La esclavitud como entronque fundacional
La colonia francesa de Saint-Domingue no nace en la bruma del siglo XVII, ni en la leyenda equívoca de los bucaneros de La Tortuga, sino en un proceso preciso, discontinuo y violento, cuyo punto de cristalización solo puede fijarse con rigor a partir de fines del siglo XVII. Antes de ello hubo ocupaciones irregulares, asentamientos flotantes, economías de rapiña; pero no colonia, en el sentido pleno del término.
Conviene, por tanto, ordenar el tiempo.
En 1654, Juan Francisco Montemayor y Cuenca logra la recuperación de la isla de La Tortuga para la Corona española. Un año después, 1655, la ocupación inglesa de Jamaica obliga al gobernador Bernardino Meneses Brancamonte, conde de Peñalva, a retirar la guarnición de La Tortuga. Ese vacío —político y militar— permite el retorno de bucaneros y filibusteros, atraídos por la abundancia de ganado cimarrón que se había multiplicado sin control en el occidente de La Española. No hay aún proyecto colonial: hay depredación.
La situación cambia tras la tregua de Nimega (1678). A partir de entonces, Francia inicia un asentamiento más sistemático en el occidente de la isla. El episodio de 1689, cuando el gobernador Tarin de Cussy ataca e incendia Santiago de los Caballeros, revela que ese asentamiento ya ha adquirido capacidad ofensiva. Sin embargo, la derrota francesa del 21 de enero de 1691, en la Batalla de La Limonade, desarticula momentáneamente esa presencia. La colonia, aún incipiente, queda sin nervio ni dirección.
Es entonces cuando se produce el verdadero giro fundacional. Francia nombra gobernador a Jean-Baptiste Du Casse, figura clave no solo por su autoridad política, sino por su inserción directa en el sistema esclavista atlántico: Du Casse era, simultáneamente, gobernador y jefe de la Compañía Francesa del Senegal. Con él no llega solo un administrador; llega el engranaje completo del capitalismo colonial: capitales, infraestructura, redes mercantiles y, sobre todo, esclavos africanos, muchos de ellos obtenidos tras el saqueo de la colonia inglesa de Jamaica.
A partir de ese momento, Saint-Domingue deja de ser una periferia incierta y comienza a configurarse como colonia de plantación. El Tratado de Ryswick (1697) no crea la colonia: la legitima jurídicamente. El hecho colonial precede al derecho; la esclavitud precede al Estado.
Demografía y estructura: el siglo XVIII como acto de nacimiento
En 1701, cuando el siglo XVIII apenas se inicia, la colonia cuenta con unos 2,000 esclavos. La cifra es modesta, casi marginal, pero decisiva: marca el punto en que la economía de plantación sustituye definitivamente a la economía de rapiña. No es el siglo XVII el que engendra Saint-Domingue; es el XVIII el que la hace monstruo.
Entre 1700 y 1740, el crecimiento es vertiginoso. Para 1740, la población esclava asciende a 117,000 individuos. No se trata de un aumento orgánico, sino de una importación forzada, dictada por la expansión del azúcar, ese “oro blanco” que exige trabajo continuo, cuerpos reemplazables y mortalidad asumida como costo.
La demografía revela la lógica profunda del sistema: Saint-Domingue no se reproduce; se repuebla. La tasa de mortalidad esclava supera sistemáticamente la natalidad. Cada barco negrero que entra en Cap-Français no corrige una escasez accidental: sostiene un modelo que se alimenta de la muerte.
Entre 1740 y 1780, la colonia se convierte en el mayor complejo esclavista del mundo atlántico. Las cifras son elocuentes y no admiten retórica:
- 117,000 esclavos en 1740,
- 460,000 hacia finales de la década de 1780,
- 495,528 en 1790, según el censo oficial,
- cerca de medio millón en vísperas de 1791.
No hay estabilidad: hay reemplazo. El sistema sabe que cada vida consumida exige otras cinco para sostener la producción.
