La tolerancia constituye el núcleo intangible de la cultura constitucional como condición de posibilidad indispensable para garantizar la coexistencia en medio de las diferencias. Esta opera como mediadora de la tensión continua entre tradición y progreso, cuyos límites porosos se reconfiguran constantemente con el tiempo y las circunstancias sociales. La identidad humana es un producto complejo, articulado a partir de una amplitud de consideraciones, experiencias y convicciones que se sitúan en los más diversos espectros de la realidad. Por ello, a pesar de las diferencias constitutivas de la política, la moral no renuncia a la búsqueda de la unidad trascendente de la condición humana.
La libertad ideológica que moldea la conciencia individual y la identidad colectiva comparte un sustrato común de razones, emociones y pasiones. A partir de factores culturales y ambientales diferenciados, estos elementos generan interpretaciones divergentes que impactan la deliberación pública y la dinámica entre "nosotros" y "ellos". Se requiere, por tanto, una conciencia crítica que cultive la tolerancia y una apertura genuina al entendimiento de las perspectivas ajenas. Es en el diálogo cruzado con quienes piensan, sienten o creen diferente donde se produce el engrandecimiento mutuo. La clave está en mantener la fidelidad al proyecto colectivo a pesar del desacuerdo.
La constitución abierta encuentra en la tolerancia la virtud cívica que permite canalizar las diferencias inherentes a la política. Sin ella, la triple apertura de la libertad ideológica, el pluralismo político y la receptividad del derecho internacional podría degenerar en antagonismos excluyentes. Si bien los derechos humanos crean una base axiológica común para la interacción dentro y fuera del Estado, también albergan significados diversos y a menudo contradictorios según las distintas concepciones ideológicas y culturales. La tolerancia provee así los anticuerpos culturales necesarios contra toda tentación de pensamiento único.
El mayor reto existencial de las sociedades pluralistas no radica en la búsqueda de un consenso total, que resulta inalcanzable, sino en la gestión adecuada del disenso. La política, anclada en el antagonismo constitutivo entre "nosotros" y "ellos", necesita tolerancia para transformar el oponente en un legítimo adversario (Chantal Mouffe). Este reconocimiento mutuo permite la deliberación constructiva sin que las diferencias degeneren en enemistad destructiva. La tolerancia actúa como el lubricante cultural que facilita la competencia política en igualdad de condiciones por la gestión temporal del poder, garantizando la alternancia democrática y desactivando cualquier aspiración hegemónica que pretenda destruir al oponente.
La tolerancia es indispensable para una deliberación pública que integre las dimensiones afectivas y emocionales del ser humano, y no se limite a la racionalidad pura. Solo así se alcanzará una razón pública sensibilizada, capaz de gestionar las diferencias identitarias que coexisten en el interior de las sociedades pluralistas sin erosionar la convivencia pacífica. Los distintos foros deliberativos requieren de esta virtud para evitar que la polarización afectiva derive en fractura social. La tolerancia provee la prudencia necesaria para el ejercicio responsable del sistema de frenos y contrapesos, pues un diseño constitucional sofisticado resulta estéril en una cultura política intolerante.
Sin embargo, la tolerancia no legitima todas las expresiones. Aquellas posiciones que niegan derechamente la dignidad, libertad o igualdad inmanentes de las personas, que rechazan las bases constitutivas del pluralismo, que tratan al oponente como enemigo o aspiran a la imposición hegemónica para silenciar el disenso, se sitúan fuera del marco de la conversación que garantiza la constitución abierta. Se impone así la "paradoja de la tolerancia" (Karl Popper), que exige dispositivos de contención rigurosos y prudentes que creen una barrera sociopolítica para frenar la expansión de los discursos intolerantes sin los riesgos de la censura formal o institucionalizar su exclusión jurídica.
El objetivo de esta barrera no es silenciar por la fuerza, sino aislar socialmente el discurso de odio, negándole el oxígeno de la atención pública y el reconocimiento como interlocutor válido, para que decaiga por su propia intrascendencia y toxicidad. Es responsabilidad de los partidos convencionales articular mecanismos de contención política y autodefensa institucional que ―actuando dentro de las reglas del juego democrático y sin renunciar a las diferencias― impidan que proyectos cuya ideología niega los valores y principios fundamentales necesarios para la coexistencia alcancen posiciones de poder desde donde puedan erosionar el marco constitucional que los tolera.
El valor de la tolerancia trasciende el ámbito estatal para fundar la coexistencia de la humanidad en el planeta. Las identidades colectivas se concatenan en prácticas de tolerancia recíproca que permiten construir "nosotros" cada vez más amplios para hacer frente a los peligros que amenazan la subsistencia. La política global puede así desplazar los antagonismos interestatales hacia una gestión común de las amenazas externas. La idea de una humanidad unida, tanto por unos valores morales compartidos como por una condición existencial común ―con sus miedos, pasiones, emociones y razones― representa la máxima expresión de la tolerancia.
La tolerancia no constituye una concesión graciosa ni una simple estrategia, sino el eje principal de la cultura de la constitución abierta: modela la libertad ideológica, crea las virtudes cívicas para la coexistencia, genera anticuerpos contra la hegemonía política, conecta la apertura del pluralismo estatal con la receptividad externa del derecho internacional y comparado. Permite reconocer, de lo local a lo global, la humanidad compartida sin suprimir las diferencias constitutivas. Sin ella, el pluralismo se fractura, la deliberación se envenena y el proyecto constitucional se reduce a un campo de batalla entre identidades excluyentes que aspiran a su mutua destrucción.
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