Durante años se nos entrenó para creer que la política internacional era un ejercicio moral. Que los Estados actuaban movidos por valores, que las alianzas se fundaban en principios compartidos y que la diplomacia consistía en pronunciar las palabras correctas frente a los micrófonos adecuados. En ese relato, negociar comenzó a parecer una claudicación; hablar con el adversario era debilidad, transar intereses era corrupción ética, y toda conversación debía estar precedida por una condena pública que dejara a salvo la conciencia.

Ese mundo ya no existe o, más precisamente, ese mundo nunca existió, pero hoy la ficción ha dejado de ser funcional.

En ese contexto, y no por azar, la diplomacia que se ha ido reconfigurando en torno al líder político de mayor influencia hoy resulta incómoda no porque sea excepcional, sino porque expone crudamente lo que el orden internacional ha tratado de ocultar, que la política, cuando es real, no se funda en virtudes sino en poder; no se sostiene en declaraciones, sino en capacidad de intercambio; y no se expresa en gestos morales, sino en decisiones que alteran flujos concretos.

Negociar vuelve a ser político cuando deja de ser pedagógico. Cuando ya no busca enseñar valores, sino reordenar intereses.

Lo que molesta de esta forma de diplomacia no es su dureza, sino su sinceridad. En el tipo de liderazgo que hoy reordena la política internacional, no se habla en nombre de la humanidad, ni de la democracia, ni de un futuro compartido. Se habla en nombre del Estado que se representa, y se hace sin disimulo. No se prometen convergencias morales; se ofrecen acuerdos. No se amenaza con castigos simbólicos; se modifican condiciones materiales. No se cancelan interlocutores; se los convoca, incluso cuando resultan incómodos.

Ahí radica la ruptura.

Durante décadas, en contraste, buena parte de la política exterior occidental se organizó alrededor de una paradoja, predicar universalismo mientras se practicaba selectividad, sancionar en nombre de los derechos humanos mientras se negociaba por debajo de la mesa, condenar públicamente y acordar en privado. Esa doble moral terminó erosionando tanto la legitimidad del discurso como la eficacia de la acción. El resultado fue un sistema internacional saturado de declaraciones y pobre en resultados.

Cuando negociar vuelve a ser un acto político, esa coartada se derrumba.

La energía, el comercio, la seguridad y el acceso a mercados reaparecen como los verdaderos lenguajes de la política internacional. No como instrumentos secundarios, sino como la gramática central del poder. Al desplazar el conflicto del terreno moral al terreno transaccional, se reduce la épica, pero también se reduce la probabilidad de guerra abierta. No porque los actores se vuelvan más virtuosos, sino porque se vuelven más racionales.

Esto explica por qué gobiernos ideológicamente distantes, e incluso hostiles, aceptan sentarse a la mesa. No porque compartan una visión del mundo, sino porque entienden que la confrontación simbólica empobrece y el aislamiento castiga más al aislado que al sistema. Negociar, en este marco, no es rendirse sino administrar supervivencia.

También por eso esta diplomacia incomoda a las élites políticas y mediáticas formadas en el culto al discurso. Porque les quita el terreno donde eran fuertes, el de la denuncia, la condena, la superioridad moral. Frente a la negociación cruda, la retórica se vuelve irrelevante y, cuando la retórica pierde centralidad, muchos liderazgos quedan desnudos.

Ese desplazamiento se vuelve visible en Medio Oriente, en América Latina, en Asia y en los márgenes de Europa, esta lógica reaparece con matices distintos, pero con un hilo común: la estabilidad ya no puede sostenerse sobre guerras administradas ni sobre conflictos congelados que solo producen sufrimiento y rentabilidad política para terceros. La negociación reaparece no como idealismo, sino como gestión del riesgo sistémico.

Hablar con enemigos, integrar actores incómodos, aceptar equilibrios imperfectos vuelve a ser político porque reconoce el conflicto como parte constitutiva del orden, no como una anomalía moral a erradicar.

Negociar vuelve a ser un acto político cuando se acepta que no hay soluciones puras, que la paz no es un estado final sino un equilibrio inestable, y que el poder no se disuelve con palabras. En ese sentido, esta diplomacia no inaugura un mundo mejor, pero sí desmonta una ficción peligrosa, la de creer que los conflictos se resuelven desde la distancia ética.

En un sistema internacional fatigado por guerras interminables, sanciones estériles y discursos vacíos, volver a negociar —con todo su costo, su cinismo y su incomodidad— no es retroceder. Es recordar qué es la política cuando deja de fingir que no lo es.

Pedro Ramírez Slaibe

Médico

Dr. Pedro Ramírez Slaibe Médico Especialista en Medicina Familiar y en Gerencia de Servicios de Salud, docente, consultor en salud y seguridad social y en evaluación de tecnologías sanitarias.

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