La trata no fue empresa exclusiva de Europa. Reinos y élites africanas —Dahomey, Ashanti, Benín, Kongo— participaron activamente, vendiendo cautivos a cambio de armas, textiles y alcohol, y alimentando una economía que desangró al continente. Antes de la irrupción europea, la esclavitud africana era una institución compleja, ligada a la guerra, la deuda o el castigo, no siempre hereditaria ni perpetua, integrada en redes de parentesco y jerarquía. La demanda atlántica la transfiguró en industria: los conflictos se monetizaron, las guerras se hicieron caza humana, y la esclavitud devino máquina escalonada de muerte. Los barracones de la costa, con Gorée como emblema, fijaron esa complicidad: la alianza de reyes, mercaderes y cañones.
En las plantaciones, los cautivos formaban una Babel viva: aradas, nagos, mandingas, congos, ibos. A veces en una hacienda se hablaban veinte lenguas distintas. De esa fragmentación nació el créole, lengua de contacto y supervivencia. La mayoría eran bozales, recién llegados, portadores de dioses, marcas y memorias; su resistencia fue más radical. Los criollos, nacidos en América, hablaban la lengua del amo y ocupaban puestos de confianza. La plantación fue un campo de batalla cultural donde África persistió como desafío.
El hospital no fue refugio, sino engranaje. La enfermería principal albergaba cuerpos exhaustos con la condición de que sanaran lo justo; la choza apartada recibía la viruela, el pian, las llagas que condenaban. Se ocultaban síntomas y se preferían curanderos a esos recintos donde la ración desviada y la suciedad aceleraban la muerte. Cirujanos mal pagados purgaban con mercurio; esclavos hospitalarios limpiaban heridas y servían caldos. Todo se contaba: inoculaciones, días perdidos, fallecimientos. La salud valía en la medida en que el cuerpo regresara al taller.
El conuco fue resistencia silenciosa; la zafra, infierno. Turnos de veinticuatro horas, vigilias nocturnas, la roulaison que trituraba cuerpos entre diciembre y julio. La esperanza de vida osciló entre siete y quince años; muchos morían poco después de la “aclimatación”. El terror se dosificaba por cálculo: castigos, marcas, degradaciones públicas. La peor pena fue la muerte social, la reducción a inventario. El Código permitía brutalidades; la contención, cuando existía, fue pragmatismo.
Saint-Domingue condensó el sistema. En la cúspide, cuarenta mil blancos; en un intermedio ambiguo, veintiocho mil libres de color; en la base, medio millón de esclavos, dos tercios africanos. La economía azucarera fue insostenible: natalidad insuficiente, mortalidad infantil devastadora, reposición constante por bozales. La caña consumió vidas como combustible. De ese aplastamiento —écrasement— nació también la rebelión: los bozales, con experiencia militar y cultura compartida, encendieron la insurrección; los criollos la condujeron. La plantación, escuela de crueldad calculada, incubó su propia negación.
Cada ingenio, cada habitation, exige un flujo constante de mano de obra. Metamos el escalpelo en la hacienda Mauger. Las propiedades de los Mauger, en Vérettes y Vieux Bac, permiten observar en escala reducida ese proceso:
- 1774: 214 esclavos en Vérettes; 101 en Vieux Bac.
- 1776-1785: fluctuaciones constantes, siempre al alza.
- 1780: 198 en Vérettes; 122 en Vieux Bac.
- 1789: 192 en Vérettes, cuando el sistema ya muestra signos de agotamiento estructural.
La hacienda Mauger
La hacienda Mauger fue una de esas grandes máquinas coloniales que dieron a Saint-Domingue su prosperidad aparente y su ruina moral. No era un simple ingenio, sino un organismo complejo, gobernado desde Francia por propietarios ausentes que jamás pisaron la caña y que, sin embargo, conocían con exactitud el precio de cada arroba de azúcar y de cada vida esclava. Desde la distancia, el mando descendía en tres escalones: el apoderado, instalado en los puertos y atento al flujo del capital; el gerente, residente en la plantación, árbitro del trabajo y del castigo; y el ecónomo, vigilante cotidiano de almacenes, ganados y barracones. Así se administraba, sin presencia y sin piedad, una riqueza fundada en la coerción.
