Basta observar la sociedad dominicana actual para notar hasta qué punto el cuerpo y la imagen han adquirido un lugar central. En las redes sociales, en la televisión, en las calles o en los centros comerciales se multiplican los mismos códigos: cuerpos exhibidos, transformados y trabajados hasta el detalle, cinturas afinadas, glúteos y pechos aumentados, como si la apariencia se hubiera convertido en una forma esencial de reconocimiento social.

Querer parecerse a ciertas “megadivas” cuidadosamente fabricadas ha contribuido a banalizar la cirugía estética. Lo excepcional se volvió cotidiano. Desde las torres hasta los barrios, operarse ya no aparece necesariamente como una decisión importante, sino casi como una etapa normal de perfeccionamiento personal.

La presión estética es tal que algunas mujeres terminan poniéndose en manos de cirujanos poco calificados o clínicas improvisadas, atraídas por precios accesibles y por la promesa de una transformación rápida. La República Dominicana se ha convertido incluso en destino de un cierto “turismo” de cirugía estética, pese a accidentes y complicaciones que periódicamente salen a relucir en los medios de comunicación.

Sin embargo, el fenómeno no adopta las mismas formas en todos los sectores sociales. En ciertos ambientes predomina la búsqueda visible del volumen y de las curvas exageradas. En otros, más acomodados, el ideal cambia: menos exuberancia corporal y más obsesión por mantenerse “fit”, controlar el envejecimiento, tensar discretamente el rostro o esculpir el cuerpo en gimnasios y centros estéticos. Los códigos cambian, pero la presión sigue siendo la misma.

El fenómeno tampoco se limita a la cirugía. También pasa por la exhibición del cuerpo tatuado, musculado o permanentemente trabajado. Como si el cuerpo ya no bastara por sí mismo y tuviera constantemente que mostrar algo, corregirse, producir una identidad visible.

Existen, sin embargo, algunas corrientes que parecen resistir esta tendencia. Muchas mujeres evangélicas han optado por una vestimenta que cubre el cuerpo, incluso en un clima tropical donde la comodidad parecería invitar a lo contrario. Sus elecciones responden a convicciones religiosas, pero también ilustran que la relación con el cuerpo sigue siendo, en parte, una construcción cultural y no una realidad uniforme.

No todas las sociedades muestran el cuerpo de la misma manera ni le otorgan el mismo lugar. Sin embargo, las redes sociales han introducido algo nuevo: una homogeneización global de los códigos de visibilidad.

Plataformas como Instagram o TikTok premian lo que impacta inmediatamente: la imagen fuerte, el cuerpo remodelado, la transformación visible. No es solamente una cuestión estética. Es un mecanismo de exposición permanente donde la apariencia se convierte en herramienta de validación social.

Es quizás ahí donde reside el verdadero cambio cultural: nunca el cuerpo había ocupado un lugar tan central en la construcción de la identidad y del reconocimiento social.

Lo preocupante no es que exista ese lenguaje de la imagen. Es que tienda a volverse único. Porque cuando todo converge hacia el mismo ideal —la misma silueta, la misma puesta en escena, la misma forma de éxito— se reducen las posibilidades y se uniforman las aspiraciones.

Quizás hoy en día, la verdadera libertad no consista en poder transformar indefinidamente el cuerpo, sino en no sentirse obligado a hacerlo para existir en la mirada de los demás.

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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