"¿Quién acostó su estatura
que su voz está parada?” (Manuel del Cabral)
En la fotografía se alza un joven alto y corpulento. En sus brazos sostiene a la estudiante Sagrario Ercira Díaz Santiago. A su lado, Fidias Díaz no logra contener el sollozo ni el grito al ver a su hermana herida de un disparo en la cabeza. También él la sostiene. En ese instante queda fijada la tragedia recurrente de una época atravesada por la represión y la muerte.
Ese joven, estudiante de ingeniería y dirigente del combativo grupo Fragua, es Danilo Santiago. La imagen recoge un momento desgarrado, pero apenas insinúa la estatura moral del hombre que fue.
Ninguna fotografía puede revelar la hondura de una vida. No alcanza para mostrar las cualidades de aquel fraguero valiente, militante de la Línea Roja del Movimiento Revolucionario 14 de Junio. Una imagen es apenas un relámpago: deja constancia del instante, pero no de la totalidad del camino ni de los gestos que preceden y sobreviven a la muerte.
En Danilo convivían virtudes raras: discreción, coraje, decencia, bondad. Nunca retrocedió, ni siquiera en los días más oscuros de la ardua lucha por la libertad y la democracia, cuando el país respiraba bajo la sombra del crimen y el miedo en los años de la dictadura balaguerista.
Por eso lo vemos allí, sosteniendo sin vacilación a la joven herida, ajeno al peligro, fiel a su temple. Y como si la historia tejiera símbolos en silencio, la muchacha llevaba su mismo apellido materno, como si la sangre derramada convocara también la suya y la de Fidias, en un gesto compartido de dolor y dignidad.
Cuando supimos de su muerte, una congoja honda nos atravesó. Costaba creer que aquella firmeza de hombre pudiera sucumbir a una enfermedad súbita, después de haber sobrevivido a tantas pruebas.
Partió cuando su familia disfrutaba del sereno compañero: esposo amoroso, padre entregado, hermano leal; cercano a Lourdes Santiago, militante de su misma estirpe, y protector de su hermana menor, Jacqueline.
Admirado y respetado en vida, Danilo se nos fue un primero de marzo de 2010. Pero la memoria guarda lo que el tiempo no borra. Permanece en nosotros como huella de los hombres que, sin alardes, dejan un sendero limpio de honor.
Desde ese sendero parece hablarnos, evocando a José Martí:
“¿Ves el cerezo grande, el que da sombra a la casa de las gallinas?
Pues ese soy yo, con tantos ojos como hojas tiene,
y con tantos brazos para abrazarte como ramas tiene.
Todo lo que hagas y todo lo que pienses lo veré yo,
como lo ve el cerezo.”
Así permanece Danilo: en la memoria que vigila, en los árboles que nos rodean, en la sombra noble que no abandona.
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