El patrimonio Mauger se apoyaba en dos unidades complementarias del valle del Artibonite. La azucarera de Vérettes, con unos doscientos esclavos y abundante ganado de tiro, era la joya del conjunto: en sus mejores años producía hasta trescientas cincuenta mil libras de azúcar blanco, a las que se añadía la tafia destilada de los siropes. Sus ingresos brutos rondaban las doscientas mil libras, con gastos calculados para no exceder un tercio, dejando ganancias que justificaban el ausentismo aristocrático de los dueños. Vieux Bac, más modesta, dedicada al añil y al algodón, funcionaba como apoyo: sus ciento treinta esclavos sostenían una producción regular de índigo y enviaban brazos a la zafra cuando el ingenio los reclamaba.
El trabajo estaba rigurosamente estratificado. Los oficios especializados —azucareros, toneleros, carpinteros— convivían con las grandes cuadrillas del campo, formadas en su mayoría por mujeres. Durante la roulaison, zafra de diciembre a julio, el ingenio no dormía: cuatro equipos rotativos mantenían el molino y las calderas encendidos día y noche, apagados solo el domingo. La vida útil del esclavo se consumía con rapidez, y la baja natalidad obligaba a una reposición constante de bozales africanos, tratados en los libros como “mobiliario” que debía renovarse para sostener la producción.
Para reducir gastos, la hacienda trasladaba parte de la subsistencia a los propios esclavos. Había campos comunes de papas y mijo, destinados al hospital y a la casa principal, y conucos individuales, cultivados en el escaso tiempo libre. Esa mínima autonomía alimentaria no era concesión humanitaria, sino cálculo económico. Aun así, la corrupción de los gerentes erosionaba el sistema: granos desviados, esclavos usados en huertos privados, jornadas dominicales impuestas pese a almacenes llenos. Las cartas de denuncia, escritas en secreto por capataces o esclavos, revelan esa tensión entre la codicia local y el interés distante del propietario.
La salud era tratada como variable contable. El hospital servía para devolver cuerpos al trabajo, no para salvarlos. Enfermedades como la disentería, la tuberculosis o la geofagia —frecuente entre los recién llegados, que burlaban incluso las máscaras para ingerir tierra— diezmaban el taller. La inoculación contra la viruela se practicaba cuando convenía proteger la inversión. Un esclavo muerto era una pérdida; uno enfermo, un pasivo.
Pese a todo, hubo resistencia. El cimarronaje fue constante, alimentado por el exceso de trabajo y la humillación de ser degradado a los campos. Hubo también una resistencia más sutil: la denuncia dirigida al bolsillo del amo. Convertir el abuso en mala contabilidad fue, a veces, la única forma de defensa. Los archivos de Mauger —inventarios, balances, cartas— conservan esa historia sin retórica: páginas donde la prosperidad se mide en libras y la vida humana se reduce a una cifra. No fue una excepción, sino un modelo acabado del sistema colonial, en el que la riqueza de Europa se edificó sobre la administración meticulosa del sufrimiento.
Criollos y bozales, la génesis de una sociedad dual
. La esclavitud no fue allí un rasgo entre otros, sino el principio constitutivo de la sociedad. Cuando la Revolución estalló en 1791 y la abolición fue proclamada en 1793, el antiguo mundo se desmoronó con rapidez: los exesclavos pasaron a ser, de golpe, el factor demográfico decisivo y el sujeto histórico central de la nueva realidad que desembocaría en Haití.La historiografía ha tendido a presentar esa población servil como un cuerpo compacto, uniforme en su experiencia y en su conciencia. Gérard Barthélemy, al examinar con rigor esa simplificación, mostró que bajo la aparente homogeneidad se ocultaban fracturas profundas. En Créoles et Bossales, demostró que la división entre esclavos criollos y bozales no era un matiz secundario, sino una línea de falla que atravesaba la sociedad esclava en sus dimensiones culturales, lingüísticas, psicológicas y políticas.
