La batalla de San Julián

A pesar de los reveses iniciales, los cristeros se fueron organizando y multiplicando y ganando fuerzas, crearon en los campos y en los pueblos una amplia base popular que les permitió consolidar un movimiento guerrillero rural y urbano, una milicia que se extendió por buena parte del territorio mexicano. De hecho, los cristeros crecieron hasta el punto de que en algún momento pretendieron ser reconocidos como bando beligerante legítimo, no como simple movimiento insurreccional. Pretendieron, en efecto, tomar el control de ciertos territorios y lograr reconocimiento internacional, pero este proyecto no prosperó. Sin embargo, para el año de 1928 contaban con unos veinte y ocho mil hombres bajo las armas.

No eran, como pretendían y pretenden sus detractores, un hato de montoneros y borrachos y amigos de los ajeno. Eran marginados, pobres de solemnidad, peones, comuneros, aparceros, indios y mestizos motivados por un ideal religioso fanático, pero desinteresado, peleaban por su fe, por sus creencias, aunque también de seguro aspiraban a una vida más digna. Y no faltaban entre ellos los promotores de una reforma agraria e ideales de justicia social.

El llano en llamas y la Guerra de los Cristeros (3)

La iglesia alentaba a los cristeros a librar “la guerra por las almas», pero defendía sus privilegios. Por su parte, la llamada Santa Sede denunció y condenó las persecuciones, pero nunca respaldó el levantamiento armado y también exigió a los obispos mexicanos que no le brindaran su apoyo. Mostraba evidentemente más interés en apagar la revuelta que en mantener encendida la tea de la discordia.

Los cristeros defendían con el arma de la fe y con la fe de las armas sus ideales, sus creencias religiosas en particular. Su profunda espiritualidad. Y además peleaban con valor. Las derrotas y atropellos se acumulaban, pero finalmente, en el año 1927, obtuvieron algunas resonantes victorias. Una de las primeras fue la de San Francisco del Rincón, en el estado de Guanajuato, y otra la de San Julián, en Jalisco.

Fueron batallas enconadas, sangrientas, en las que que se cometieron atrocidades de parte y parte.Batallas que dejaron una profunda impresión, una imborrable huella de sangre que perduró en la historia, en las crónicas de la época, en la memoria de los lugareños:

La Batalla de San Julián: el día en que los cristeros vencieron al ejército federal

El 15 de marzo de 1927, a las dos semanas del elocuente levantamiento cristero en San Julián, irrumpió en aquella villa jalisciense el 78° regimiento de caballería del gobierno callista, comandado por el general Espiridión Rodríguez Escobar. El general cristero y también párroco, José Reyes Vega, organizó por medio de Victoriano Ramírez, El Catorce, la defensa del pueblo. Como pudieron, los cristeros se atrincheraron en el centro del poblado y pidieron ayuda desesperada a su compañero Miguel Hernández, quien estaba en San Diego de Alejandría, una localidad cercana a San Julián.

La resistencia cristera fue heroica. Duraron horas aguantando la metralla de los federales. Espiridión Rodríguez sabía que era cuestión de tiempo para que los rebeldes se rindieran. Los disparos empezaron a esparcirse por falta de parque. El Catorce –apodo que Victoriano Ramírez se había ganado por haber liquidado él solo a catorce enemigos que alguna vez lo emboscaron para matarlo– sabía que el final estaba cerca.

La refriega continuó. Una hora más tarde, los federales avanzaron más, tomando a dos prisioneros que amarraron a un árbol ubicado a un costado de la iglesia. Ahí, comenzaron a torturarlos para ver si lograban la rendición cristera. Al final, les quitaron la vida sin conseguir su objetivo.

Después de una agónica espera, durante la cual casi caen los defensores de San Julián, se escucharon dos detonaciones seguidas, las cuales acabaron con la vida del verdugo que había cegado a los mártires cristeros. Por un costado de la plaza, Miguel Hernández irrumpió en la batalla; había llegado en el momento adecuado para dar apoyo a sus compañeros.

El general Espiridión Rodríguez y sus tropas quedaron atrapados entre dos fuegos. En un par de horas, se definió su suerte. El primer triunfo cristero sobre el gobierno de Plutarco Elías Calles fue contundente y llenó de orgullo a la causa católica. La venganza de los hombres de El Catorce fue algo inevitable. Todos los federales fueron salvajemente ejecutados. El general Espiridión Rodríguez logró escapar disfrazado de verdulera. La derrota federal fue un escándalo entre el ejército callista.

