Hay autores que convencen por la sutileza de su razonamiento y otros que lo hacen por la firmeza de su tono. Richard Dawkins (n. 1942) pertenece al segundo grupo. Su libro Ateísmo para principiantes —subtitulado con deliberada provocación Por qué no necesitamos a Dios en nuestra vida— no pretende tanto abrir una investigación filosófica cuanto clausurarla. El veredicto precede al proceso. Y, sin embargo, el atractivo del texto es innegable: está escrito con agilidad, con flemática ironía británica y con ese desparpajo que convierte cada afirmación en una consigna.

Dawkins no argumenta como quien busca; expone como quien ya ha encontrado. No en balde luce sus mejores galas de experimentado biólogo evolutivo, etólogo, divulgador científico —nacido en Nairobi, Kenia— que las de recatado y sorprendido reconocedor de todo lo que es.

Una crítica selectiva de la religión

La primera parte del libro se presenta como una demolición de las religiones. Pero, en realidad, el blanco principal no es “la religión” en abstracto, sino el cristianismo, y más específicamente ciertas formas populares o fundamentalistas de este.

La estrategia no es nueva. En The God Delusion, su obra más célebre, ya empleaba el mismo método: examinar versiones simplificadas o literales de la fe cristiana y concluir que, puesto que tales versiones son insostenibles, la fe en su conjunto debe serlo también.

El procedimiento retórico es eficaz. El reconocido escritor británico recuerda que existen muchas religiones, que sus relatos fundacionales difieren, que los textos sagrados contienen mitos, que hay creyentes que interpretan la Biblia de manera literal. Pero de ahí no se sigue, lógicamente, que Dios no exista; se sigue, en todo caso, que los seres humanos elaboran múltiples representaciones de lo divino. Confundir la diversidad religiosa con la inexistencia de Dios es dar un salto que requiere justificación filosófica, no simplemente indignación ilustrada.

Algo parecido ocurre cuando niega la divinidad de Jesús de Nazareth y lo reduce a “un hombre sabio de su tiempo”. Esta postura —culturalmente cómoda— fue cuestionada hace décadas por C. S. Lewis en Mere Christianity. Lewis formuló el célebre dilema: o Jesús era quien decía ser, o estaba profundamente equivocado, o era un impostor; lo que no cabe es convertirlo en un simple maestro moral despojado de sus afirmaciones más radicales. Dawkins ignora ese problema o lo considera irrelevante. Pero el silencio no lo resuelve.

El recurso a la ciencia: Darwin y la selección natural

En la segunda parte del libro, Dawkins intenta demostrar que Dios no es necesario para explicar el mundo. Aquí aparece su terreno natural: la biología evolutiva. Autor de una obra tan valiosa como un Potosí, The Selfish Gene, ha dedicado su vida a divulgar la teoría de la evolución y a subrayar el poder explicativo de la selección natural formulada por Charles Darwin.

El argumento central es conocido: si la complejidad biológica puede explicarse mediante procesos naturales acumulativos, entonces no necesitamos postular un diseñador. La naturaleza basta. Sin embargo, incluso concediendo la robustez de la teoría evolutiva —que nadie con seriedad científica discute hoy—, la conclusión lógica no se impone automáticamente. Darwin explicó un mecanismo; no refutó una causa última.

Conviene recordar, además, que el propio Darwin se definía más bien como agnóstico –“en la misma medida en que lo soy respecto de las hadas en el fondo del jardín”– que como ateo.

La evolución responde al “cómo” de la diversidad biológica; empero, la cuestión de Dios pertenece al “por qué” último de la existencia. Son planos diferentes. Mezclarlos puede resultar útil para la polémica, pero empobrece el análisis y enturbia la razón.

Dawkins añade otro argumento no menos importante: la tendencia a la creencia religiosa tendría una explicación evolutiva. Pero explicar el origen psicológico o biológico de una creencia no equivale a refutar su contenido. También nuestras capacidades matemáticas o lógicas tienen una historia evolutiva, y nadie concluiría por ello que los teoremas son ilusorios. El origen de una convicción no determina su verdad.

La cuestión filosófica pendiente

Aquí emerge el núcleo del problema: la insuficiencia filosófica del planteamiento. Negar la existencia de Dios no es simplemente negar un dato empírico; es adoptar una postura metafísica. Y la metafísica no se liquida con experimentos de laboratorio ni con modelos evolutivos.

