Durante décadas, la contratación pública fue percibida exclusivamente como un trámite administrativo, un proceso mediante el cual el Estado adquiría bienes y servicios para su funcionamiento operativo. Bajo esa lógica tradicional, el énfasis recaía únicamente en el cumplimiento de formalidades y en la obtención del precio más bajo.

Sin embargo, esta visión limitada ha quedado en el pasado. Hoy, el poder de compra del Estado se reconoce como una de las herramientas más poderosas de política pública, capaz de transformar la estructura productiva de una nación, dinamizar sectores económicos estratégicos y generar un bienestar social tangible.

Más allá del rigor procedimental, la contratación pública actual asume un papel protagónico en el desarrollo económico y social. En el sector agroalimentario, este enfoque permite fortalecer las cadenas de valor, impulsar la producción local y fomentar el empleo en los territorios rurales. Es aquí donde el sistema se alinea con la economía de triple impacto, buscando generar, de forma simultánea, valor económico, social y ambiental.

Bajo este nuevo esquema, el concepto de "valor por dinero" trasciende el ahorro financiero. Ahora, implica priorizar a proveedores que implementen prácticas agrícolas sostenibles, garanticen empleos rurales dignos y protejan nuestros recursos naturales.

Esta transformación se sustenta en la reciente reforma del sistema de contrataciones impulsada por la Ley núm. 47-25 y su Reglamento de Aplicación Núm. 52-26, que sustituye a la antigua Ley 340-06. Esta normativa no solo moderniza los procesos, sino que institucionaliza una visión basada en la transparencia, la integridad y la generación de valor público.

Dentro de este nuevo marco legal, el sector agropecuario emerge con una relevancia particular. No solo por ser el garante de la seguridad alimentaria nacional, sino por constituir el pilar del desarrollo territorial dominicano.

Las cifras respaldan la magnitud de esta oportunidad: las contrataciones públicas representan aproximadamente el 32% del presupuesto nacional, lo que equivale a unos 450 mil millones de pesos anuales. Dentro de este universo, el mercado agroalimentario posee un peso determinante.

Las estimaciones indican que la demanda estatal de alimentos oscila entre los 40 mil y 55 mil millones de pesos cada año, representando entre el 9% y el 12% del total de las compras públicas. Esta realidad posiciona al Estado dominicano como el mayor comprador de alimentos del país. Cada ración servida en escuelas, hospitales, comedores económicos y centros penitenciarios es el resultado de un proceso de contratación que, bien gestionado, funciona como un motor de desarrollo para el campo.

Uno de los avances más significativos de la Ley 47-25 es la priorización de los productos nacionales en los programas sociales de alimentación. Al Impulsar la realización de procedimientos dirigidos específicamente a productores locales, se abren puertas reales para agricultores, cooperativas y asociaciones que antes encontraban barreras de acceso.

Además, la ley robustece la participación de las MIPYMES, estableciendo que, al menos el 30% del presupuesto de compras públicas será destinado a este sector, incluyendo una cuota específica para empresas lideradas por mujeres. Para el sector agropecuario, donde predominan los pequeños y medianos productores, esto representa un cambio de vida. Acompañando esta medida, se abre la posibilidad de otorgar anticipos de, hasta un 30% del valor del contrato, que asegura el capital de trabajo necesario para que la siembra y la cosecha no se detengan por falta de liquidez.

La implementación de modalidades modernas como los acuerdos marco, la subasta inversa y la licitación abreviada permitirá que el Estado compre de forma más ágil y adaptada a la naturaleza del mercado agroalimentario.

En definitiva, cuando el Estado compra alimentos, no sólo está adquiriendo insumos; está decidiendo qué tipo de país quiere construir. Cada contrato público es una oportunidad dorada para fortalecer a nuestros productores, inyectar vitalidad a las comunidades rurales y garantizar, con soberanía y eficiencia, la seguridad alimentaria de la nación.

En definitiva, la apuesta por un sistema de contrataciones públicas agroalimentarias eficiente y con enfoque territorial representa mucho más que una reforma institucional, es un compromiso con la dignidad del productor dominicano. Al convertir el poder de compra del Estado en un motor de desarrollo rural, no solo estamos garantizando el abastecimiento de nuestras instituciones, sino que también estamos sembrando las bases de una economía más justa, inclusiva y resiliente. Es la oportunidad histórica de transformar cada ración alimentaria en un testimonio de avance para el campo y en un paso firme hacia la verdadera soberanía alimentaria de nuestro país, haciendo de las compras un verdadero instrumento al servicio del bienestar de la gente.

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