La Ley de Protección de la Elegibilidad de los Votantes Estadounidenses suena como una medida difícil de rechazar. Sin embargo, para la gran frustración del presidente estadounidense, Donald Trump, la legislación está estancada en el Congreso. Los opositores al proyecto de ley lo ven como un intento de manipular el sistema electoral que excluiría a los votantes demócratas de las listas electorales antes de las cruciales elecciones de mitad de mandato de este año.

Intentar inclinar la ley electoral a su favor —y afianzarse en el poder por medios lícitos e ilícitos— son tácticas clásicas de los líderes autoritarios. La buena noticia es que no siempre funciona. En Brasil, Hungría y Filipinas, los recientes intentos de los líderes autoritarios por tomar el control absoluto de las instituciones de sus países fracasaron, lo que llevó a Jair Bolsonaro, Viktor Orbán y Rodrigo Duterte a perder el poder.

Cuando escribí mi libro, La era de los líderes autoritarios: Cómo el culto a la personalidad amenaza la democracia en el mundo, hace unos años, tuve que lidiar con la pregunta de si era justo agrupar a líderes como Xi Jinping o Vladímir Putin —que operan en sistemas genuinamente autoritarios— con otros como Trump u Orbán, quienes fueron elegidos legítimamente.

Mi conclusión fue que los líderes autoritarios —independientemente del sistema en el que operen— suelen compartir instintos y métodos. Fomentan un culto a la personalidad, centralizan el poder en torno a sí mismos y luchan contra las instituciones independientes que no pueden controlar, ya sean los tribunales, los medios de comunicación o una comisión electoral. Los líderes autoritarios también suelen eliminar los límites constitucionales a los mandatos para prolongar su permanencia en el poder. Xi, Putin y Recep Tayyip Erdoğan, de Turquía, lo han hecho, mientras que los fanáticos de Trump mantienen vivas las especulaciones sobre un tercer mandato inconstitucional para él. Los líderes autoritarios también son, casi sin excepción, hombres, nacionalistas y populistas. Su liderazgo personalizado fomenta el amiguismo y la corrupción que de él se deriva. Todo esto, como dicen en los concesionarios de autos, «viene de serie».

La diferencia no radica en los instintos de los líderes autocráticos, sino en la solidez de los sistemas en los que operan. Si un autócrata ya gobierna en un sistema mayoritariamente autoritario —como Xi o Mohamed bin Salmán de Arabia Saudita— es casi imposible despojarlo del poder. Podría requerirse un golpe de Estado o una conspiración inusualmente eficaz de la clase dirigente para lograr un cambio en la cúpula.

Pero si el líder autoritario ha llegado al poder en un sistema que aún cuenta con elecciones libres —así como con tribunales que conservan cierta independencia y un ejército que no acata órdenes inconstitucionales— entonces todavía es posible destituirlo de su cargo.

Es de esperar que un autócrata intente una serie de trucos ya conocidos para inclinar un sistema democrático a su favor. Los compinches ricos pueden comprar los medios de comunicación. Los jueces y generales que muestran demasiada independencia pueden ser sustituidos. Las circunscripciones electorales pueden rediseñarse. La constitución puede reescribirse o ignorarse. El resultado final suele ser una elección libre, pero no justa, porque las cartas están marcadas en contra de la oposición. Aun así, si un líder autoritario es lo suficientemente impopular, puede perder las elecciones.

Eso es lo que le pasó a Orbán en Hungría. A pesar de una cobertura televisiva enormemente sesgada que ignoró a su oponente, Péter Magyar, sufrió una derrota aplastante en las elecciones de abril.

Cuando Bolsonaro perdió por un estrecho margen las elecciones presidenciales brasileñas en octubre de 2022, se negó a aceptar el resultado y presionó a los líderes militares para que dieran un golpe de Estado. Al negarse estos, incitó a sus seguidores a asaltar el Congreso, la Corte Suprema y el palacio presidencial. Pero el sistema legal de Brasil fue lo suficientemente sólido como para juzgarlo y enviarlo a prisión por muchos años. Su mayor esperanza ahora radica en que su hijo, Flávio, gane la presidencia en octubre.

Como presidente de Filipinas de 2016 a 2022, Rodrigo Duterte ordenó el arresto y encarcelamiento de sus oponentes políticos, obligó a renunciar al presidente de la Corte Suprema y atacó a los medios de comunicación independientes. Pero no logró impulsar una enmienda constitucional que le hubiera permitido postularse para un segundo mandato. Tras perder el poder, fue extraditado a la Corte Penal Internacional en La Haya, donde espera juicio por crímenes de lesa humanidad.

Mientras tanto, en Israel, Benjamin Netanyahu ha realizado grandes esfuerzos para limitar la independencia de los tribunales y marginar a los medios críticos. Sin embargo, no ha podido evitar que se le juzgue por cargos de corrupción y es muy probable que pierda el poder en las elecciones que se celebrarán a finales de este año.

Pero no todos los sistemas democráticos han demostrado ser lo suficientemente sólidos como para resistirse a un aspirante a autócrata decidido. Recep Tayyip Erdoğan ha estado en el poder en Turquía desde 2003, primero como primer ministro y ahora como presidente. Sus oponentes políticos han realizado esfuerzos firmes para derrotarlo actuando dentro del sistema. Pero los métodos autocráticos de Erdoğan podrían haberle otorgado un control inquebrantable sobre el poder.

Ekrem İmamoğlu, el popular alcalde de Estambul, era considerado por muchos como la amenaza electoral más creíble. Pero actualmente se encuentra en prisión, acusado de todo, desde corrupción hasta terrorismo y espionaje. Su destino refleja el del carismático líder de la oposición Selahattin Demirtaş, quien lleva casi una década en prisión, a pesar de los repetidos llamamientos del Tribunal Europeo de Derechos Humanos para que sea liberado.

Trump es un admirador declarado de Erdoğan y recientemente lo calificó de «gran líder». Pero —afortunadamente para EE. UU.— las cortes, los medios de comunicación y el sistema electoral de ese país parecen actualmente más sólidos que los de Turquía. Un país sano necesita instituciones fuertes, no un líder autoritario.

Gideon Rachman. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.

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