La tradición filosófica ha elaborado argumentos —desde las vías de santo Tomás de Aquino hasta las formulaciones contemporáneas del argumento cosmológico— que pueden ser discutidos, matizados o rechazados, —pero no ignorados. Dawkins los menciona de pasada o los caricaturiza, como si bastara con declararlos absurdos para que lo fueran. Pero la filosofía no funciona por decretos.

Su estilo transmite seguridad; su razonamiento, en cambio, deja zonas sin explorar. Y es precisamente en esas zonas donde la cuestión de Dios adquiere espesor.

¿Necesitamos a Dios?

El subtítulo del libro sostiene que no necesitamos a Dios en nuestra vida. Es una afirmación audaz. Quizá demasiado.

Más allá de las disputas conceptuales, la pregunta toca una fibra existencial. El ser humano desea una plenitud que el mundo no termina de concederle: una felicidad sin caducidad, una justicia sin fisuras, un sentido que no se pierda en la muerte biológica.

Por ende, si tales anhelos de plenitud son meras ilusiones evolutivas, como sugeriría una lectura de envergadura estrictamente naturalista, entonces estamos estructuralmente desajustados: deseamos lo que no existe, vivimos para lo que no es ni será.

Pero si el deseo apunta —como intuían diversos filósofos y teólogos— hacia una realidad capaz de colmarlo, entonces la hipótesis de Dios no es un residuo precientífico, sino una respuesta racional a una experiencia profunda tan diversa —en todo lugar y tiempo— como el mismo primate superior que somos y seguimos siendo.

Dawkins ofrece una alternativa: aceptar la finitud sin consuelos trascendentes. Es una postura coherente y, en cierto sentido, valiente. Lo que resulta menos coherente y convincente es la pretensión de haber demostrado que toda apertura a lo divino carece de fundamento.

Conclusión

Ateísmo para principiantes es un libro brillante en su forma y discutible en su fondo. Seduce por su claridad, por su ironía y por la confianza con que expone sus tesis. Pero quien busque una refutación filosófica rigurosa de la existencia de Dios hallará más afirmaciones que demostraciones.

Richard Dawkins ha hecho una contribución inmensa a la divulgación científica. Cuando abandona la biología y entra en la metafísica, su paso es menos firme. No porque la ciencia carezca de autoridad, sino porque la pregunta por Dios exige algo más que ciencia: requiere filosofía.

Y tal vez ahí residan, tanto la paradoja, como la contrariedad final de la posición de Richard Dawkins. Para enfrentarse a Dios —sea para afirmarlo o para negarlo— no basta con la biología. Ella es, tan necesaria e indispensable, como insuficiente. Hace falta pensar hasta el fondo de lo que es, de todo lo que es.

Lo más parecido a un argumento contra la existencia de Dios que el lector puede encontrar entre las páginas de Ateísmo para principiantes está sintetizado en la siguiente frase: “La tendencia que conduce a una creencia religiosa tiene una explicación evolutiva”. Es de suponer, no obstante, que Dawkins es lo suficientemente capaz como para saber que eso no desmiente la existencia de Dios.

Que la creencia —léase bien: fe— religiosa tenga una explicación evolutiva no dice nada sobre la existencia de Dios; tan solo sobre el origen de la creencia religiosa. Aunque Dawkins, por la razón posible que sea, los confunda, lo cierto es que las religiones y Dios son dos objetos de estudio vinculados pero distintos: alguien podría demostrar la falsedad de todas las creencias religiosas sin poder deducir de eso la inexistencia de Dios.

Lo que sí es conclusivo de su versada exposición es que, si él tuviera razón y Dios, ese ser perfecto que puede colmar nuestras inquietudes de plenitud, no existiera, habría que aceptar una idea trágica y desesperanzadora: devenimos y estamos mal hechos, desgarrados por un deseo que nunca llegará a saciarse.

Entonces no quedaría más remedio que acogernos al vacío ensordecedor de una Cuaresma cualquiera que nos recuerda, machaconamente y con toda la solemnidad litúrgica de la fe (o de una de ellas) que somos —y seremos— la ceniza que queda tras el fuego de la vida: “Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris”.

Bibliografía

Dawkins, Richard, (1976). The Selfish Gene. Oxford, Oxford University Press.

-(2006) The God Delusion. Londres: Bantam Press.

-(2019) Outgrowing God: A Beginner´s Guide. Londres: Bantam Presos.

Traducción al castellano: Ateísmo para principiantes: Por qué no necesitamos

a Dios en nuestra vida. Madrid, Espada, 2022.

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

Ver más