Llevo la mayor parte de mi vida comprometido con la educación superior católica en República Dominicana. Durante los últimos dos años, en que he tenido tiempo para pensar y escribir a gusto, he redactado decenas de cuartillas sobre la cuestión. Cuando leí la semana pasada aquí en Acento un excelente artículo de mi colega y mentor Radhamés Mejía titulado La universidad católica como institución de servicio público en la era digital decidí publicar algunas breves notas sobre el tema. El resto verá la luz posteriormente, otras cuestiones me urgen ahora.
Una de las imágenes más poderosas de los Evangelios es la utilidad de la sal. Aparece en los tres Evangelios sinópticos y responde a la cultura de los pueblos mediterráneos desde hace milenios. No por azar tenemos el término salario proveniente del latín. En ese contexto me pregunto cuál es el sabor y el valor de la educación superior católica en nuestro país. Y más grave aún, qué pasa si perdemos ese sabor y ese valor. ¿Servimos para algo?
En el periodo feudal del occidente europeo y gran parte de la modernidad, sobre todo en la invasión y conquista del continente que hoy llamamos América, la educación fue iniciativa y dominio de la Iglesia Católica. A partir de las grandes revoluciones burguesas del siglo XVIII y XIX ha pasado a ser la Iglesia un actor más de la actividad educativa frente a las iniciativas de los Estados, la creación de instituciones privadas y la oferta educativa de otras confesiones cristianas. Lo mismo ocurrió con servicios como la salud y el cuidado de huérfanos y ancianos, de ser asunto exclusivo de la Iglesia pasaron a ser atendidos también por iniciativas estatales y privadas.
En el caso de la educación superior en nuestro país las instituciones existentes tienen un linaje curioso. La más antigua es el Seminario Santo Tomás de Aquino (1848), le sigue la Universidad de Santo Domingo, actualmente UASD (1914) y la tercera es la Universidad Católica Madre y Maestra, actualmente PUCMM (1962). Las tres existen por leyes del Congreso Nacional, el resto por decretos. Tuvimos como isla el honor fundacional de la primera del continente, la Universidad de Santo Tomás de Aquino, cuyo documento institucional es la bula In Apostolatus Culmine, del 28 de octubre de 1538. Estas primicias hablan muy bien de los esfuerzos de la Iglesia Católica por la Educación Superior en nuestra tierra.
Comenzando en este siglo XXI, ¡que ya llevamos un cuarto!, constatamos que a escala planetaria la educación superior es servida por más de 35 mil instituciones, de muy variadas calidades, lo que ha conducido a distintos esfuerzos por medir la calidad y definir cuáles son las mejores, reduciendo la lista, en el caso de Times Higher Education a menos de dos mil y menos de mil en el QS World University Rankings. ¿Qué pasa con las más de 30 mil instituciones que no caen en los criterios de calidad? ¡Vaya usted a saber!
Esos índices de calidad están centrados en cuestiones de relevancia, tal como la investigación (medido por publicaciones arbitradas y patentes), nivel de la docencia (títulos de los docentes y sus perfiles profesionales), grado de inserción laboral (incluidos salarios de partida), entre otros factores. En torno a esta clasificación se desarrolla un intenso debate sobre lo que significa ser una universidad en la actualidad, que por supuesto no corresponde con lo que definía la Universidad de al-Azhar en el año 1,000 de nuestra era, la Universidad de París en el 1,300 o la Santo Tomás de Aquino en Santo Domingo al finalizar el siglo XVI.
Cuando hablamos de una Universidad Católica en la actualidad debemos poner el acento en que antes que cualquier otra cosa debe ser una “universidad”, no una escuela de catequesis, una tituladora para gente beata o un bastión integrista a la usanza de algunas madrasas islámicas que gestaron a los talibanes. Por tanto, no se diferencian, ni deben diferenciarse, las universidades católicas de las mejores instituciones universitarias del mundo que promueven la investigación, la docencia de calidad y el perfil de sus egresados. La identidad católica pasa a ser un asunto que demanda claridad institucional en otro orden de la cuestión.
En el mundo existen poco menos de dos mil universidades católicas, que van desde las fundadas por diócesis u órdenes religiosas, hasta las denominadas como de inspiración católica por ser sus creadores bautizados y con objetivos institucionales identificados como católicos. Dentro de las universidades católicas existe una categoría especial, las llamadas Pontificias, por ser aprobadas y reconocidas por la Santa Sede, son alrededor de unas 50. En nuestro país tenemos una, la PUCMM, que obtuvo dicho reconocimiento en 1987 cuando celebraba su jubileo de plata. Sobre las Pontificias pesa mayor responsabilidad en cuanto calidad institucional e identificación católica.
La pregunta se mantiene. ¿Qué hace que una universidad (una verdadera universidad) sea católica? Sobre todo, en el contexto actual mundial donde el modelo económico neoliberal está erosionando toda forma de bien común, despreciando la dignidad humana por obtener mayores ganancias para minorías y aniquilando la posibilidad de que la vida pueda sostenerse en el planeta. Agravado este escenario en este momento donde el multilateralismo y las relaciones internacionales basadas en el diálogo y el respeto (al menos como discurso) son destruidos a favor de un discurso y acciones agresivas para imponer la ventaja de los más fuertes y hundir a los más débiles en la impotencia, la miseria y el genocidio.
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