En 1999 entré por primera vez a una embajada dominicana. Era la de Londres. Yo estaba de intercambio intercultural y, siguiendo una recomendación de AFS, decidí visitar nuestra misión diplomática. Nos sugerían hacerlo cuando estuviéramos en el exterior. Así que toqué la puerta.
Recuerdo que el despacho me sorprendió. Yo esperaba algo más grande. Tal vez más solemne. Más imponente. En mi imaginación juvenil, una embajada en Londres debía sentirse como una extensión robusta del Estado dominicano en el corazón de Europa. Pero el espacio era modesto. Una oficina bien cuidada, funcional, sin grandilocuencias. La bandera dominicana estaba en su asta de madera, colocada con discreción junto al escritorio. No era un salón ceremonial. Era un lugar de trabajo.
La ventana aislaba por completo el ruido exterior. Afuera estaba Londres, con su tráfico y su ritmo. Adentro había silencio y paz con la que se podía trabajar prodcutivamente.
Pedro Padilla Tonos me recibió con una cordialidad que todavía recuerdo. No me habló como a un estudiante que pasaba por curiosidad. Me habló como si mi presencia tuviera sentido. En medio de la conversación me preguntó si yo era pariente de otro Pablo Viñas que él había conocido en el mundo diplomático. No lo era. Pero ese instante me produjo algo difícil de explicar: una mezcla de orgullo y desconcierto. Por un segundo sentí que mi nombre ya pertenecía a un mundo al que yo apenas me asomaba.
Salí de esa oficina con una sensación nueva. Entendí que representar a un país no siempre ocurre desde edificios monumentales ni desde aparatos inmensos. A veces ocurre desde espacios discretos, con recursos limitados, en medio de capitales donde las grandes potencias ocupan manzanas o edificios enteros y despliegan estructuras que parecen inalcanzables.
Aprendí, sin que nadie lo formulara así, que la diplomacia dominicana se ejerce muchas veces desde la conciencia de su tamaño.
Hace más de veinticinco años desde aquella visita. Hoy leo que la República Dominicana será punto de aterrizaje de cables submarinos y contará con un puerto internacional de intercambio digital, con una inversión de alrededor de quinientos millones de dólares, y vuelvo mentalmente a ese despacho silencioso en Londres.
En 1999 nuestras embajadas hablaban, sobre todo, de turismo, de exportaciones, de relaciones bilaterales tradicionales, recuerdo los brochures y revistas de eso que se desplegaba en la embajada. Promovían estabilidad, oportunidades comerciales, vínculos culturales. Era lo lógico. Era lo que teníamos sobre la mesa.
Hoy el país suma algo distinto. Infraestructura crítica por donde circularán datos del hemisferio. Conexiones directas con Estados Unidos. Capacidad para alojar múltiples cables submarinos que transportan transacciones financieras, servicios digitales, plataformas en la nube, comunicaciones estratégicas.
No es una noticia técnica. Es un cambio en la conversación.
Los cables submarinos son invisibles. No aparecen en las postales ni en los discursos públicos. Pero por ellos viaja buena parte de la economía contemporánea. Alojar esa infraestructura no convierte automáticamente a un país en potencia digital, pero sí altera su posición relativa. Introduce una variable nueva en el mapa.
Imagino ahora a un diplomático dominicano en una capital europea o asiática explicando que, además de estabilidad macroeconómica y ubicación estratégica, su país es nodo digital en el Caribe. Que no solo consume conectividad, sino que la hospeda. Que no solo recibe datos, sino que forma parte de la arquitectura que los transporta.
Hace veinticinco años, esa frase habría sonado improbable desde aquel despacho modesto.
La diplomacia de los países pequeños suele apoyarse en creatividad, constancia y claridad sobre qué ofrecer. No se negocia desde la fuerza estructural, sino desde la pertinencia. Desde la capacidad de encontrar un ángulo que haga sentido para el interlocutor.
La infraestructura digital abre un ángulo nuevo.
Permite que nuestras embajadas y agencias especializadas del Estado aborden oportunidades tecnológicas, con inversionistas especializados, con actores que hace dos décadas ni siquiera formaban parte del radar habitual de la diplomacia dominicana. Introduce la posibilidad de atraer centros de datos, operaciones digitales, talento vinculado a la economía del conocimiento.
La infraestructura, por sí sola, no hace el trabajo. Aquella oficina en Londres me enseñó algo más importante que el tamaño del espacio: me enseñó que la representación depende de las personas que están dentro, de su capacidad de leer el momento y traducirlo en oportunidades.
Si el país cuenta ahora con esta nueva realidad, nuestras gestiones en el exterior también cuentan con una herramienta distinta. Una pieza adicional para colocar sobre la mesa cuando buscan abrir puertas.
Esa diferencia puede parecer sutil. En diplomacia, casi todo empieza siendo sutil. No se trata de anunciar que ahora somos otra cosa, sino de reconocer que contamos con un argumento nuevo cuando tocamos la puerta de otros. Un país pequeño rara vez redefine el tablero global; lo que hace es encontrar espacios donde su presencia tenga sentido. La infraestructura digital no nos vuelve grandes de repente, pero puede volvernos pertinentes en conversaciones que antes nos quedaban lejos.
Sigo pensando en la bandera colocada junto al escritorio, discreta, sin exageraciones. No necesitaba ocupar toda la habitación para recordar que representaba algo mayor que el espacio físico que la contenía.
Quizás algo parecido ocurre hoy. Seguimos siendo un país de dimensiones modestas en el tablero global. No competimos en tamaño con las grandes potencias ni en volumen con las economías gigantes. Pero a veces el tablero cambia no porque uno crezca de forma espectacular, sino porque aparece una pieza distinta en la partida.
Hace veinticinco años yo toqué la puerta de una embajada. Hoy el país toca otras puertas. Tal vez la diferencia esté en cómo decidamos presentarnos cuando nos abran.
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