El esclavo criollo, nacido en la colonia, hablaba el criollo de base francesa y conocía las reglas no escritas del orden plantacionista. Había aprendido a moverse dentro de la estructura colonial, a negociar espacios, a mediar entre el amo y el taller. Su adaptación no implicaba sumisión plena, pero sí una familiaridad con el mundo que lo oprimía. Por ello fue con frecuencia intérprete, capataz, intermediario; una pieza funcional dentro del engranaje, y al mismo tiempo portador de una cultura nueva, ya desgajada de África.
El bozal, en cambio, llegaba directamente del continente africano. Traía consigo lenguas, dioses, ritmos y formas mentales forjadas fuera de la plantación. Su relación con la disciplina colonial era más áspera y conflictiva, no por incapacidad, sino por distancia cultural. Paradójicamente, en vísperas de la Revolución, los bozales constituían la mayoría demográfica, resultado de una mortalidad devastadora y de la importación constante de nuevos cautivos. Saint-Domingue se sostenía sobre un flujo incesante de africanos que apenas tenían tiempo de aclimatarse antes de morir o rebelarse.
De esa tensión surge una clave decisiva. La identidad haitiana no brota de una África intacta ni es una simple prolongación de Francia. Es el producto de un proceso de criollización prolongado y conflictivo, en el que lengua, religión y prácticas sociales se amalgamaron bajo la presión extrema de la plantación. Esa cultura criolla terminó por convertirse, tras la independencia, en el verdadero cemento social. Pero la nación nació escindida: la mayoría bozal, culturalmente menos integrada al mundo criollo emergente, y una minoría criolla con mayor dominio de los códigos heredados del orden colonial. Así, Haití en 1804 era un territorio donde dos comunidades —criollos y bozales— coexistían bajo la misma bandera, pero con identidades, lenguas y memorias distintas. La nación, en el sentido moderno de una comunidad imaginada con un proyecto compartido, aún estaba por construirse. El desafío de Haití no era solo la libertad, sino tejer una identidad común a partir de dos mundos que, aunque unidos por la esclavitud y la rebelión, seguían separados por la experiencia, la cultura y la visión del futuro.
Referencias bibliográficas
Barthélemy, G. (2000). Créoles, Bossales : conflit en Haïti. Petit-Bourg (Guadeloupe): Ibis rouge éditions.• Casséus, J. (2017). Bossales et Créoles : développement du capitalisme et processus de racisation en Haïti (Tesis de doctorado en Sociología). Université du Québec à Montréal, Montreal.• • FRANCE 24. (s.f.).
"Les Âmes bossales", un film documentaire sur la résistance politique en Haïti (Entrevista al director François Perlier) [Archivo de Video]. YouTube.Debien, G. (1980). Les esclaves des plantations Mauger à Saint-Domingue (1763-1802). Bulletin de la Société d’Histoire de la Guadeloupe, (43-44), 31–164. https://doi.org/10.7202/1043899ar.• • Klein, H. S. (1986). La esclavitud africana en América Latina y el Caribe (G. Sánchez Albornoz, Trad.). Alianza Editorial.• Ministère de l’Éducation nationale. (2007). La traite négrière, l’esclavage et leurs abolitions : mémoire et histoire (Actes du colloque national). Centre régional de documentation pédagogique (CRDP) de l’académie de Versailles.• Pétré-Grenouilleau, O. (1996). L’argent de la traite. Milieu négrier, capitalisme et développement : un modèle. Aubier.• Pétré-Grenouilleau, O. (2004). Les traites négrières. Essai d’histoire globale. Gallimard.
Compartir esta nota