Diálogo sobre la libertad

Hubo un tiempo en que la libertad era asunto casi exclusivo de filósofos y teólogos. Se discutía en bibliotecas y en tratados. Hoy es asunto de ingenieros que diseñan sistemas capaces de predecir lo que vamos a desear antes de que lo deseemos.

La pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma que incomodó a Spinoza en Ámsterdam y a Kant en Königsberg: ¿somos libres o creemos serlo porque ignoramos las causas que nos determinan?

Spinoza pensaba que comprender es liberarse. No somos libres porque hacemos lo que queremos. Somos libres cuando comprendemos por qué queremos lo que queremos. La libertad, para él, no era libre albedrío. Era potencia: aumentar nuestra capacidad de entender las causas que nos mueven.

Kant no aceptaba esa reducción. Para él, si mis acciones dependen de inclinaciones o circunstancias que no gobierno, no soy libre en sentido moral. La verdadera libertad exige autonomía: darme a mí mismo la ley. No obedecer a mis deseos, sino a la razón.

Faltaba algo en ese tablero y Hegel lo añadió. El individuo aislado es una abstracción. La libertad necesita realizarse en el mundo: en el derecho, en las instituciones, en el reconocimiento mutuo, en la historia. Sin instituciones, la libertad es declamación.

Mientras tanto, alguien se reía de los tres. Palabra admirable, esa de autonomía. Sobre todo porque nadie la ha visto jamás, decía Schopenhauer. Para él, lo que llamamos voluntad no es soberana. Es ciega, insistente, nunca satisfecha. Comprender no nos libera. Nos revela la profundidad de nuestra esclavitud.

Discutimos así durante dos siglos, en un ir y venir. Un poco de este, menos de aquel, o viceversa. Hasta que, a finales del XIX, Nietzsche cambió los términos.

¿Quién necesita creer en una voluntad soberana? Detrás de nuestras teorías morales, decía, puede haber miedo, resentimiento, deseo de obediencia o de dominio. La filosofía ha confiado demasiado en las razones que los hombres ofrecen sobre sí mismos. Hay que sospechar de lo que pretende presentarse como puro y desinteresado.

Isaiah Berlin, que marcó el siglo XX, entendió el peligro. La historia puede ampliar libertades, pero también puede justificar que se destruyan en nombre de un futuro único. Cada época llama necesidad a lo que acaba de ocurrir y luego construye una filosofía para demostrar que no podía haber ocurrido de otro modo. Por eso defendió algo más modesto y difícil: la pluralidad de fines. No todos los bienes son compatibles. No toda libertad puede reducirse a una sola.

André Malraux introduciría entonces una precisión incómoda: determinar las coacciones es el único medio de determinar las libertades y su orden de urgencia.

Esa fue la discusión hasta ayer por la tarde.

Hoy la discusión ha cambiado de tono y de tablero. Ya no ocurre solo en la filosofía. Ocurre en Silicon Valley.

Supongamos, como proponía Spinoza, un sistema capaz de conocer nuestros deseos mejor que nosotros mismos. Una inteligencia que registra patrones de comportamiento, identifica regularidades, anticipa decisiones y modifica las condiciones bajo las cuales elegimos. Ya no es hipótesis. Es el modelo de negocio de las plataformas que organizan buena parte de nuestra vida.

Los mercados reaccionan a sus anuncios. Los gobiernos adaptan políticas. Los ciudadanos reorganizan hábitos.

Pero la pregunta sigue siendo pertinente: ¿estamos ante herramientas que aumentan nuestra potencia, como quería Spinoza, o ante sistemas capaces de utilizar nuestras causas para dirigir nuestras conductas, como temía Nietzsche?

La diferencia es decisiva. Una cosa es descubrir, desde Aristóteles, que tenemos causas. Otra es construir sistemas capaces de usar esas causas para influir sobre nosotros a escala planetaria.

Entonces la cuestión deja de ser psicológica. Se vuelve política y jurídica, como diría Hegel. Moral, como diría Kant. Trágica, como diría Schopenhauer. Y vuelve la pregunta de Malraux, que no habíamos abordado: ¿cuáles son las coacciones que inducen el comportamiento humano?

Hacemos la pregunta equivocada. ¿Puede una máquina ser libre? Spinoza corregiría: pregunta demasiado humana. Preguntemos mejor qué puede hacer, qué causas determinan su actividad, qué relaciones establece, qué potencia aumenta o disminuye.

Kant preguntaría si puede darse a sí misma una ley. Hegel, qué nuevas formas de reconocimiento surgen. Schopenhauer, si puede sufrir. Nietzsche, qué valores podría crear.

A Camus le hubiera gustado intervenir desde la otra orilla. No para negar la libertad individual, sino para recordar la rebelión contra aquello que nos oprime: me rebelo, luego somos. La libertad ha dejado de ser solo una propiedad del individuo y adquiere una dimensión común.