Ante esto, Calles, considerando por primera vez la causa cristera como algo preocupante, mandó al general Joaquín Amaro a dar un escarmiento a los rebeldes. Dos semanas después, los hombres de Amaro arribaron a San Julián para llevar a cabo ese inolvidable castigo por medio del famoso cura de la región.

El padre Julio Álvarez Mendoza nació en Guadalajara, el 20 de diciembre de 1866. Desde niño, mostró amor al estudio y a Dios. En 1880, con el apoyo de los patrones de sus padres, pudo ingresar a un colegio de nivel y luego, al Seminario de Guadalajara. Los informes del seminario sobre Álvarez Mendoza hablan de un joven dotado de gran inteligencia, constante en sus estudios y piadoso con la gente. Fue ordenado diácono en 1890 y recibió el presbiterado el 2 de diciembre de 1894. A la semana, fue nombrado capellán de Mechoacanejo, de la parroquia de Teocaltiche. En dicho cargo, permaneció hasta 1921, año en el que la capellanía fue elevada a Parroquia del Divino Salvador, siendo él su primer párroco. Tiempo después, dicha parroquia pasó al Obispado de Aguascalientes.

El sacerdote fue aprehendido por los federales en Villa Hidalgo, el 26 de marzo de 1927, cuando se dirigía a oficiar misa en el rancho El Salitre. Lo acompañaban dos jóvenes: Gregorio Martínez y Gil Tejeda. Los tres fueron llevados en una camioneta y exhibidos en Villa Hidalgo, Aguascalientes y León.

En León, como escarmiento a los cristeros de San Julián, el general Joaquín Amaro decidió dirigirse a dicho pueblo para matar a los prisioneros en un morboso show. Antes de llegar al poblado, hizo caminar al padre jalado por una cuerda que estaba atada a la silla de un caballo. Los tres presos fueron conducidos a empellones, privados de alimento y agua. Al sacerdote, en especial, los soldados lo insultaban y escupían. Además, no le permitían descansar: o estaba de pie o de rodillas, pero nunca sentado.

De esta forma, llegaron al improvisado patíbulo cuando se acercaba el alba. El padre, con rostro de dolor y voz entrecortada, preguntó al capitán Grajeda, que comandaba a la guardia, lo siguiente: «¿Siempre me van a matar?», recibiendo como respuesta: «Esa es la orden que tengo».

«Bien –repuso Álvarez–, ya sabía que tenían que matarme porque soy sacerdote; cumpla usted la orden, solo le suplico que me conceda hablar tres palabras». El capitán aceptó y el padre dijo: «Voy a morir inocente, porque no he hecho ningún mal. Mi delito es ser ministro de Dios. Yo los perdono a ustedes.

Solo les ruego que no maten a los muchachos, porque son inocentes, nada deben».

El presbítero cruzó los brazos mirando al cielo. Los soldados recibieron la orden de fusilamiento. Como si fuera el cadáver de un perro, el cuerpo del cura fue arrastrado con un mecate y aventado a un muladar.

Así, San Julián pagaba su osadía de ser el primer pueblo cristero en conseguir una victoria. En cuanto sus habitantes se enteraron de lo sucedido, acudieron con piedad y amor a la velación del occiso en la casa del sacristán José Carpió. La gente recogió el cadáver sin importarle las represalias a las que se exponían.

«Lo revistieron con un vestido blanco de sacerdote… La gente mojaba algodones en la sangre del Señor Cura como reliquia», cuentan los testigos del proceso.

Julio Álvarez Mendoza fue beatificado en Roma el 22 de noviembre de 1992 y canonizado el 21 de mayo durante el Jubileo del año 2000, por S.S. Juan Pablo II.

(San Julián derrama la primera sangre cristera – Líder Empresarial, por Redacción 28 marzo, 2023 en Líder Life Reading Time, https://www.liderempresarial.com/san-julian-derrama-la-primera-sangre-cristera/)

Pedro Conde Sturla

Escritor y maestro

Profesor meritísimo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), publicista a regañadientes, crítico literario y escritor satírico, autor, entre cosas, de ‘Los Cocodrilos’ y ‘Los cuentos negros’, y de la novela histórica ‘Uno de esos días de abril.

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