Cuba no constituye una amenaza para la seguridad de Estados Unidos ni para ningún otro pueblo. La acusación de que la isla representa un peligro para la nación más poderosa del planeta merece una refutación firme, porque detrás de ese discurso se encuentra una larga historia de confrontación política, presión económica y hostilidad contra un país que decidió construir un proyecto social diferente al capitalismo dominante.

¿De qué amenaza estamos hablando? ¿De un pequeño país caribeño que, a pesar de sus limitaciones económicas, ha enviado médicos a lugares donde faltan profesionales de la salud? ¿De una nación que ha formado gratuitamente a miles de estudiantes extranjeros? ¿De un pueblo que ha compartido sus modestos recursos con comunidades golpeadas por epidemias, desastres naturales y emergencias sanitarias? ¿O se pretende presentar como amenaza el simple hecho de que Cuba defienda su soberanía y se niegue a aceptar que su destino sea dictado desde Washington?

La pregunta fundamental es inevitable: ¿constituye una amenaza para la seguridad estadounidense un país que no dispone del poder militar, económico ni tecnológico de Estados Unidos, o se está confundiendo deliberadamente la seguridad nacional con el derecho de una potencia a imponer su voluntad sobre otros pueblos?

La solidaridad cubana frente a la política de la fuerza

La historia de Cuba revolucionaria está marcada por una práctica internacionalista que trasciende sus fronteras. Sus brigadas médicas han prestado servicios en países de América Latina, África, Asia y el Caribe. Durante la epidemia de ébola en África occidental, profesionales cubanos participaron en los esfuerzos internacionales de respuesta. Después de desastres naturales, médicos y otros trabajadores de la salud cubanos también han colaborado con pueblos necesitados.

Esa conducta no significa que debamos idealizar todas las políticas del Gobierno cubano ni ignorar sobre las condiciones laborales de sus misiones médicas. Significa reconocer un hecho esencial: la cooperación sanitaria internacional forma parte de la trayectoria pública de Cuba y constituye una contribución que merece ser examinada con datos, no borrada mediante consignas propagandísticas.

Mientras el poder económico suele medir las relaciones internacionales en términos de rentabilidad, influencia y control estratégico, la experiencia de las misiones médicas cubanas ha colocado la atención sanitaria en el centro de su discurso de solidaridad. Esa diferencia política merece una discusión seria, no una caricatura de Cuba como enemigo permanente.

La solidaridad no convierte automáticamente a un Estado en inocente de todos sus errores, pero tampoco puede ser borrada por una acusación de amenaza que no se acompañe de pruebas concretas.

La soberanía no es un delito

Cuba tiene derecho a decidir su sistema político, organizar su economía y establecer sus relaciones internacionales dentro del marco del derecho internacional. Estados Unidos, como cualquier otro país, tiene derecho a proteger su territorio y evaluar riesgos reales para su seguridad. Pero ese derecho no autoriza a convertir las diferencias ideológicas en pruebas de una agresión ni a tratar la independencia de una nación como una provocación.

El conflicto entre Washington y La Habana tiene raíces históricas. La Revolución cubana de 1959 alteró profundamente las relaciones entre ambos países. Desde entonces, las sanciones económicas, los intentos de derrocar al Gobierno cubano y la confrontación política han alimentado una disputa que se prolonga durante décadas.

La invasión de Playa Girón en 1961, organizada con apoyo estadounidense, constituye un antecedente decisivo. La crisis de los misiles de 1962, por su parte, mostró hasta qué punto la confrontación entre las dos potencias podía poner en peligro la paz mundial. Recordar esos acontecimientos no significa negar las responsabilidades de otros actores, sino rechazar una narrativa histórica en la que Estados Unidos aparece siempre como una parte pasiva y Cuba como la única responsable del conflicto.

La historia exige rigor: las amenazas deben demostrarse mediante hechos verificables, no deducirse automáticamente de la ideología de un Gobierno o de sus vínculos diplomáticos con países adversarios de Washington.

Julio Disla

Escritor y militante

Julio Disla: el militante de la palabra, el poeta del pensamiento crítico. Voy por la vida con una pluma que combate, un teclado que documenta y una mirada que no se conforma con lo superficial. Soy el arquitecto de textos que cuestionan al capital, al racismo, a los muros — y a toda forma de dominación que intente maquillar su rostro con promesas democráticas. He hecho del ensayo un arma, del artículo un escenario de lucha, y del poema una bandera. Cuando escribo, se siente la influencia de Marx, la voz serena pero firme de José Pepe Mujica, el reclamo por justicia social, y la pedagogía que busca educar a otros con ideas y datos. Fundador de utopías posibles, intento rehacer la historia desde la izquierda que se reinventa, que no teme nombrar el neoliberalismo por su nombre, y que encuentra en cada injusticia una oportunidad para escribir, denunciar, proponer. Lo técnico y lo emotivo coexisten en mi estilo como militante de una misma causa. Soy, sin duda, un constructor de puentes entre la teoría y la calle.

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