A principios de cada mes, el Ministerio de Turismo anuncia con orgullo el crecimiento de las llegadas de visitantes. Y con razón. Ante una realidad internacional donde prevalecen los conflictos geopolíticos, la inflación y la inestabilidad económica, que nuestro país continúe rompiendo récords turísticos es, sin duda, una señal de fortaleza.

Pero nos preguntamos constantemente: ¿estamos creciendo o realmente nos estamos desarrollando como destino?

Porque crecer no es lo mismo que desarrollarse. El crecimiento turístico se mide fácilmente: estadísticas de llegadas de turistas, nuevos hoteles, más vuelos y nuevas inversiones. Es visible, cuantificable y políticamente rentable. Pero el desarrollo es otra cosa. Es más complejo, menos evidente y, sobre todo, más exigente. Implica mejoras reales en la calidad de vida de la gente, reducción de desigualdades, oportunidades para los pequeños empresarios y una economía local fortalecida.

Nuestro país ha logrado un crecimiento turístico extraordinario en las últimas décadas. Sin embargo, en muchos polos turísticos ese crecimiento no se ha traducido en bienestar proporcional para las comunidades que los reciben.

Basta mirar algunos ejemplos. En Punta Cana, el principal polo turístico del país, conviven hoteles de lujo con comunidades que aún enfrentan limitaciones en servicios básicos y acceso a oportunidades económicas de calidad. El crecimiento hotelero y residencial de la zona demanda volúmenes cada vez mayores de agua; la generación de residuos sólidos supera, muchas veces, la capacidad de gestión local, afectando tanto la imagen del destino como su sostenibilidad ambiental. De igual manera, en aspectos de movilidad, en poco tiempo la falta de planificación vial ha derivado en congestión, aumento del tiempo de traslado y una experiencia turística cada vez más vulnerable.

En Puerto Plata, tras décadas de altibajos, aunque hoy se impulsa una nueva etapa con proyectos como Punta Bergantín, el desafío sigue siendo el mismo: ¿cómo lograr que ese desarrollo llegue realmente a la gente de comunidades cercanas como Villa Montellano y zonas aledañas?

En Samaná, uno de los destinos más ricos en recursos naturales, el crecimiento turístico ha sido importante, pero la integración de las comunidades locales en la cadena de valor sigue siendo limitada. Recientemente hemos vivido casos sensibles que evidencian lo que ocurre cuando el crecimiento turístico no va acompañado de gestión social y territorial adecuada. En Portillo, el desarrollo turístico ha convivido con tensiones vinculadas al acceso a las playas, conflictos con comunidades locales y una percepción de exclusión en los beneficios del turismo. Este tipo de situaciones, si no se gestionan a tiempo, pueden afectar no solo la cohesión social, sino también la reputación del destino.

En destinos como Boca Chica, a pesar de su cercanía con Santo Domingo, la falta de planificación ha derivado en un destino con potencial desaprovechado y problemas estructurales persistentes.

Pero también hay ejemplos que demuestran que es posible corregir el rumbo. En Sosúa, tras años marcados por problemáticas sociales complejas que impactaban directamente la imagen del destino, la intervención articulada del Gobierno —con medidas de ordenamiento, regulación y recuperación del espacio público— está logrando mejorar significativamente su posicionamiento y percepción. Sosúa evidencia que cuando hay voluntad política, coordinación institucional, integración de la comunidad y una visión clara, el turismo no solo puede crecer, sino también regenerarse.

Cuando el modelo se basa en enclaves —grandes hoteles que operan casi de manera aislada—, gran parte del dinero se va del país o no llega a las comunidades. En muchos casos se importan alimentos, servicios y bienes, y los encadenamientos productivos locales se debilitan. El resultado es una economía turística que funciona, pero que no necesariamente transforma.

El verdadero desarrollo ocurre cuando el turismo se conecta con el resto de la economía: cuando, además de que los hoteles compren productos agrícolas locales, los emprendedores tienen espacio para participar, cuando se fortalece el transporte, los servicios y la producción nacional. Por esto es importante que la gente forme parte de las decisiones.

Un destino no se construye solo con inversión; se construye con participación. Cuando las comunidades no se escuchan, cuando no se integran en la planificación territorial ni en la gestión de los recursos, el turismo pierde su capacidad de generar beneficios duraderos y, en muchos casos, se convierte en fuente de tensión social.

Por esto, la falta de planificación, de ordenamiento territorial y de visión a largo plazo han sido de las principales debilidades del desarrollo turístico dominicano. Crecemos rápido, pero muchas veces sin dirección clara.

El turismo dominicano ha sido, sin duda, un gran éxito económico. Pero el próximo gran reto no es seguir creciendo. Es crecer mejor. Porque al final, un destino verdaderamente exitoso no es el que más crece, sino el que mejor transforma la vida de su gente.

Magaly Toribio

Mercadóloga y Hotelera

Magaly Toribio, Hotelera y mercadóloga por convicción, politóloga para intentar entender el mundo, amante de las palabras y la buena lectura. Ex- viceministra de turismo, reconocida en múltiples ocasiones por los principales gremios del sector turístico nacional e internacional. Experta en marketing turístico y gestión sostenible de destinos turísticos. Investigadora, académica y consultora privada de empresas, universidades y destinos turísticos. Presidente de la empresa TARGET Consultores de Mercadeo y creadora de la primera empresa del país suplidora de soluciones de movilidad para turistas con discapacidad, Scooters DR.

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