¿Cómo pueden los franceses hacerle eso a Francia?
Autor: Amanda Castillo

El 18 de octubre, un día después de los disturbios vividos en Francia tras las manifestaciones por las condiciones de estudio, la carencia de profesores y el alto costo de la vida, marcados por saqueos y una violencia incontrolable ejercida por algunos participantes, el presidente de la república, Emmanuel Macron, se dirigió al país y se preguntó de entrada: « Comment des Français peuvent-ils faire ça à la France ? Rien ne l’explique ». Es decir: “¿cómo pueden los franceses hacerle eso a Francia? Nada lo explica.”

La interrogante del presidente Macron encuentra parte de su respuesta en sus 10 años de gobierno, durante los cuales recibió demandas de diversos grupos de la sociedad y se mostró indiferente ante los compromisos adquiridos con ellos. De ahí que la noche anterior el presidente disfrutara del concierto de Céline Dion, con la tranquilidad que le ha caracterizado ante los reclamos de la ciudadanía disgustada, que se preparaba con ansiedad para un día más de manifestación.

El otro elemento a considerar, para responder a la pregunta de un presidente impactado por la realidad: la sociedad francesa, como toda sociedad, lleva unas cuatro décadas dando señales de que sus niveles de violencia han aumentado. Investigadores como Olivier Vial (director encargado del programa de Estudios contra la Radicalización) dicen llevar dos años alertando a las autoridades sobre el desarrollo de la violencia. Los eventos más emblemáticos de los últimos 20 años han sido la decapitación del profesor Samuel Paty en plena calle, frente al liceo donde enseñaba, el 16 de octubre de 2020, así como los atentados de Nantes (22 de diciembre de 2014), de la revista Charlie Hebdo (7 de enero de 2015), de París (13 de noviembre de 2015) y de Niza (14 de julio de 2016) – con lo cual el Estado se ha visto golpeado y la ciudadanía insegura.

La dimensión de los eventos del pasado 17 de octubre dan cuenta de una crisis social de proporciones inesperadas, que ciertos analistas veían venir, hablando algunos incluso de “guerra civil” de no controlarse la situación apropiadamente, y en la que el tradicional espíritu contestatario quedó sustituido por la violencia. Las fuerzas del orden se mostraron incapaces de defender los comercios y las instituciones del Estado, atacados, vandalizados y destruidos. Sesenta mil policías enfrentaron la violencia, con casi 1,000 efectivos heridos. Según fuentes oficiales, el pillaje desenfrenado en Marsella registró 30,000 “casseurs” dedicados solo a romper vitrinas y desvalijar negocios. Se estiman en 3,000 los comercios destruidos y saqueados en todo el país, y apenas hubo 6,000 detenciones.

Las autoridades admitieron – en la persona del ministro del Interior – haber sido sobrepasadas por los acontecimientos, ante la dimensión de la inesperada evolución de las manifestaciones en diversas ciudades del país. Estas estuvieron conformadas por una gran diversidad de participantes, que convergen hacia un único objetivo: manifestar su disgusto con las condiciones del sistema educativo (colegios y universidades) y con el alto costo de la vida.

El gobierno y algunos medios culpan a la ultraizquierda. Otros sectores señalan que es la ultraderecha, con Marine Le Pen (partido Rassemblement Nacional) quien realmente se está beneficiando del caos, en el cual se involucra a la población migrante de los últimos 40 años, acusada de islamizar la sociedad.

¿Quiénes conformaban la multitud que participó en los acontecimientos del 17 de octubre?

En principio, los manifestantes eran: estudiantes, profesores y ciudadanos en general afectados por el alto costo de la vida, junto a diversos movimientos comunitarios. También estaban los vándalos, muy ligados a la delincuencia, que actúan inmediatamente después de los “casseurs”, que rompen y atacan los comercios; sólo en la ciudad de Marsella, las autoridades estiman en 30,000 los que actuaron. Se calcula que apenas se realizaron 6,000 detenciones en todo el país, de las cuales el 47 % eran jóvenes menores de edad.

