Cuba sigue siendo una de las experiencias históricas más complejas y polémicas del continente americano. Admirada por unos y criticada por otros, continúa despertando entusiasmos porque representa mucho más que un sistema político: simboliza una idea de dignidad colectiva y resistencia histórica frente al abuso de poder del Neocolonialismo Imperial.

Comprender a Cuba únicamente desde indicadores económicos o disputas ideológicas resulta insuficiente. Existe también una dimensión cultural, ética y espiritual que ayuda a explicar por qué la isla continúa ocupando un lugar tan profundo en el imaginario latinoamericano, caribeño y mundial.

Las visitas papales a la isla socialista confirman su dimensión cultural, ética y espiritual y la convierten en uno de los pocos países del mundo cuyas calles han sido recorridas por tres papas muy influyentes, como fueron Juan Pablo II (Karol Józef Wojtyła, 1998); Benedicto XVI (Joseph Ratzinger, 2005); y Francisco (Jorge Mario Bergoglio, 2012).

Fue muy difundida la visita del papa Francisco a Cuba, primer papa de América en llegar al pontificado y cuya presencia en la isla tuvo un alto valor simbólico. Su visita fue interpretada como un reconocimiento al papel de Cuba en favor de los más necesitados y como una señal de respaldo al diálogo iniciado por Juan Pablo II (1998), en un momento de especial importancia para la región.

Tanto Fidel Castro, en su encuentro con Juan Pablo II, como Raúl Castro, en su reunión con el papa Francisco, sostuvieron conversaciones de carácter «estrictamente personal» en sus respectivos espacios de trabajo en el Vaticano. En esos encuentros se abordaron, entre otros temas, las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, asunto al que el pontífice Francisco prestó particular atención en 2012. Ese mismo año, el papa tenía previsto reunirse con el presidente de Estados Unidos, país que ha mantenido contra Cuba un bloqueo y cerco económico por más de 65 años.

Dichos encuentros fueron analizados y ponderados por expertos políticos y teólogos como acontecimientos que marcaron hitos históricos en los últimos 30 años de la isla, así como los que sostuvieron Fidel, Raúl y Díaz Canel con los sumos pontífices en otros contextos. Análisis que se produjeron lejos de la narrativa harto conocida de meter a Cuba en una lista de países terroristas y otras andanadas de tipo ilógicas para justificar un criminal bloque como acto de pánico para que la gente se desespere y así pueda justificarse la narrativa que va en contra de la esperanza de un mundo mejor posible, como ha sido la postura de los máximos representantes de los estados cubano y del Vaticano en la búsqueda de reencuentro y comunión que también incluya al país norteño, como sucedió con el entonces presidente Obama, que visitó la isla.

Los intercambios de regalos entre Raúl y el papa Francisco en el Vaticano fueron destacados en el marco espiritual; entre otros objetos, Castro entregó un cuadro de arte contemporáneo, del artista pintor cubano Kcho, que representa una gran cruz compuesta de restos de barcazas sobrepuestos, ante la cual se encuentra un migrante en oración. El artista cubano, que estaba presente, explicó al papa que se inspiró en el gran compromiso de Francisco de llamar la atención mundial sobre los problemas de los migrantes y refugiados; mientras que el Santo Padre entregó, entre otros regalos, su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, que trata sobre su misión evangelizadora, entre cuyos objetivos están la renovación de la Iglesia y el encuentro con los pobres, la lucha en favor de los excluidos, contra la violencia en la vida de las naciones y la idolatría del dinero en el mundo moderno, una Iglesia católica misionera y comprometida con la sociedad. Según el portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, Raúl Castro «agradeció públicamente al papa su papel en el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos». (OBSERVATORIO ECLESIAL AÑO 4 * 11-17 mayo 2015 * NÚM. 116).

El amor eficaz

Cuba dirigió en la segunda mitad del siglo pasado una gesta emancipadora que, a decir de Juan Bosch, rompió la frontera imperial de cinco siglos de historia caribeña como un espacio de confrontación entre imperios y pueblos y tomó el poder un liderazgo que repartió el amor a escala social: porque fue refugio y aliento de los perseguidos de las dictaduras del continente americano impuestas por más de 50 años, precisamente por el país que hoy y siempre ha estado tratando de subyugarla; también paró a las grandes potencias europeas que se habían comido a África; fue el refugio de los pobres del mundo en busca de salud y la mitigación del dolor por causa de algunas enfermedades que, en sus países de origen, no podían ser atendidas por condiciones socioeconómicas y, muchas veces, por falta de tecnología médica para tratarlas.

Esa Cuba que quieren destruir está en comunión con la pastoral social de la iglesia católica, predicada por el Santo Padre Francisco, tal como se refleja en una de sus exhortaciones apostólicas que establecen: «Estoy convencido de que, a partir de una apertura a la trascendencia, podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social», que tanta falta le hace al mundo.

