Iniciaba 1959, triunfo de la revolución cubana. Era la época de la Guerra Fría, muchos países del llamado Tercer Mundo libraban batallas contra el colonialismo, florecía la utopía comunista, la guerra era fría entre las potencias y caliente en varios confines del planeta, surgieron las guerras de guerrillas y Cuba fue escenario de ella.
Enfrentarse a Estados Unidos generaba apoyo del otro lado, y Fidel Castro lo entendió rápido. Forjó vínculos (dependencia, a fin de cuentas) con la antigua Unión Soviética para desafiar a Estados Unidos; era la única manera para una isla pequeña.
Se gestó entonces la mitología revolucionaria: educación y salud para todos, lealtad al proyecto, resistencia a lo opuesto, tenacidad para la supervivencia.
En su poderío, negociado después de la Segunda Guerra Mundial, la antigua Unión Soviética podía darse el lujo de apoyar movimientos y regímenes en distintas partes del mundo, y Cuba fue uno de ellos.
Llegó el colapso de la Unión Soviética después de la caída del Muro de Berlín en 1989 y se agudizaron las precariedades cubanas. Para entonces, Cuba no era de mucha importancia para Estados Unidos, que prefería la estabilidad de un régimen autoritario al caos y la presión migratoria de una transición política.
Durante su presidencia, Barack Obama ofreció de manera tenue una opción de cambio gradual a Cuba, pero el régimen cubano se sentía aun poderoso, no ya por el apoyo de la desaparecida Unión Soviética, sino por el de la Venezuela chavista.
El breve intento de apertura diplomática terminó cuando Donald Trump asumió el poder en el 2017 y endureció nuevamente las sanciones del embargo.
La captura de Nicolás Maduro en una operación militar de Estados Unidos el pasado 3 de enero, así como el despliegue naval en el mar Caribe y la decisión de Trump de que ningún país de la región envíe petróleo a Cuba, deja la isla al borde del colapso.
Es cierto que varias veces se ha anunciado la caída del régimen cubano sin producirse, pero ahora hay condiciones que apuntan a su final o a su reconfiguración.
Estados Unidos ha reforzado su control militar en toda la región del Caribe y no hay a la vista ningún país con recursos económicos dispuesto a apoyar una Cuba en estas condiciones. Rusia está ocupada con su guerra en Ucrania y China con su conflicto comercial con Estados Unidos. O sea, Cuba está solita.
Si Washington persiste en ahogar el régimen cubano, necesitará una estrategia económica y política posterior al colapso. Cuba requiere inversiones millonarias en obras de infraestructura y el restablecimiento de la producción.
Disponibilidad de capital internacional habrá, el asunto es cómo organizar un gobierno estable para establecer un sistema capitalista sobre las cenizas del comunista.
En Venezuela, el Gobierno de Estados Unidos ha aptado, hasta el momento, por reinstaurar el capitalismo transnacional con los chavistas en el poder. ¿Utilizarán la misma fórmula en Cuba? ¿Hay castristas dispuestos a gestionar una transformación capitalista bajo la tutela de Washington después de tantos años rechazándolo? ¿Es posible instaurar rápidamente un gobierno en Cuba sin ellos? El tiempo dirá.
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