La elección del papa León XIV hace casi un año fue motivo de regocijo para millones de católicos, y para algunos constituyó igualmente un rayo de esperanza de que su liderazgo y mensaje serían de alguna forma un contrapeso moral en el mundo, porque era evidente que por su historial pastoral como agustino y como obispo de Chiclayo, Perú, país en el que ejerció su misión durante años y del cual se naturalizó, y por su condición de ciudadano estadounidense y primer papa de dicho país, sus puntos de vista contrastarían con los del entonces recién reelecto presidente Donald Trump.
Sin lugar a duda, actualmente los dos norteamericanos más importantes en el mundo son, y en ese orden, el papa León XIV y su presidente de turno, lo que representa una curiosa manera de presentar dos caras opuestas de un líder: la humildad de quien fue prior general de la orden de los agustinos, fundamentada en la espiritualidad de San Agustín y su continuo mensaje de unidad, de misericordia y de paz, así como de defensa de los inmigrantes y de los pobres, y el perfil autoritario, rudo y egocéntrico del presidente, suscitándose sus primeras diferencias en relación con su accionar respecto a los inmigrantes.
La paz por la que propugna enérgicamente en cada mensaje el papa León XIV es lo opuesto de la guerra impulsada por Trump, y de la intención de destruir una civilización completa para retrotraerla a la edad de piedra, afirmación que, independientemente de que todos estemos conscientes del peligro que representarían los supuestos avances en la producción de armas nucleares por Irán, y de que todo el que tenga sensatez repudie los horrores del sanguinario régimen de los ayatolás, significa un retroceso a la barbarie, a la era más primitiva de la humanidad, pretendiendo dejar de lado años de aprendizajes sobre los efectos destructores de la guerra, y descartando la necesidad del reconocimiento de los derechos humanos, el diálogo y el orden internacional.
La arrogancia y la entronización de la violencia como mecanismo para conseguir la rendición jamás podrán lograr la paz, porque la verdadera paz tiene que estar fundada en el amor y en la justicia; como tampoco podrá estar cercano a Jesucristo el malvado, el prepotente y el soberbio, como nos lo recuerda el Santo Padre. Mientras uno declara guerras por decisiones unipersonales basadas en sus instintos, violentando las reglas del derecho interno e internacional, y concentra sus mensajes en figurar como quien tiene el poder para decidir lo que se hace y lo que no se hace en el mundo, el otro, de manera profunda y sistemática, recuerda el mensaje de los Evangelios.
Y por eso yerra el presidente Trump al pretender cuestionar la autoridad moral del jefe de la Iglesia católica, y al osar utilizar imágenes que lo hacen figurar como si fuera Dios, irrespetando y ofendiendo no solo a la feligresía católica sino a todos los cristianos; y en ese enfrentamiento tiene mucho que perder, porque muchos de sus seguidores han repudiado su accionar, y no solo por la fe que profesan sino porque rechazan la violencia, y sufren las consecuencias de la guerra que decidió iniciar sin escuchar siquiera a sus cercanos colaboradores, en un acto más de arrogancia que desde ya representa un error fatal de cálculo, porque lo que pensó y prometió acabaría en días, más de un mes después ni tiene final, ni tiene solución clara, pero sí tiene perjuicios graves y evidentes.
La figura del papa León XIV se erige como la del único líder que puede enfrentar su errático accionar, y mientras más ataques Trump le propine, más catapultará su liderazgo, lo que representa una doble victoria para su pontificado, pues aumenta la confianza en la autoridad moral de la Iglesia católica en el mundo, y representa la oportunidad de contrastar el verdadero mensaje de los Evangelios frente a la propaganda populista y oportunista de quienes han querido pretender que defienden valores cristianos, cuando lo único que les interesa es el poder, los votos, el dinero y el prestigio. A pesar de todo su poder disruptivo, de su arsenal de armas y de su exagerado ego, el Papa con su humildad representa un valladar infranqueable para Trump porque, aunque ignore las instituciones y las reglas, no podrá contrarrestar la sabiduría, sinceridad y firmeza con que expresa su mensaje de amor, unión y paz, ni aniquilar su contrapeso moral.
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