O cuando dijo: «Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos». (Ibidem).

Ese amor eficaz también lo vivimos cuando, en las décadas de 1970, 1980 y 1990, aviones iban y venían de República Dominicana a Cuba con personas enfermas que viajaban a la isla bendita a buscar salud a bajo costo, cuando no gratis; miles de seres humanos de todo el mundo iban, hasta hace poco, a buscar bienestar físico y espiritual, hasta que en los últimos 35 años Cuba estableció un programa de relaciones con gobiernos del mundo, a pesar de las diversas sanciones, para mandar sus médicos a todos los países que lo necesitaran e, igualmente, se crearon grandes centros para atender a los pacientes en muchos continentes sin tener que viajar a Cuba. Es una manera de Cuba resistir y seguir aportando a la humanidad, haciendo realidad la palabra del apóstol de su independencia, José Martí: «Denme en qué servir: tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti», cuando le escribió a su amigo Manuel Mercado el 18 de mayo de 1895, donde le advertía: «… impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América».

O cuando no, las palabras de Juan Pablo II en La Habana: «Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que el mundo se abra a Cuba, para que este pueblo, que como todo hombre y nación busca la verdad, que trabaja por salir adelante, que anhela la concordia y la paz, pueda mirar el futuro con esperanza».

Recordemos que, en el segundo lustro de la década de 1970, el entonces presidente dominicano, don Antonio Guzmán, con la apertura y distensión que se daba entre Estados Unidos y Cuba, con reencuentros familiares, acuerdos migratorios e intercambios científicos y artísticos, quitó la ley que prohibía visitar Cuba y los dominicanos pudieran viajar sin el permiso especial del presidente, como se hacía antes de 1978.

En una oportunidad, en diciembre de 1979, visité a Pablo Rafael Casimiro Castro, el otrora más grande tribuno, después de Peña Gómez, que tuvo el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), exsenador de la República por la provincia Pedernales en 1966, quien había salvado su vida luego de un atentado mortal con fósforo blanco en Santo Domingo, capital dominicana, que lo dejó vivo por obra y gracia de Dios, quedando desfigurado su rostro, sin mano izquierda, con tan solo un muñón por la amputación. Nueve años después de ese atentado, Balaguer, como ironía de la vida, lo envió a Cuba y allí le devolvieron esa mano, después de cerca de 50 intervenciones quirúrgicas.

También en el mismo Hospital Clínico Quirúrgico Calixto García, donde Casimiro Castro recibía atenciones médicas, a poca distancia del Alma Mater de la Universidad de La Habana, también recibía el solidario cuidado médico otro gran dominicano, el poeta y declamador Francisco González «Chico», quien había sobrevivido a un derrame cerebral que sufrió cuando se encontraba en Canadá, país que visitó para declamar las grandes y hermosas poesías clásicas dominicanas.

Casimiro Castro y Chico González retornaron al país, el primero con una mano hecha de su propio cuerpo, capaz de tomar una taza de café o manejar de manera normal; y el otro escribió dos libros de poesías, uno de ellos titulado Con Cuba, como gratitud al gesto del amor a escala social.

Como estos dos personajes de la historia reciente dominicana, podemos mencionar miles de casos de dominicanos, incluyendo a más de un centenar de personalidades de todos los niveles sociales, ideológicos y socioeconómicos de nuestro país que, gracias a ese gesto benevolente y solidario de la patria de José Martí, lograron tener salud y vida por mucho tiempo; sin mencionar otros miles de dominicanos y dominicanas que también recibieron, y reciben, los beneficios de la solidaridad de los cubanos en materia de educación universitaria, deportes y artes.

Por todo lo antes dicho, la solidaridad con Cuba en estos momentos es un acto de gratitud, porque ¿quién no tiene un familiar, amigo o relacionado que haya recibido los beneficios de las «magníficas posibilidades» de la isla?

Fuentes que se pueden consultar:

[1] Bosch, J. (1970). De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega.

[1] papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium_sp.pdf. Pág. 162.

[1] Martí, J. (1895). Carta a Manuel Mercado, Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895. En Centro de Estudios Martianos (Ed.), Obras completas (Vol. 20, pp. 161–164). La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

[1] Ceremonia de bienvenida. Discurso del Santo Padre. Aeropuerto de La Habana.

Miércoles 21 de enero de 1998. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1998/january/documents/hf_jp-ii_spe_19980121_lahavana-arrival.html

Pedro José Taveras Alonzo

Antropólogo social

Quien suscribe cuenta con 23 años de experiencia como técnico en el Programa Nacional de Reforestación que se ejecuta desde el 1997 en República Dominicana.

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