Crisis, una palabra muy usada y mal usada. Constantemente se habla de crisis. Crisis económica, crisis política, crisis de valores, crisis de la educación, crisis climática, crisis energética, crisis de la familia, crisis del transporte, crisis del gobierno, crisis de los partidos políticos, crisis migratoria, etc., etc.

Cuando una palabra se utiliza para describir tantas situaciones pierde su sentido; y en este caso, además, pierde su sentido de urgencia. Porque, a fin de cuentas, la palabra crisis, se supone, debería enviar la señal de que algo está muy mal y amerita una rápida intervención.

A pesar de tanto hablar de crisis se resuelve poco. La crisis, cualquiera que sea, enunciada mil veces, se ignora olímpicamente.

Entonces, uno se pregunta: si la palabra crisis indica que hay un grave problema, ¿por qué se ignora con tanta frecuencia y no se buscan soluciones?

Una posible razón es la irresponsabilidad, sea del Estado, de la ciudadanía o de ambos. La haraganería vence al esfuerzo; sin acción hay simplemente enunciación.

Otra posible razón es la dificultad de solución, real o imaginaria. Ante la dificultad, la situación se deja a su suerte. Así, la crisis seguirá siendo crisis, quién sabe hasta cuándo y hasta dónde.

Otra posibilidad es que la crisis no sea realmente una crisis. Veamos.

La sociedad en todas sus partes y manifestaciones está siempre en proceso de cambio, aun sea imperceptible. El cambio es producto de múltiples factores; unos mejores que otros.

Al producirse el cambio, las sociedades enfrentan dificultades para adaptarse a ellos y una fórmula rápida y fácil de interpretarlos es mediante la declaración de crisis, significando que algo no anda como andaba antes, y es peor.

Los cambios demandan más cambios porque hay que adaptarse a ellos con nuevas estrategias y experiencias. Y ahí se genera el dilema: mucha gente preferiría que no hubiera cambios para no tener que adaptarse con más cambios, aún diga que quiere cambios. ¡Vaya paradoja!

El desface entre las nuevas realidades y la capacidad o incapacidad de adaptarse a ellas con nuevas conductas e interpretaciones hace que mucha gente vea la realidad como algo caótico y declare crisis, aunque no haya a la vista ninguna catástrofe.

Si bien el término crisis es útil para señalar períodos de la historia en que se produjeron grandes confrontaciones y clivajes; en la mayoría de los casos el término es una muletilla de quejas. Lo que nos desagrada se declara en crisis.

Utilizado así, el término solo sirve para expresar malestar y renunciar a la posibilidad de aportar en la solución de un problema. Intimida resolver una crisis; y por ese mismo motivo, el término crisis es utilizado para llenarnos de miedo o de rabia.

Crisis es un término impreciso y manipulador; pretende decirlo todo diciendo casi nada.

Si dejáramos de usar el término, quizás nos haríamos más diligentes y efectivos en la solución de los problemas que nos rodean; buscaríamos explicaciones más concretas y precisas para identificar lo que sucede y encontrar las soluciones posibles.

¡Adiós crisis! Problemas hay por doquier y esperan nuestras soluciones.

Rosario Espinal

Socióloga

Autora de los libros “Autoritarismo y Democracia en la Política Dominicana” y “Democracia Epiléptica en la Sociedad del Clic”, y de numerosos artículos sobre política dominicana publicados en revistas académicas en América Latina, Estados Unidos y Europa. Doctora en sociología y profesora en Temple University en Filadelfia, donde también ha sido directora del Departamento de Sociología y del Centro de Estudios Latinoamericanos.

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