su independencia hasta la anexión a España (1844-1861), Luis Alfonso Escolano Giménez , con la precisión analítica que lo caracteriza, desvela que la anexión a España en 1861 no fue un acto improvisado, sino el desenlace lógico de una crisis estructural. La República Dominicana, nacida en 1844 con una fragilidad institucional que la condenó a la inestabilidad, vio cómo su élite gobernante —caudillos como Santana y Báez— convirtió la soberanía en moneda de cambio. La inviabilidad económica, agravada por la guerra con Haití y el caos monetario, llevó a buscar en potencias extranjeras no solo protección contra el enemigo externo, sino también contra sus propios rivales internos.
La amenaza haitiana, aunque real, fue también una coartada para justificar el autoritarismo y urgir la intervención extranjera, presentando la anexión como la única forma de preservar el orden social y parar la expansión haitiana. En este contexto, la coyuntura internacional actuó como catalizador: la República Dominicana, peón estratégico en el tablero de las potencias, ofreció su soberanía a cambio de estabilidad. Así, la anexión no fue sino la culminación de diecisiete años de incertidumbre, donde la élite, convencida de su incapacidad para gobernar, hicieron que la sumisión a una potencia extranjera pareciera el único camino para evitar la aniquilación.
El informe de David Dixon Porter (1846-1847)
El testimonio del teniente naval estadounidense David Dixon Porter, escrito con la viveza de quien ha presenciado en carne propia los hechos, nos pinta un cuadro desgarrador de la República Dominicana en sus primeros años. No fue una época de esplendor, sino una lucha desesperada por la supervivencia. Porter describe a un pueblo que, tras veintidós años de ocupación haitiana, se alzó con un denuedo heroico, donde niños, mujeres y ancianos tomaron las armas para defender su tierra, su fe y su identidad.
Haití, según el relato de Porter, no buscaba solo someter, sino exterminar. Las tácticas haitianas incluían la abolición de la religión católica, la destrucción de iglesias, la confiscación de bienes eclesiásticos, la abolición del matrimonio y la imposición de leyes opresivas. Era una barbarie sistemática diseñada para humillar y someter a la población dominicana. Pero lo que más conmueve en el informe no es el relato de estas atrocidades, sino la respuesta del pueblo dominicano: una resistencia que no dependió de ejércitos profesionales, sino de la unidad de un pueblo entero que prefirió morir luchando antes que rendirse.
Porter también nos ofrece una visión única de la sociedad dominicana de la época. A pesar de ser un país católico por definición, había tolerancia religiosa: un predicador metodista pudo dar sermones en español, abrir una iglesia y una escuela sin oposición. Este pragmatismo del gobierno de Santana revelaba una lógica clara: todo lo que no estaba prohibido debía ser tolerado, pues se necesitaba atraer inmigrantes y desarrollar el país. Sin embargo, esta apertura convivía con un sistema autoritario, donde la Constitución de la época, con su famoso Artículo 210, otorgaba al presidente Santana poderes casi dictatoriales en tiempos de guerra.
El informe de Porter, en definitiva, nos muestra una nación en contradicción: valiente y hospitalaria, pero sumida en la precariedad; anhelante de libertad y progreso, pero gobernada con mano de hierro; rica en recursos naturales, pero incapaz de explotarlos. Era un país que, desde su mismo nacimiento, fue tratado no como un fin en sí mismo, sino como un activo estratégico en el mapa de las grandes potencias.
Referencias bibliográficas
- Alfau Durán, Vetilio. En torno a La Trinitaria. Santo Domingo, República Dominicana: Comisión Permanente de Efemérides Patrias, 1999..
- Cassá, Roberto. Antes y después del 27 de Febrero. 2da edición. Santo Domingo, República Dominicana: Archivo General de la Nación (Volumen CCXCI) y Universidad Autónoma de Santo Domingo, noviembre de 2016.
- Rodríguez Demorizi, Emilio. Guerra dominico-haitiana. Santo Domingo: Archivo General de la Nación (A.G.N.), 1944.
- Bellegarde, D. (1938). La nation haïtienne. J. de Gigord, Éditeur.
- D’Alaux, G. (1850). L’Empereur Soulouque et son empire. Première partie. Revue des Deux Mondes, 8(5), 773-807.
- Haiti Inter. (s. f.). Faustin Soulouque, l’esclave devenu empereur [Archivo de Vídeo]. YouTube.
- Louis, E. (s. f.). FAUSTIN SOULOUQUE 1er Mars 1847 au 15 janvier 1859 – Les Gouvernements de
- Escolano Giménez, Luis Alfonso. La rivalidad internacional por la República Dominicana desde su independencia hasta la anexión a España (1844-1861). Tesis. Universidad de Alcalá, Departamento de Historia II – Facultad de Filosofía y Letras, 2010.
- Porter, David Dixon. Diario de una misión secreta a Santo Domingo (1846). Sociedad Dominicana de Bibliofilos.
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