«Las mentiras resultan a menudo más verosímiles, más atractivas para la razón que la realidad, porque quien miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia desea o espera oír». -Hannah Arendt
La desinformación o los «fake news» no son un fenómeno nuevo, pues históricamente ha estado ligada a las distintas facetas de la sociedad y, de manera particular, a la política. Puede manifestarse tanto a través de interpretaciones y opiniones de los hechos, como mediante una distorsión consciente y deliberada de los mismos. Sin embargo, este fenómeno no puede entenderse de manera aislada, sino como parte de un problema más amplio: una herramienta de influencia política.
En este sentido, la desinformación resulta especialmente lesiva para la vida democrática cuando su propósito es influir y manipular la opinión pública hacia una posición ideológica concreta basándose en falsas premisas. Desde luego, sus consecuencias no son menores: se quiebra la confianza en las instituciones, deteriora la calidad democrática y alimenta la polarización social.
Por lo tanto, considerando que los medios y los periodistas son actores centrales en la construcción del debate democrático, la desinformación no puede ni debe ser vista como una simple falla profesional, sino como una forma de irresponsabilidad pública.
Partiendo de esto, resulta necesario examinar cómo la desinformación ha contaminado el tratamiento de la política exterior en el debate público dominicano. La política internacional, por su complejidad técnica, su lenguaje especializado y la dinámica propia de los procesos multilaterales, se hace particularmente vulnerable a interpretaciones erróneas.
Tratados internacionales, votaciones en foros multilaterales o posicionamientos diplomáticos suelen ser tergiversados y desprovistos de contexto, ofreciendo al público una narrativa ya procesada que se presenta como una verdad absoluta y que cierra cualquier espacio de discusión.
Precisamente en este contexto, los medios de comunicación desempeñan un rol decisivo, puesto que su función, como canales de información, es traducir estos hechos con precisión hacia el público general. Cuando esta mediación falla, sea de manera intencionada o no, se construye una realidad distorsionada que condiciona negativamente la percepción pública de las decisiones del Estado.
Esto ocurre recurrentemente en el reportaje de los asuntos internacionales, considerando que en diversas ocasiones los medios han afirmado falsamente que nuestro país ha respaldado en organismos multilaterales — especialmente en la ONU — una agenda contraria a su ordenamiento jurídico. No es extraño que la aprobación rutinaria de resoluciones sea presentada como un escándalo diplomático, ni que el foco del debate se desvíe hacia disputas identitarias que empobrecen y radicalizan el debate público.
Un ejemplo reciente se ilustra con la aprobación de la Resolución A/RES/80/190 sobre los Derechos del Niño de la ONU, adoptada el 19 de diciembre de 2025, a partir de la cual se afirmó que República Dominicana “aprobó el aborto”, siendo esto una interpretación completamente falsa. Se trata de una resolución que se conoce de forma bianual en dicho organismo, y en esta ocasión su enfoque estuvo centrado en la infancia, tal y como fue aclarado en el periódico El Nacional (https://elnacional.com.do/rd-aclara-su-voto-en-la-onu-sobre-derechos-ninez/ ).
El contenido de la resolución se orienta a reforzar el respeto, la protección y el ejercicio de los derechos del niño en todas sus dimensiones, además de prevenir y afrontar toda forma de violencia contra ellos. No obstante, este titular amarillista fue posteriormente replicado por diversos medios y periodistas, generando numerosas críticas que partían de una interpretación errónea del documento
Como se puede evidenciar, este caso constituye un claro ejemplo de desinformación. Y, si bien no es cierto que todos los casos respondan a un ánimo malintencionado o a una agenda política, cuando esto se repite y carece de rectificación por parte de los medios, se incurre en una práctica deshonesta e inmoral.
Esto resulta perjudicial para el ejercicio de las relaciones internacionales del Estado, teniendo en cuenta que la política exterior no se construye únicamente en las cancillerías, misiones diplomáticas u otros espacios diplomáticos en el exterior, sino también en la percepción pública interna que generan los medios.
Al respecto, Thompson y Macridis (1972) señalan que la prensa y los medios de comunicación forman parte de los factores internos que condicionan el proceso de formulación de la política exterior, junto con la opinión pública, los partidos políticos, los grupos de interés, la personalidad de los dirigentes, entre otros. Por lo tanto, una cobertura mediática deficiente no solo informa mal a la población, sino que altera el entorno en el que se toman las decisiones internacionales.
Como consecuencia, el margen de acción del Estado en el plano internacional se ve condicionado por estos factores internos, mientras aumentan los costos políticos asociados a las decisiones diplomáticas. Bajo estas circunstancias, la presión mediática no resulta compatible con la formulación de políticas coherentes y sostenibles, particularmente cuando se pretende consolidar una visión de Estado más allá de las fronteras nacionales.
¿Y cómo se puede construir una política exterior coherente y duradera cuando se enfrentan tales factores endógenos y el periodismo se ejerce sin el más mínimo sentido de responsabilidad? ¿No resulta todo esto perjudicial para el desarrollo y crecimiento de nuestro país?
La crítica a la política exterior, como a cualquier política pública, es legítima y necesaria, sin embargo, esa crítica debe basarse en hechos reales, no en narrativas fabricadas. Desde luego, cuando se discute sobre falsas premisas, el diálogo se vuelve inútil y manipulable.
Por último, deseo concluir recalcando la importancia de que, como ciudadanos, mantengamos una vigilancia crítica sobre el contenido que se difunde en los medios, recordando que los periodistas, comunicadores y demás actores de los medios tienen un deber con la sociedad y un compromiso con la verdad.
REFERENCIAS
- Arendt, H. (2023). Crisis de la República (G. Solana, Trad.). Madrid: Editorial Trotta.
- Periódico El Nacional. “RD aclara su voto en la ONU sobre derechos de la niñez.” 23 de diciembre de 2025. Disponible en: https://elnacional.com.do/rd-aclara-su-voto en-la-onu-sobre-derechos-ninez/
- Thompson, K. & Macridis, R. (1972). The Comparative study of foreign policy. In: Foreign Policy in World Politics. 4th edition. Englewood Cliffs, New Jersey, USA: Prentice-Hall, Inc.
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