Los “Black Bloc”, grupo relativamente organizado y conocido por el cuerpo policial, lograron seguir los movimientos de la policía mediante aplicaciones de internet, lo que les permitió desplazarse con facilidad. A ellos se sumaron delincuentes y agitadores internacionales venidos para la ocasión y conocidos por los servicios de inteligencia policial, según los analistas.

A esto, cabe agregar los cambios que ha experimentado la sociedad francesa en materia de violencia y criminalidad en general, con 600,000 agresiones anuales y unas estadísticas de agresiones sexuales que alcanzan a 5 millones de personas afectadas. (fuente: Alain Bauer, libro “Il faut sauver nos enfants: Le livre noir de la pédocriminalité en France”)·

Las transformaciones sociales vienen siendo estudiadas y advertidas desde los años de la presidencia de Francois Mitterrand. La violencia exponencial parece ser la expresión de la rabia que vive la sociedad ante varios aspectos de violencia estructural, con una juventud angustiada, que ya no confía en la negociación y piensa que hablarle al Estado es perder el tiempo – frente a la característica de no negociar, que el Estado francés arrastra desde sus inicios.

Los investigadores sociales vienen observando en los cuerpos del orden una especie de desinterés por las instituciones. La policía parece haber perdido pericia y calidad en su accionar; ha habido una disminución de efectivos, falta de equipos actualizados y no se ha adaptado a los nuevos niveles de violencia en la sociedad. La clase política y el funcionariado han llevado el tema a un complicado escenario teórico de la violencia, que no tiene coherencia con el tipo de respuesta que debe darse ante la insurrección actual o ante las manifestaciones populares en una sociedad contestataria, apegada a los principios libertarios y democráticos. Como lo expresa el criminólogo y profesor Bauer, ya citado: “Hemos querido una sociedad sin violencia y tenemos una sociedad sin defensa, que está desarmada”, al tiempo que hay un sentimiento de inconformidad y una falta de respeto hacia el Estado.

Bajo la complejidad y diversidad de este escenario, el presidente Macron ha decretado el toque de queda en algunas ciudades, aunque muchos lamentan que no se haya decretado el estado de emergencia. Mientras se señala a la extrema izquierda, más organizada, como la culpable de los disturbios, y a la extrema derecha de intentar aprovechar la coyuntura, en el silencio de sus dirigentes, que siguen acusando a los migrantes de haber saturado el escenario social con su presencia.

A seis meses de las elecciones presidenciales, el gobierno se encuentra gestionando el desorden y el caos, de una situación que convoca a diversos actores sociales, que difícilmente pueden ser controlados sin la intervención de la fuerza. Francia presenta un retraso en adaptarse a los nuevos tiempos de violencia y transgresión social, que vive el mundo.

El sábado 24 de octubre, contrario a lo que se esperaba, la manifestación se realizó sin mayores consecuencias: aumentando a 800,000 participantes, según los organizadores, que marcharon acompañados de 70,000 miembros de las fuerzas del orden. Una nueva manifestación se realizó, este sábado 31 de Octubre, con ciertas restricciones, ya que fue considerada de alto riesgo por las autoridades (320 mil personas participaron según el ministerio de Interior y 500 mil según los organizadores). Para el 5 de noviembre, se espera que la manifestación alcance su paroxismo. Ya que los franceses están dispuestos a mantener su espíritu contestatario, y el Estado está en la obligación de garantizar las libertades democráticas, más allá de los riesgos de violencia urbana.

Amanda Castillo

Antropóloga

Investigadora social, especialista en Estudios Latinoamericanos y Caribeños, con trabajos sobre migración, reforma del Estado y violencia. Doctorado en Antropología - Universidad de la Sorbonne (Paris, FR). Profesora en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM).

Ver más