Berlin, más apegado a la tierra, preguntaría lo único que importa: ¿qué ocurrirá con la libertad humana si esas máquinas empiezan a organizar una parte creciente de nuestra vida?

Antes de responder, supongamos que un sistema conoce nuestros hábitos, nuestras debilidades, nuestras probabilidades, y puede usar ese conocimiento para influir sobre nosotros.

Kant diría: debemos regularlo. Nietzsche, incómodo como siempre, replicaría: ¿y quién regulará a los reguladores?

Spinoza insistiría en algo que hoy suena ingenuo y, sin embargo, es central: eso solo funcionará si los ciudadanos comprenden, al menos parcialmente, las causas de sus propios deseos. No es necesario comprenderlas todas. Aumentar nuestra comprensión ya modifica nuestra situación.

Nietzsche no cedería: seguimos en la vieja esperanza de que debajo de las máscaras existe un yo que finalmente puede gobernarse. Quizá no haya que encontrarlo. Hay que crearlo. Spinoza replicaría: o comprender aquello que somos antes de intentar crearnos. Y Berlin cerraría: sin permitir que una sola definición de lo humano se convierta en prisión.

Así el problema deja de ser europeo y se vuelve nuestro.

El desafío ya no será quién controla los algoritmos dentro de un Estado, sino qué ocurre cuando Estados, empresas y poderes diversos, incluso contrarios, utilizan sistemas capaces de influir sobre poblaciones enteras sin compartir las mismas reglas.

Ahí está el verdadero futuro. No una máquina contra el hombre, sino poderes humanos utilizando máquinas para ampliar su capacidad de influir, vigilar, manipular y competir. Un algoritmo diseñado para gobernar deseos no se detiene ante una frontera.

Ya no hablamos solo de ejércitos, territorios o recursos. Hablamos de datos, inteligencia, información, infraestructura y capacidad algorítmica.

Kant preguntaría, fiel a sí mismo, quién establece las reglas de la paz perpetua. La respuesta no existe todavía.

Pudiera ser, como decía Spinoza, que la pregunta decisiva no sea si podemos construir máquinas cada vez más inteligentes, sino si podremos construir instituciones capaces de gobernar su poder. Porque sin ellas el poder queda a merced de quien lo ejerce, acotaría Hegel. Y Nietzsche se reiría de todos, perdidos como corderos en las redes sociales y en las mazmorras institucionales.

Sin importar las hipótesis, Kant señalaría lo que requiere la vida humana a priori: principios morales para actuar. ¡Y límites!, exigiría Berlin. Y capacidad política, sentenciaría Hegel. Y tolerancia, haría valer Spinoza. Y desconfianza, esgrimiría Nietzsche. Y memoria del sufrimiento, suspiraría Schopenhauer. 

Aunque Camus, parco, recordaría que la libertad que uno reclama para sí no puede convertirse en el derecho a destruir la libertad de otro.

Los libros siguen cerrados. Las preguntas también.

La pregunta ya no es: ¿somos libres? Malraux volvería sobre la palabra misma: la libertad es una palabra idiota; las libertades, en absoluto.

Quizá la diferencia importe más de lo que parece. Porque las libertades tienen nombres concretos: pensar, disentir, elegir, asociarse, no ser vigilado, no ser manipulado. Un algoritmo no necesita abolir la libertad de una vez. Puede modificar, una por una, las condiciones bajo las cuales esas libertades se ejercen.

La pregunta es: ¿qué clase de seres debemos llegar a ser —y qué clase de reglas debemos construir— para que la palabra libertad siga teniendo sentido en un mundo gobernado cada vez más por algoritmos y por poderes que todavía no saben cómo limitarse?

Hay, sin embargo, una última dificultad. No que una máquina llegue a pensar como nosotros, sino que llegue a conocernos con una precisión que nosotros mismos no poseemos. No que sepa solo lo que hicimos ayer, sino que pueda anticipar con creciente exactitud lo que probablemente haremos mañana.

La libertad no consiste necesariamente en ser imprevisibles. Pero una sociedad en la que nuestros deseos y reacciones puedan ser anticipados sistemáticamente por quienes poseen los instrumentos para modificarlos sería una sociedad en la que el poder habría penetrado en un lugar hasta ahora reservado a nosotros mismos.

Tal vez la última libertad no consista en hacer lo que queremos, sino en conservar un espacio en el que ni siquiera quienes nos observan puedan saber con certeza qué haremos.

Camus volvería entonces a decirlo con aquella fórmula breve que parece contenerlo todo: Me rebelo, luego somos. 

No sería ya el individuo aislado preguntando si es libre. Seríamos nosotros preguntando qué condiciones hacen posible que sigamos siendo libres juntos.

Epílogo. En algún lugar, fuera del mundo de los difuntos, las máquinas siguen aprendiendo a predecir nuestros deseos. Los vivos, mientras tanto, continuamos sin saber quién enseñó a las máquinas a pensar qué, ni quién tendrá el poder de gobernarlas. La discusión apenas comienza. En juego está la condición humana.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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